Este 29 de julio de 2025 se cumplen 25 años de la trágica muerte de René Favaloro, el médico que revolucionó la cirugía cardiovascular y cuya partida conmocionó a Argentina.
A sus 77 años, el 29 de julio de 2000, Favaloro se quitó la vida con un disparo al corazón en su departamento del barrio de Palermo, Buenos Aires, dejando un conjunto de cartas que aún resuenan como un crudo testimonio de su angustia y un llamado de atención a la sociedad argentina.
¿Quién fue el René Favaloro?
Nacido el 12 de julio de 1923 en La Plata, provincia de Buenos Aires, René Gerónimo Favaloro fue un cardiólogo de renombre internacional.
Su vocación por la medicina se manifestó desde temprana edad, influenciado por su tío médico y sus profesores. Tras graduarse en 1948, decidió ejercer como médico rural en Jacinto Arauz, La Pampa, donde pasó 12 años y desarrolló un profundo compromiso social, estableciendo un centro asistencial integral y el primer banco de sangre móvil de la zona. En este período, aprendió a vincularse con las necesidades de la gente y a entender que la medicina debía ser un acto ético y solidario al servicio de los demás, una filosofía que lo acompañaría toda su vida.
Su mayor hito llegó en 1967, durante su trabajo en la Cleveland Clinic de Estados Unidos. Favaloro realizó por primera vez un bypass aortocoronario utilizando una vena safena del propio paciente, un procedimiento que consistía en crear un nuevo conducto para desviar el flujo sanguíneo alrededor de arterias coronarias obstruidas.
Esta intervención marcó un antes y un después en la historia de la medicina, salvando millones de vidas en todo el mundo y consagrándolo como uno de los cirujanos cardiovasculares más reconocidos del siglo XX.
A pesar de las innumerables ofertas para quedarse en Estados Unidos, Favaloro regresó a Argentina en 1971 con el sueño de crear un centro de excelencia que combinara la asistencia médica con la docencia y la investigación, siguiendo los principios de la Cleveland Clinic.
Este sueño se materializó con la creación de la Fundación Favaloro en 1975, un centro modelo en América Latina por su infraestructura de última generación, profesionales altamente capacitados y un enfoque humanista. La Fundación jamás rechazó a un paciente por falta de recursos, absorbiendo costos que otros se negaban a asumir, en consonancia con el compromiso de Favaloro con una medicina solidaria. Él mismo sostenía: "La medicina sin compromiso con el otro es apenas una técnica".
¿Por qué se suicidó? La denuncia de un sistema corrupto
A pesar de sus logros científicos y su visión humanista, la Fundación Favaloro enfrentaba un grave ahogo financiero a inicios del año 2000, en medio de una profunda depresión económica en Argentina.
La institución acumulaba deudas por más de 40 millones de dólares, mientras que el Estado y diversas obras sociales le adeudaban más de 18 millones de dólares por prestaciones ya realizadas. Los principales deudores eran IOMA y PAMI.
Favaloro denunció que no se trataba de un problema de gestión interno, sino de una "sociedad corrupta". Se le exigían "retornos" o sobornos para liberar los pagos adeudados, una práctica a la que él se negó rotundamente, fiel a sus principios éticos. En sus cartas, afirmó: "Es indudable que ser honesto, en esta sociedad corrupta tiene su precio. A la corta o a la larga te lo hacen pagar".
Durante meses, Favaloro envió cartas pidiendo socorro y solicitó audiencias con funcionarios del gobierno nacional, incluido el entonces presidente Fernando de la Rúa, sin obtener respuesta.
La indiferencia institucional lo sumió en una profunda decepción. Se sentía "cansado de ser un mendigo en su propio país" y notó cómo su pensamiento, que calificaba al sistema de salud de "caótico, injusto y deshumanizado" y a la medicina como un servicio y no un negocio, incomodaba a muchos en el poder, dejándolo cada vez más solo. Sus palabras finales lo reflejaron: "No puedo cambiar, prefiero desaparecer".
Sus últimas horas: una despedida con "precisión quirúrgica"
El sábado 29 de julio de 2000 comenzó como un día más en la rutina de René Favaloro. Se levantó temprano, desayunó con su pareja Diana Truden, y se dirigió a la Fundación Favaloro en su viejo Peugeot 505, donde revisó estudios y evitó recibir visitas, sin mostrar nada que anticipara lo que sucedería.
Cerca de las 13:30, regresó a su departamento de la calle Dardo Rocha para almorzar con Diana. Después de la comida, ella salió creyendo que Favaloro viajaría a La Plata. Sin embargo, él se quedó, se bañó, se afeitó y se puso un pijama y pantuflas. De un cajón de su dormitorio, sacó las siete cartas que había escrito meticulosamente. Dejó los sobres sobre la mesa del comedor, visibles, "con una precisión quirúrgica". En el espejo del baño, pegó una nota dirigida "A las autoridades competentes". A las 16:30, una vecina del tercer piso escuchó un disparo seco, un final.
Diana y su hermano regresaron a las 17:15, encontraron la puerta cerrada con llave por dentro y, tras forzarla, hallaron a Favaloro en el baño, su cuerpo impidiendo la apertura total de la puerta. Sobre la mesa, las cartas no eran solo despedidas, sino "un grito lúcido y contenido, un llamado de atención".
Entre las cartas, una dirigida a las autoridades del gobierno nacional expresaba su frustración por la falta de respuesta y denunciaba la corrupción imperante en la medicina, advirtiendo que, sin ayuda inmediata, la Fundación se vería obligada a cerrar, lo que significaría la "derrota del sueño" por el que regresó al país. Otra, más íntima, a su pareja Diana, pedía perdón, expresaba su profundo amor y el dolor por sus proyectos hechos pedazos: "No podría aguantar como testigo lo que construí, con tanta fuerza, ahora su destrucción. Estoy cansado de luchar y luchar. Remando contra la corriente en un país que está corrompido hasta el tuétano".
Favaloro también dejó una última voluntad: prohibió terminantemente realizar ceremonias religiosas o civiles, y pidió que sus cenizas fueran esparcidas en los montes de Jacinto Arauz, donde fue feliz sirviendo a los demás.
Su muerte fue un acto meditado, un testamento de su dolor y sus valores, sin dramatismo, sino con la serena resignación de quien siente que ya no le quedan herramientas para luchar.
Él creía que la sociedad argentina necesitaba su muerte para tomar conciencia de los problemas en los que estaba envuelta. Su legado, sin embargo, continúa vivo, ya que su técnica quirúrgica, aunque modificada, sigue vigente, y la Fundación Favaloro, a pesar de las adversidades, continúa con el sueño que él inició, bajo el liderazgo de sus sobrinos, quienes asumieron la responsabilidad de saldar las deudas y mantener la institución.

