En medio de la emoción global por la elección del nuevo Sumo Pontífice, el pasado 8 de mayo, un eco de la historia resurge desde el siglo XIX.
Porque Sudamérica ya había recibido, con humildes honores y caminos polvorientos, la visita de un hombre que, dos décadas más tarde, cambiaría el rostro de la Iglesia: Giovanni María Mastai Ferretti, quien en 1846 se convertiría en el Papa Pío IX.
Un sacerdote joven, de mirada profunda, proveniente de la nobleza italiana menor, y con una salud frágil que nunca fue obstáculo para su fe.
Aquel hombre que desembarcó en el puerto de Buenos Aires en 1824, como parte de la primera misión diplomática del Vaticano a las tierras recién independizadas de América, dejó huellas no solo en documentos eclesiásticos, sino también en la memoria oral de nuestras tierras.
A 201 años de su llegada, el recuerdo cobra una nueva dimensión con el reciente nombramiento papal.
Génova, Buenos Aires y la antesala americana del Papado
Corría enero de 1824 cuando un pequeño navío zarpaba desde Génova rumbo a América del Sur. A bordo viajaban el nuncio apostólico Giovanni Muzi y su joven secretario, Giovanni Mastai Ferretti, junto con otros eclesiásticos de confianza.
Puerto de Génova, ciudad de donde partió el religioso rumbo a Sudamérica. (Imagen: web)
El viaje, largo y con turbulencias, finalizó tras 91 días de travesía al arribar al puerto de Buenos Aires.
En la capital del Río de la Plata fueron recibidos por el obispo Benito Lué y por representantes del gobierno de Bernardino Rivadavia.
La ciudad, aún con aire colonial, era un hervidero de ideas políticas encontradas: monárquicos, unitarios, republicanos y eclesiásticos compartían cafés, tertulias y templos.
Para Mastai Ferretti aquello fue un impacto cultural. En sus escritos, el futuro pontífice se muestra sorprendido por la vitalidad porteña y por las discusiones sobre religión que, según él, rozaban la irreverencia.
Fueron alojados por un tiempo en el antiguo convento de Santo Domingo y celebraron misas en la iglesia de San Ignacio. También visitaron templos menores y se reunieron con clérigos criollos, algunos críticos con la centralidad de Roma.
Aquello no pasó desapercibido para el joven sacerdote, quien anotó con énfasis la necesidad de "recatolizar espiritualmente" los nuevos Estados.
Camino a Mendoza: tierra de contrastes
El verdadero viaje comenzó cuando emprendieron camino hacia Chile, cruzando el corazón de Cuyo. El relato manuscrito del propio Mastai Ferretti describe con minuciosidad su paso por los campos del oeste argentino.
Al llegar a la posta del Desaguadero, ya en suelo mendocino, en febrero de 1824, el joven sacerdote quedó impresionado por la aridez salitrosa del terreno, que describió como "un mar seco de tierra blanca".
Luego vinieron a Las Catitas, donde un temporal casi los obliga a postergar la marcha.
Giovanni Mastai Ferretti pasó por Mendoza en 1824 antes de convertirse en Papa. (Foto: archivo web)
En cada posta, anotaba detalles: el temple de las mulas, la hospitalidad de algunos criollos y también su sorpresa por la parsimonia de ciertos lugareños.
A los mendocinos, según su mirada italiana, los calificó como "lentos y poltrones", una apreciación que contrastaba con el fervor con que eran recibidos por los fieles.
El 16 de febrero llegaron finalmente a la ciudad de Mendoza, entonces una aldea que apenas superaba los 5.000 habitantes. A pesar de su tamaño, el recibimiento fue digno de un enviado papal: arcos de flores, repiques de campanas y una procesión que los condujo a la iglesia Matriz, donde se celebró una misa solemne.
El sacerdote Ferretti fue testigo y protagonista de confirmaciones y bendiciones. El Cabildo local, presidido por el alcalde José Clemente Benegas, los recibió con honores, y hasta improvisaron una velada poética en la que se entonaron versos en defensa del Vicario Apostólico... y en crítica velada al liberalismo, ya entonces en auge.
Entre cordilleras y oratorios
Antes de cruzar a Chile, los viajeros pasaron por El Plumerillo, donde oficiaron una misa íntima en la casa de la familia Segura, que poseía un pequeño oratorio.
El 25 de febrero emprendieron el duro cruce cordillerano por el camino del norte. Se detuvieron en Villavicencio, luego en Uspallata, y pasaron por Punta de Vacas y el Puente del Inca, donde, según la tradición oral, Ferretti dejó una cruz de madera cerca de una de las casuchas que aún subsisten.
El cruce fue arduo, con temperaturas extremas, pero el grupo logró alcanzar la otra vertiente en menos de una semana. Finalmente, a comienzos de marzo de 1824, llegaron a Santiago de Chile.
Chile: la gran misión
En el corazón de la capital chilena, la misión apostólica fue recibida por las autoridades del gobierno de Ramón Freire y por el arzobispo de Santiago. Allí permanecieron por varios meses, organizando la Iglesia local, ordenando sacerdotes, confirmando fieles y preparando lo que sería la futura estructuración del clero nacional chileno.
Santiago de Chile en tiempos en que llegó el futuro papa Pío IX. (Imagen: archivo web)
Mastai Ferretti, aunque aún joven, se mostró como un hábil diplomático. Años más tarde, ya como obispo de Imola y cardenal, recordaría con especial afecto su experiencia en el país trasandino.
Un destino sellado por la historia
De regreso a Europa en 1825, su carrera dentro del Vaticano avanzó a paso firme. Fue nombrado obispo, luego cardenal, y en junio de 1846 fue elegido Papa, tomando el nombre de Pío IX.
Su pontificado se convirtió en el más largo de la historia (31 años) y también en uno de los más controversiales: desde la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción, hasta la condena de los "errores del mundo moderno" mediante el Syllabus de 1864.
En su Papado proclamó el dogma de la Inmaculada Concepción. (Imagen: archivo web - Museos Vaticanos)
Convocó el Concilio Vaticano I, que instituyó el dogma de la infalibilidad papal, y enfrentó con dureza al liberalismo, al racionalismo y al secularismo. En el medio, perdió los Estados Pontificios y debió replegarse al Vaticano.
Aun así, su figura se volvió venerada por millones, y fue beatificado por Juan Pablo II en el año 2000.