La misión secreta de Gutiérrez de la Fuente, enviado por San Martín desde el Perú
Enviado por San Martín desde el Perú, Antonio Gutiérrez de la Fuente protagonizó una de las misiones más arriesgadas y menos recordadas del proceso emancipador.
En los corredores invisibles de la historia sudamericana, hay figuras que no brillan como estrellas, pero sostienen el cielo de los grandes acontecimientos. Uno de esos hombres fue Antonio Gutiérrez de la Fuente, militar mestizo, decidido y audaz, que en 1822 protagonizó una de las misiones más arriesgadas y menos recordadas del proceso emancipador.
En aquel año cruzó la cordillera con un encargo del mismísimo José de San Martín: reunir a las provincias del antiguo Virreinato del Río de la Plata para apoyar la última gran campaña de la independencia en el Alto Perú.
Su viaje, tan político como militar, se convirtió en una radiografía perfecta de la fractura americana: el Norte aún dominado por realistas, el Perú tambaleando, Buenos Aires ensimismada, y los caudillos del interior aferrados a sus provincias.
Gutiérrez de la Fuente no llevaba un ejército, pero sí el mandato de un plan continental.
Una biografía en marcha
Gutiérrez de la Fuente nació el 8 de septiembre de 1796 en Huantajaya, una zona minera del Alto Perú. Como muchos jóvenes de su época, comenzó sirviendo en las filas realistas, pero no tardó en cambiar de bando, seducido por los ideales de la independencia.
Se integró al Ejército Libertador y rápidamente se ganó el respeto de sus superiores, incluido el General San Martín.
En 1822, con apenas 26 años, recibió la que sería su misión más delicada: viajar a Chile y luego a las Provincias Unidas del Río de la Plata para asegurar apoyos militares, logísticos y financieros que permitieran una gran ofensiva y además, poder negociar con el general Simón Bolívar en la futura reunión en Guayaquil .
La meta era quebrar definitivamente el poder de las tropas a favor del rey Fernando VII y consolidar la independencia del Perú y de América del Sur.
Por aquellos meses, la situación era alarmante. San Martín, instalado en Lima tras la proclamación de la independencia el 28 de julio de 1821, veía cómo su ejército se debilitaba día a día. Los realistas conservaban el control de buena parte del territorio andino, la ayuda internacional era nula y, como si fuera poco, el almirante Lord Cochrane se había llevado parte de la escuadra chilena.
La esperanza de San Martín descansaba en una gran maniobra: una triple columna que, con apoyo de Chile, Argentina y Colombia, cortara los últimos bastiones españoles en Cuzco y el Alto Perú.
Para eso, era urgente obtener refuerzos. El Libertador envió a su emisario a recorrer las provincias del interior con cartas de presentación, pasaportes e instrucciones confidenciales. "Debe usted buscar el apoyo de todos los gobiernos, especialmente el de Buenos Aires, sin el cual será imposible concretar la expedición", le escribió.
Chile, primera estación de la esperanza
El primer destino fue Santiago de Chile. Allí, Bernardo O'Higgins, aún al frente del gobierno, lo recibió como se merecía: con respeto y compromiso. En cartas conmovedoras, O'Higgins ofreció todo lo que tenía —y lo que no—: víveres, uniformes, armas, caballos e incluso desertores presos para armar un escuadrón.
"Mi persona está a su disposición", le dijo sin vueltas. Pero la situación chilena ya era precaria y la oposición interna al director Supremo empezaba a crecer.
Con el corazón lleno de promesas, Gutiérrez de la Fuente cruzó los Andes en dirección a Mendoza, inaugurando así su derrotero argentino.
Mendoza, San Juan y Córdoba: la ruta del entusiasmo
El 2 de julio de 1822 se reunió en Mendoza con el gobernador Pedro Molina, quien no sólo lo recibió con honores, sino que se encargó de comunicar el contenido de la misión al resto de las provincias. Desde allí, mediante el diputado Tomás Godoy Cruz, se enviaron mensajes a Santa Fe y otras regiones.
El gobernador mendocino Pedro Molina apoyó la misión concebida por San Martín. (Imagen: web)
En San Juan, gobernaba el coronel altoperuano José María Pérez de Urdininea, quien se convirtió rápidamente en aliado de la causa sanmartiniana. No dudó en apoyar el plan y en ponerse al frente de las gestiones para organizar una división auxiliar.
Es allí donde Gutiérrez de la Fuente empieza a delegar: confía al teniente coronel Mendieta la distribución de documentos oficiales a los gobernadores del norte argentino.
Pero la gran sorpresa llegó en Córdoba. El gobernador Juan Bautista Bustos, ferviente federal, recibió al emisario con los brazos abiertos. No sólo aceptó el rol de jefe de las fuerzas que debían operar desde el Norte, sino que propuso dejar el mando si Buenos Aires se negaba a reconocerlo como tal.
El mandatario de Córdoba, general bustos, puso a su disposición tropas y pertrechos. (Imagen: archivo web)
"No es regular que por no mandar yo se abandone un proyecto tan útil", le escribió a San Juan. Bustos, que había encabezado la sublevación de Arequito en 1820, era consciente de que Buenos Aires nunca lo aceptaría como jefe de ninguna expedición.
Naufragio de las grandes ideas
El 30 de julio, Gutiérrez llegó a la capital de la entonces Provincias Unidas del Río de la Plata. Lo acompañaba Francisco Ignacio Bustos, sobrino del gobernador cordobés. Se entrevistó con el gobernador Martín Rodríguez, pero el verdadero poder estaba en manos de Bernardino Rivadavia, ministro de Gobierno y Relaciones Exteriores.
El entonces ministro de Gobierno y Relaciones Exteriores Bernardino Rivadavia se negó a apoyar el proyecto. (Imagen: archivo web)
La respuesta no tardó en llegar: el gobierno de las Provincias Unidas, desestimó la solicitud, derivó el asunto a la Sala de Representantes y promovió un proyecto alternativo para negociar la paz con el rey Fernando VII de España.
Para colmo, la prensa unitaria —como el diario Argos— ridiculizó la iniciativa, tratándola de quimérica. Era la confirmación de lo que San Martín temía: Buenos Aires no iba a mover un dedo por ayudar al Perú.
Rivadavia incluso propuso destinar 30.000 pesos para la diplomacia, pero no para la guerra. El proyecto de negociación entre San Martín y Bolívar quedaba enterrado en papeles y discursos.
Gutiérrez, humillado, regresó por Córdoba y entregó el informe completo a Bustos.
El fin de una misión, el principio de una despedida
En diciembre, el General José de San Martín ya había tomado su decisión: tras la entrevista con Bolívar en Guayaquil y ante la falta de respaldo, renunció al mando del Perú y se embarcó rumbo a Chile.
Su plan, cuidadosamente preparado, se deshacía sin tropas ni dinero. Gutiérrez de la Fuente regresó a Lima con el sabor amargo del fracaso, pero con el deber cumplido.
Aun así, las provincias interiores habían respondido con entusiasmo. Desde Salta hasta Santiago del Estero, pasando por Córdoba, San Juan y Santa Fe, la causa sanmartiniana había encendido fuegos. La única que no quiso acercarse al fogón fue Buenos Aires.
Legado de un emisario sin bandera propia
Antonio Gutiérrez de la Fuente vivió muchos años más. Fue presidente del Perú, senador, prefecto, conspirador y protagonista de la política limeña hasta bien entrado el siglo XIX.
Pero probablemente su momento más noble fue este: haber sido la voz de San Martín en las provincias, cuando ya pocos querían escucharla.
Su viaje, en 1822, por el interior de las Provincias Unidas, a lomo de mula, entre nieve, caudillos, congresos y pólvora, fue más que una travesía diplomática: fue un acto de fe en una América unida, que quizás nunca existió, pero que hombres como él ayudaron a imaginar.