Opinión

La Argentina y la bomba atómica

Nuestro país debe mantener los niveles de excelencia de su desarrollo nuclear para aplicaciones pacíficas, pero con la capacidad de construir un arma poderosa si fuera necesario.

Por Emilio Luis Magnaghi

Asociada a otras empresas, la Comisión Nacional de Energía Atómica puede lograr el desarrollo de grandes proyectos nucleares. (Foto: CNEA)

Al final de nuestro artículo anterior: ¿Irán tiene la bomba? Pasado y presente de una frenética carrera, nos preguntábamos si nos conviene, como país, tener bombas atómicas. 

Y agregábamos que nos hacemos esta pregunta porque la Argentina es uno de los pocos casos del mundo que dominan el ciclo completo de la energía nuclear y que está en condiciones de hacerlo si tuviera la voluntad política para ello. Vamos a la respuesta. 

Para empezar, varios estrategas sostienen que la posesión de un arma atómica no otorgaba una suerte de talismán de invencibilidad. En su favor citan, por ejemplo, que cuando los EE.UU. ejercían el monopolio nuclear, no le impidió tener que ceder ante China el control de la mitad de la Península de Corea, aunque ésta última no tuviera "la bomba".  

Lo mismo, agregamos nosotros, le ocurrió otra vez a los EE.UU., a Rusia y a China -cuando estos dos últimos ya la poseían- en sus respectivas intervenciones en Afganistán y en Vietnam, y otra vez en Vietnam para el primero de ellos. 

Bombas que integran el arsenal nuclear ruso. (Foto: web)

Tampoco le sirvió de mucho al Estado de Israel, que no puede vivir en paz con sus vecinos desde hace años y debe apelar a toda una parafernalia de armas y tácticas para su defensa.

La razón para ellos que las bombas atómicas no pueden ser utilizadas porque son extremadamente destructivas. Mucho más si nuestro adversario también las posee, pues en ese caso, lo único que queda asegurado es la destrucción mutua.

Pero como siempre a todo argumento le sale un "pero", nos vemos obligados a reconocer que en este nuevo mundo multipolar en el que vivimos la asunción anterior parece haber cambiado. 

Para comprobarlo basta citar dos casos concretos: el de Corea del Norte y el de Irán. El primero de ellos, a pesar de ser un pequeño país (26 millones de habitantes y ocupa el puesto 82º mundial por su PBI), es escuchado y respetado por su archienemigo, los EE.UU. Igualmente, el segundo de ellos, una potencia regional (82 millones de habitantes y 18º puesto mundial en PBI), cansado de ser amenazado y agredido por Israel, al parecer ha decidido tener su "bomba", también.

Para continuar, nos preguntamos qué pasaría si  la República Argentina se embarca en un proyecto para desarrollar, probar y disponer de una bomba atómica. A la par, lograr complementarlo con la construcción de un vector (misil) para dispararla contra un blanco, digamos, a unos 1.200 km de distancia, mediante la continuación de los proyectos Condor II o Tronador II.

Mediante la continuación de los proyectos Condor II o Tronador II se podría lograr la construcción de un misil de largo alcance. (Foto: archivo web)

Obviamente, todo esto sería muy difícil de realizar en secreto. Simplemente, porque vivimos en una sociedad abierta, muy distinta a las de Irán y de Corea del Norte, que sí pudieron hacerlo contra viento y marea.

En nuestro caso, el argentino, surgen dos hipótesis derivadas; a saber: 

  • La hipótesis 1, que afirma el camino para lograr lo señalado habría que arreglar muchas cuestiones, desde políticas hasta operativas, como denunciar al Tratado de No Proliferación Nuclear de Tlatelolco, del cual somos signatarios. 
  • La hipótesis 2, que asevera que nos enfrentaríamos a una larga y compleja serie de problemas, tanto internos como externos. Pero nada que no hayan ya experimentado países como Israel, la India y Pakistán, todos actuales felices poseedores de "la bomba". 

En función de las hipótesis derivadas vamos a nuestra tesis, cual es: 

La República Argentina debe mantener los niveles de excelencia de su desarrollo nuclear para aplicaciones pacíficas, pero con la capacidad de llevarlo, rápidamente, a la posibilidad de la construcción de un artefacto nuclear si la situación geopolítica lo hiciera necesario.

Para ello se nos presentan dos estrategias a seguir a mediano plazo:

  • Estrategia 1: Diseño y fabricación de un submarino propulsado con energía nuclear.
  • Estrategia 2: Diseño y fabricación de un buque polar propulsado con energía nuclear.

Ambas variantes, tienen -como corresponde- sus ventajas y desventajas, las que analizaremos más adelante. Pero comparten un muy importante elemento común, que es el diseño y construcción de un reactor nuclear específico de fabricación nacional.

Pese a lo que se cree, la Argentina dispone -a través de la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) y de otras empresas asociadas del sector nuclear- de las diferentes tecnologías para ser integradas en el proceso necesario para concretar su fabricación.

Esto no lo decimos nosotros, lo dice un experto en el tema, el ingeniero José Converti (ver: https://www.losandes.com.ar/article/view?slug=submarino-nuclear-el-pais-puede-pasar-del-sueno-a-la-realidad-en-mediano-plazo).

Otra falsa creencia es la de asumir que tal desarrollo implica un horizonte financiero inalcanzable. Pero por lo que opinan los expertos, sabemos que éste no superaría los US$ 300 millones, una suma módica si la comparamos con el precio final de un submarino de propulsión nuclear, que ronda un  costo de unos US$ 3.000 millones.

Una vez desarrollado el reactor, éste podría ser instalado, como ya dijimos, para propulsar un submarino, para lo cual hay varias opciones. 

Una sería hacerlo con uno de la conocida clase Tipo TR 1700 como el desaparecido ARA 'San Juan', ya que fue concebido para tal posibilidad. Del mismo disponemos de un gemelo, el ARA 'Santa Cruz', a la espera de su mantenimiento de media vida, y del  ARA 'Santa Fe', sin terminar en los astilleros, ambos abandonados en el Complejo Industrial y Naval Argentino (CIMAR).

Otra forma de concretar el proyecto es pensar en un desarrollo binacional con la República Federativa del Brasil, país que ya ha tomado la decisión política de disponer de este tipo de buque. Es más, se encuentra embarcado en la adaptación de uno de sus submarinos clase 'Riachuelo' (en realidad una copia del Scorpene francés, pero Francia se negó a proveer el reactor nuclear). 

Con esto mataríamos dos pájaros de un tiro, ya que podríamos bajar los costos finales y, de paso, evitar los celos y la competencia de nuestro vecino mediante el desarrollo de una empresa común. Donde el Brasil aportaría todo lo relacionado con la fabricación del submarino y nosotros el reactor nuclear para propulsarlo. 

Si nada de esto fuera posible, otra posibilidad más sencilla sería la de instalar al reactor desarrollado en un buque polar. Un navío que no solo necesitamos para mantener nuestra presencia en el Continente Antártico, sino que también nos sería muy útil por sus características de gran autonomía para operar en los amplios espacios de nuestro Mar Argentino. 

Por ejemplo, Finlandia, un país que dispone de un PBI que es la mitad del argentino, opera un rompehielos de quilla plana, de la clase 'Taymyr' con un reactor nuclear fabricado en Rusia, y que fue construido para responder a todos los niveles de seguridad internacionales.

Para el caso de la construcción del buque polar, la República Argentina dispone de otros astilleros, al margen del CIMAR. Se trata del Río Santiago, que pertenece a la Provincia de Buenos Aires y es uno de los mayores de América del Sur y con la capacidad de construir grandes navíos. Como sucedió con los seis bulk carrier de 40.000 toneladas terminados para empresas nacionales y la botadura del 'Juana Azurduy', de 47.000 toneladas para la empresa petrolera estatal venezolana PDVSA.

El desarrollo de cualquiera de los proyectos señalados, o de ambos, no solo nos permitiría aprovechar y maximizar los recursos de la industria nuclear preexistentes, tanto los humanos como los materiales. También nos posibilitaría acortar la brecha tecnológica que nos separa de los países más desarrollados en este campo. A la par de reactivar nuestra fuerza de submarinos o disponer de un navío que necesitamos para reforzar nuestra presencia en nuestro amplio mar.

Pero lo más importante de todo esto es que dispondríamos de la posibilidad de contar con un elemento disuasivo, un arma nuclear en un tiempo razonable, si fuera necesario. Ya que como sostiene un viejo dicho de los barrios bajos de Chicago: "Se llega más lejos con una sonrisa y una pistola, que solamente con una sonrisa". 

 

El Doctor Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.