Cada enero, al recordar el histórico cruce de los Andes liderado por José de San Martín, surgen figuras que, aunque menos reconocidas, fueron esenciales para el éxito de esta epopeya.
Entre ellas se destaca Pedro Regalado de la Plaza, el comandante de artillería cuya labor titánica permitió superar retos técnicos, logísticos y humanos que marcaron un antes y un después en la historia militar de América.
Los orígenes de un líder
Nacido en Buenos Aires el 13 de mayo de 1785, Pedro Regalado Joaquín de la Plaza creció en un hogar militar. Su padre, el teniente coronel Gaspar de la Plaza, influyó en su vocación.
Bautizado el día de su nacimiento en la iglesia de Nuestra Señora de la Merced, pronto demostró una inclinación natural hacia el servicio a la patria.
A los 18 años se unió como cadete a las milicias del Río de la Plata y fue protagonista en las invasiones inglesas, destacándose por su valentía en la reconquista de 1806 y 1807.
Su espíritu militar lo llevó a incorporarse al Cuerpo de Artillería de la Unión en 1810, un arma estratégica en el contexto revolucionario.
Experiencia en el campo de batalla
De la Plaza no fue un oficial de escritorio. Su participación en las batallas de Tucumán, Salta, Vilcapugio y Ayohuma junto al Ejército del Norte le permitió perfeccionar su conocimiento en artillería, enfrentando tanto victorias como derrotas.
En 1814, su desempeño fue clave en el sitio de Montevideo, donde asumió la jefatura de artillería tras la rendición de la ciudad. Este bagaje lo convirtió en el hombre ideal para el desafío que estaba por llegar.
La llegada a Mendoza y la reorganización de la artillería
Cuando San Martín asumió como gobernador de Cuyo en agosto de 1814, el escenario era desolador. La derrota patriota en Rancagua había dejado a Chile en manos realistas, y Mendoza, como frontera natural, estaba en peligro inminente.
Fue en este contexto que Pedro de la Plaza llegó a la región, en noviembre de ese año, acompañado de cuatro piezas de artillería y un contingente reducido.
De inmediato, asumió el desafío de organizar el arma de artillería en condiciones de extrema precariedad. A falta de recursos, se estableció en la Casa de Ejercicios, cerca del centro de Mendoza, y comenzó a formar un equipo con colaboradores seleccionados por su talento y compromiso.
Ramón Picarte, José Antonio Álvarez de Condarco y Luis Beltrán, este último un chileno exiliado, fueron designados para liderar la armería, la fábrica de pólvora y la maestranza, respectivamente.
Innovación frente a la escasez
La falta de recursos bélicos era crítica. Sin embargo, de la Plaza recurrió a la innovación y la experimentación.
Organizó la fundición de balas y la producción de pólvora, aunque los resultados iniciales fueron modestos. Sin embargo, estos esfuerzos sentaron las bases para un sistema de artillería que sería determinante en la campaña libertadora.
Además, la llegada del Director Supremo Juan Martín de Pueyrredón a la escena política trajo un respaldo clave. La creación del Ejército de los Andes el 1 de agosto de 1816 marcó un punto de inflexión.
Con un plan detallado, Pedro de la Plaza diseñó la estrategia para transportar las piezas de artillería a través de la cordillera, un desafío sin precedentes en la historia militar de América.
El cruce: una hazaña logística y estratégica
El 9 de enero de 1817 el Ejército de los Andes inició su marcha. Las columnas principales se dividieron entre los pasos de Uspallata y Los Patos, siendo este último el elegido para transportar la mayor parte de las piezas de artillería.
De la Plaza lideró la logística, enfrentando desafíos como el frío extremo, la altura y el peso de las piezas.
El 24 de enero, de la Plaza partió por el paso de Los Patos con su división. A través de campamentos y rutas previamente planificadas, logró cruzar la cordillera, llegando al cuartel general en Manantiales y posteriormente al territorio chileno.
La artillería en las batallas de Chacabuco y Maipú
El 12 de febrero de 1817, en la cuesta de Chacabuco, el General José de San Martín organizó a sus tropas en dos divisiones: una comandada por Bernardo O'Higgins y otra por Miguel Estanislao Soler, a la que se integró toda la artillería dirigida por de la Plaza.
Aunque no tuvo un rol destacado en el enfrentamiento, su presencia aseguró la defensa estratégica de las tropas patriotas.
Más decisiva fue su participación en la batalla de Maipú, el 5 de abril de 1818. Allí, la artillería jugó un papel crucial para sellar la independencia de Chile, consolidando el éxito de la campaña.
Los últimos años y el exilio en Chile
Tras años de servicio, de la Plaza se retiró a Mendoza, donde había formado una familia con Micaela Obredor, con quien tuvo varios hijos.
Sin embargo, el estallido de los conflictos entre unitarios y federales lo obligó a exiliarse en Chile, donde vivió hasta su muerte, el 29 de julio de 1856.
Un legado olvidado
Pedro Regalado de la Plaza fue un innovador, un estratega y un patriota que enfrentó desafíos gigantescos con determinación y creatividad. Su papel en la epopeya del cruce de los Andes y las victorias que siguieron son un testimonio de su importancia.
Sin embargo, su nombre permanece relegado a las sombras de la historia.
Hoy, recordar su vida y sus contribuciones es un acto de justicia histórica, un homenaje a un hombre cuya obra fue esencial para la libertad de América.

