La aparición de un yaguarundí en el patio de una casa de Entre Ríos sorprendió a vecinos y especialistas. El ejemplar juvenil, confundido al principio con una nutria, fue rescatado por personal especializado y trasladado a un centro de resguardo. Pero el hecho, más allá de su rareza, volvió a poner en el foco a una especie que parece caminar silenciosamente hacia el olvido.
"Algunos dicen que se parece más a una nutria", describió Arturo Caso, presidente de Predator Conservation, reforzando el apodo popular de este felino de cuerpo alargado, patas cortas y pelaje liso que prefiere moverse durante el día.
El yaguarundí, también llamado Herpailurus yagouaroundi, habita en una vasta región que va desde el Sur de Estados Unidos hasta el norte de Argentina. Aun así, es uno de los grandes desconocidos del reino animal.
Un felino ignorado por su bajo perfil
El hallazgo en Paraná no es un hecho aislado, sino una señal de alerta: el avance de la urbanización está invadiendo los hábitats naturales de la fauna silvestre. "Basándome en lo que sé y sospecho sobre el yaguarundí, abogaría por una mayor conservación de varios hábitats neotropicales muy amenazados", advirtió Anthony Giordano, fundador de la organización SPECIES, tras revisar datos sobre la distribución de este felino en todo el continente.
El yaguarundí prefiere terrenos con vegetación baja y áreas rurales cercanas a poblaciones humanas. Aun así, evita el contacto con el ser humano, lo que hace aún más inquietante su aparición en zonas residenciales. Su comportamiento diurno, a diferencia de otros grandes felinos, es una estrategia para evitar a depredadores como jaguares o pumas.
¿Cuántos yaguarundíes quedan?
Una de las pocas investigaciones cuantitativas, liderada por Bart Harmsen de la ONG Panthera, estimó que en América Latina podrían quedar entre 35.000 y 230.000 individuos, una cifra baja considerando su distribución continental. "Son simplemente unos felinos desconocidos y fascinantes", explicó Harmsen, quien recordó un avistamiento fugaz en Belice como si fuera un destello. "De todos los carnívoros, siempre es el que menos me gusta estudiar porque cuesta mucho encontrar registros", confesó.
Los estudios con cámaras trampa son ineficientes por la morfología del animal y su pelaje liso, que impide distinguir individuos. Además, su sigilo y su actividad diurna complican los avistamientos. No fue víctima del tráfico de pieles, pero sí de la fragmentación del hábitat, el uso de pesticidas y la pérdida de presas naturales.
Un rompecabezas ecológico
"El yaguarundí es una especie rompecabezas, un pequeño enigma", sentenció Giordano. Su falta de carisma visual lo dejó fuera del radar de las campañas de conservación. A diferencia de jaguares o ocelotes, no protagoniza documentales ni moviliza financiamiento. Pero su papel ecológico es clave: actúa como controlador de especies menores, conecta ecosistemas y podría ser un indicador biológico de estrés ambiental.
Su presencia en Entre Ríos es mucho más que una curiosidad. Es un llamado urgente a repensar los límites entre lo urbano y lo natural. Proteger al yaguarundí no es sólo cuidar a un felino olvidado. Es conservar la biodiversidad invisible que sostiene a los ecosistemas latinoamericanos.

