Corría el año 1835. Buenos Aires aún no era capital de una república organizada, sino epicentro de una nación en formación, desgarrada entre caudillos, pactos provinciales y la figura dominante de Juan Manuel de Rosas.
Pero las noches de ese año el verdadero protagonista no fue político ni militar: fue el cielo.
Una estela brillante cruzó la bóveda celeste con la lentitud solemne de un mensajero antiguo.
Se trataba del cometa Halley, que cumplía con su cita periódica de cada 76 años, como lo había predicho el astrónomo británico Edmund Halley (1656-1742) en 1705.
Edmund Halley, descubridor del cometa que causó pánico mundial. (Imagen: archivo web)
El 16 de octubre de 1835 llegó a su máxima aproximación a la Tierra: causó asombro y temor en vastas regiones del planeta, y el Río de la Plata no fue la excepción.
Aunque los libros y almanaques ya lo anunciaban -gracias a los avances en la astronomía del siglo XVIII- su presencia desató algo ancestral. Los porteños lo vieron como una amenaza.
Algunos creyeron que era una advertencia divina. Otros, más supersticiosos, lo asociaron con guerras, pestes y catástrofes.
En las pulperías de San Telmo, en los conventillos del Alto o en los patios de Palermo, el cometa se convirtió en protagonista de charlas nocturnas, plegarias y especulaciones.
Se lo bendecía con agua bendita, se le rezaban rosarios, y no faltaron quienes consultaron al sacerdote o al curandero del barrio para "entender qué nos quiere decir Dios".
Buenos Aires en 1835: como en todo el mundo, el famoso cometa paralizó a los habitantes. (Imagen: archivo web)
El fenómeno fue visible a simple vista, especialmente en las noches despejadas entre el 10 y el 25 de octubre. En varios periódicos, entre ellos La Gaceta Mercantil, se publicaron advertencias y artículos científicos para tranquilizar a la población.
Algunos de ellos fueron redactados por el médico, astrónomo y naturalista italiano Pedro Carta Molina (1793-1859), quien intentó explicar que el cometa no tenía influencia alguna sobre la salud ni el clima.
Sin embargo, en una sociedad mayoritariamente analfabeta, y acostumbrada a encontrar señales en los cielos, esas palabras no lograron calmar los ánimos. "No hay Halley sin desgracia", decía un tipógrafo español del periódico, convencido por las historias familiares que recordaban guerras o terremotos anteriores.
Religión, política y señales del cielo
En las iglesias, los sermones llamaban a la penitencia. "Dios nos habla desde lo alto", pronunció el padre Alcorta en la Catedral Metropolitana. La asistencia a misa aumentó. También las procesiones, especialmente en el barrio de Montserrat, donde la imagen de la Virgen fue sacada en andas por temor a un castigo divino.
El fenómeno celeste también fue interpretado en clave política.
Cuando pasó el cometa Halley en 1835, Juan Manuel de Rosas guiaba los destinos de la Confederación. (Imagen: web)
Juan Manuel de Rosas, por entonces gobernador con la Suma del Poder Público desde el 7 de marzo de 1835, no se pronunció públicamente sobre el cometa. Pero algunos de sus seguidores lo leyeron como una señal favorable: "El orden vuelve, el cielo lo aprueba".
Por el contrario, sus detractores murmuraban que el cometa anunciaba turbulencias o su caída futura.
Un fenómeno registrado en todo el país
Desde Córdoba llegaron informes eclesiásticos sobre temores similares. El obispo Rodrigo Antonio de Orellana ordenó rogativas públicas el 18 de octubre.
En Tucumán, según un informe hallado en el Archivo Histórico provincial, el gobernador Alejandro Heredia emitió un bando para "evitar aglomeraciones y tumultos innecesarios ante el paso de la estrella de larga cola".
Tambien Mendoza fue partícipe de la llegada del cometa Halley en 1835. (Ilustración: archivo web)
En Mendoza, los registros parroquiales conservados en San Vicente Ferrer, actual departamento de Godoy Cruz, anotan que "el pueblo se congregó en oración ante el signo luminoso que surcó el firmamento en dirección sur-norte".
Algunos relatos indican que, en el Campo de los Andes, los arrieros y campesinos se detenían al anochecer para mirar el cielo, convencidos de que el cometa podía ser una señal sobre el clima venidero o la salud del ganado.
También hay registro en Salta, donde un oficial del ejército dejó por escrito en su diario personal: "Lo he visto claramente, como una espada de fuego. Algunos soldados creen que es aviso de campaña próxima".
Ese documento, conservado en el Museo Histórico del Norte, es una joya de la memoria oral de ese fenómeno.
La comunidad científica y el legado de Halley
Si bien la entonces Confederación aún carecía de instituciones científicas estables, algunos estudiosos -formados en universidades europeas- intentaron seguir el fenómeno.
Se conserva una carta de Esteban Echeverría, quien desde Montevideo anotó observaciones astronómicas del Halley, comparando su visión con la lectura de los poemas de Byron y la tragedia del mundo moderno.
En Europa, en cambio, el cometa fue objeto de estudio intensivo. Se trazaron mapas, se calcularon órbitas con mayor precisión, y se lo registró por primera vez con telescopios de gran aumento.
El Observatorio Nacional de Francia, en París. (Imagen: archivo web)
En París, el Observatorio Nacional publicó un informe en diciembre de 1835 que circularía años después por América.
En Londres, donde Halley había trabajado un siglo antes, los diarios celebraban el cumplimiento exacto de su predicción, convirtiéndolo en símbolo de la ciencia victoriana.
Ese mismo informe llegó a Buenos Aires en marzo de 1836 a bordo del navío Stirling, procedente de Liverpool. Fue leído en círculos ilustrados de la ciudad y comentado en el Salón Literario que frecuentaban Juan Bautista Alberdi y Marcos Sastre.
Un espectáculo que volverá
El cometa Halley volvió a pasar por la Tierra en 1910 y nuevamente en 1986, cuando ya el país era otro, con otra ciencia, otra educación y otra mentalidad. Sin embargo, en 1835 fue una experiencia única, que marcó a generaciones que nunca más verían algo similar.
Para los argentinos de entonces, Halley fue más que un fenómeno astronómico: fue un espejo en el cielo donde se proyectaron todos sus miedos, esperanzas y creencias. Fue un recordatorio de lo pequeño que puede sentirse el ser humano frente a la inmensidad del cosmos.
La próxima visita está prevista para el año 2061. ¿Cómo lo viviremos entonces? ¿Con ciencia o con mística? ¿Desde un observatorio o desde la ventana de casa?
Lo cierto es que Halley siempre vuelve. Y cuando lo haga, quizás vuelva a ser -como hizo hace 190 años- el cometa que vino a juzgar.