Varios fueron los aluviones que afectaron a Mendoza en época estival desde tiempos coloniales. Tal vez, el más recordado fue el de enero de 1970, pero a fines del siglo XIX, un gran aluvión tocó de lleno a los mendocinos en enero de 1895, cuando cientos de viviendas, comercios y medios de transporte fueron directamente afectados, además de provocar más de treinta muertos, un centenar de heridos y miles de damnificados.
Preludio de una catástrofe
A principios de enero de 1895 se desató en toda la provincia una ola de calor extrema. En aquellos días se produjeron elevadas temperaturas con máximas de 42° y una intensa humedad que hacía el día muy agobiante y generaba por las tardes fuertes granizadas y lluvias que duraban algunas horas. Después, como suele ocurrir, el cielo se despejaba y el calor volvía con toda su fuerza.
Pero el 7 de enero se abatió una gran tormenta en la zona de Alta Montaña y esto produjo una creciente de grandes magnitudes sobre el río Mendoza.
Las caudalosas aguas destruyeron todo a su paso. En Punta de Vacas se llevó una de las antiguas casuchas coloniales de esa localidad y más abajo la corriente, con una descomunal fuerza, arrancó un puente del ferrocarril. Pero nadie tomó medidas ante el inminente aluvión que bajaba hacia el llano, aunque, por suerte, ese día no perjudicó a la ciudad y en especial a la población.
Mientras tanto, una lluvia se precipitó en todo el gran Mendoza afectando las zonas de Las Heras, Ciudad, Guaymallén y Godoy Cruz sin causar graves daños.
“Una tormenta más”
En la mañana del día siguiente el calor volvió a azotar a los mendocinos. Como era costumbre, gran parte de la población marchó a trabajar, algunos caminando, otros en tranvía o en los tradicionales carruajes alquilados llamados “mateos” que circulaban por las calles de la ciudad.
Por aquel tiempo eran muy pocos los adinerados que se tomaban vacaciones instalándose en sus residencias veraniegas.
A media mañana, aparecieron en el cielo grandes nubarrones de color plomo que avanzaron rápidamente hacia la ciudad y zonas aledañas: se venía una gran tormenta.
Al mediodía, como era previsible, se descargó un fuerte aguacero, lo que provocó que algunos transeúntes que se encontraban en las principales calles de la ciudad se refugiaran en las casas de comercio hasta que pasara la tormenta.
La lluvia fue muy intensa, con fuerte viento y granizo de un tamaño importante que impedía el desplazamiento de cualquier individuo.
El gran caudal de agua caída desbordó las acequias e inundó las calles, causando inconvenientes para el desplazamiento de los medios de locomoción.
Una hora después finalizó la lluvia y cuando el cielo empezaba a despejarse, una fuerte corriente de agua se desplazó rápidamente sobre la zona Oeste de la capital mendocina, arrastrando todo lo que encontraba a su paso.
La ciudad bajo el agua
El torrente bajó súbitamente desde el pedemonte, atacando a varios sectores y anegando calles y gran parte de los edificios, arrastrando árboles, animales, carros y personas.
En la calle Belgrano, hacia el Norte, las aguas penetraron con tal fuerza que los árboles los postes telefónicos y de electricidad fueron arrancados y llevados con violencia por la corriente.
Se vivieron escenas de pánico cuando las casas aledañas al ferrocarril comenzaron a inundarse a tal punto que el aluvión rompió las ventanas y puertas de varias viviendas.
En una de esas casas se produjo un hecho de gran heroísmo protagonizado por una madre de apellido De Pascale, que al ver que el agua entraba en una de las habitaciones donde se encontraban sus cinco pequeños hijos a punto de ahogarse, y luchando con la corriente, tomó a su prole para llevarla a un lugar seguro. Este incidente cobró trascendencia en los medios de difusión de aquella época como un hecho ejemplar.
Las aguas bajaban con una fuerza descomunal, y al llegar a la estación y los galpones del Ferrocarril del Oeste, varias locomotoras y coches fueron arrancados de los rieles y arrastrados por el agua.
Mientras, en plena ciudad, el torrente bajó por la avenida Las Heras e inundó los negocios ubicados en la calle Perú, entre los que se encontraba la relojería La Ginebrina, que fue invadida por el agua y su escaparate de relojes fue arrastrado por el aluvión.
El restorán de un señor de apellido Galletti también fue muy afectado cuando la corriente se llevó la mercadería y los muebles del local. Por la misma avenida Las Heras, otro de los edificios que quedó totalmente deteriorado fue el del hotel de Pascual Firpo, donde las pérdidas fueron totales.
Pero el desastre no quedó allí y el torrente prosiguió hacia el sector más céntrico de la Capital, en donde tiendas, cafés, restaurantes y almacenes fueron alcanzados por el agua.
Algunos transeúntes se vieron impotentes ante el agua que los arrastraba y se vivieron escenas de mucho dramatismo. Allí aparecieron héroes anónimos que se lanzaron al torrente para salvar a personas que estaban a punto de ahogarse. Otros no tuvieron la misma suerte y perecieron.
Ya en la Cuarta Sección, hasta el Hospital San Antonio sufrió el impacto de las aguas, como también toda la zona cercana a este nosocomio.
El día después
Por la tarde, el gobierno provincial y el municipio de la Capital declararon “zona de desastre".
Inmediatamente los miembros de la Cruz Roja de Mendoza –de reciente creación- socorrieron a las víctimas de manera eficiente aportando apoyo sanitario, ropa y alimentos.
Recién el día 12 de enero, las autoridades pudieron hacer un balance y un análisis de la situación, aunque después el Estado provincial se despreocupó de asistir a los damnificados, lo que produjo un gran malestar parte de la población.
La ineficiencia del gobierno hizo que los periódicos locales criticaran con dureza al mandatario interino, Francisco Moyano por la delicada situación. Inclusive por el grave malestar parte de la Policía se sublevó.
Cientos de personas quedaron sin hogar y por varios meses los comercios tuvieron que cerrar sus puertas para reparar sus locales y reponer sus mercaderías, verificándose que los daños sufridos a causa de la inundación fueron millonarios.