Pese a la prohibición absoluta de fumar en los vuelos comerciales, en vigencia desde el año 2000, ya sean de cabotaje o internacionales, en los aviones aún se encuentran los ceniceros, que si sos observador habrás notado cuando ingresaste a un baño de avión, que es donde se encuentran.
Contrariamente a lo que pueda pensarse, no es una distracción, un olvido de alguien o una reminiscencia vintage: se trata en realidad de un requisito de seguridad impuesto por los organismos de seguridad de las entidades que regulan el tránsito aerocomercial.
Lo que establecen las regulaciones de la Administración Federal de Aviación (FAA), originalmente norteamericana pero que establece normas prácticamente par toda la industria, todos los aviones en circulación deben tener ceniceros operativos, especialmente en las puertas de los baños, incluso cuando fumar a bordo está penado por la ley.
Esto obedece a un principio claro: si un pasajero desobedece la norma y enciende un cigarrillo, es preferible que pueda apagarlo de forma segura en un cenicero diseñado para contener fuego, en lugar de hacerlo en un tacho de basura con residuos inflamables.
La prohibición
Fumar en pleno vuelo no solo está prohibido, sino que también constituye una falta grave, y las aerolíneas reforzaron los controles y las multas pueden superar los 37.000 dólares, a lo que se suman prohibiciones para desplazarse en cualquier vuelo, quedando en una lista negra.
Pero ninguna norma o sanción es efectiva para todos, y por ello las estadísticas demuestran que todavía hay personas que intentan fumar a bordo, y para ello se refugian en los baños. Esto motiva a que las autoridades insistan en que los ceniceros siguen siendo un elemento de seguridad obligatorio en todos los modelos de aeronaves, antiguos o nuevos.
Antes de la prohibición absoluta, se establecieron en las naves zonas para fumadores y para no fumadores, hasta que arrancó la prohibición total en algunos vuelos, específicamente en vuelos domésticos de menos de dos horas, decretada en 1988 en Estados Unidos.
En 1990 se amplió la restricción a vuelos de hasta seis horas, y en el 2000 se extendió a todos los vuelos que despegaran o aterrizaran en territorio estadounidense, lo que llevó a que la medida tenga alcance mundial.

