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Juan Bautista Azopardo, el maltés que encendió el primer fuego naval argentino

Desde el Mediterráneo hasta el Paraná, la vida de un hombre que cruzó mares, banderas y destinos para dejar su nombre grabado en la historia de la patria.

Carlos Campana

Por Carlos Campana

6 Noviembre de 2025 - 08:01

Juan Bautista Azopardo, el marino maltés que tiene su nombre grabado en la historia de la patria. (Imagen: Museo Nacional Casa del Acuerdo)
Juan Bautista Azopardo, el marino maltés que tiene su nombre grabado en la historia de la patria. (Imagen: Museo Nacional Casa del Acuerdo)

6 Noviembre de 2025 / Ciudadano News / Otro Punto de Vista

Hay historias que comienzan lejos, en lugares que parecen no tener nada que ver con nosotros, pero que, con el paso del tiempo, se funden con la raíz de lo que somos. 

La de Juan Bautista Azopardo es una de esas historias. Hijo de Rossana Romano y Salvatore Azzopardi (apellido original), nació el 20 de febrero de 1772 en Senglia, una pequeña población de Malta, rodeada por el Mediterráneo y el rumor de los navíos. 

Aún niño, fue enviado por sus padres a estudiar construcciones navales en el arsenal francés de Toulon, donde aprendió a medir los vientos, a leer los cascos y a escuchar el lenguaje de las mareas. Lo que allí aprendió sería su carta de navegación para una vida sin puertos seguros.

Senglia, el pueblo en donde nació Azopardo. (Foto: archivo web)
Senglia, el pueblo maltés en donde nació Azopardo. (Foto: archivo web)

El corsario del mundo

Entre 1793 y 1802, Azopardo sirvió en tropas y escuadras de Francia y Gran Bretaña, en pleno hervidero de las guerras revolucionarias y napoleónicas. Conoció el combate en cubierta, el estruendo de los cañones y el silencio posterior, ese que solo el mar sabe guardar. 

En 1803, navegó como corsario bajo bandera de Holanda, aliada de Francia, atacando el comercio inglés en los mares europeos.

Dos años después, sus travesías lo condujeron hacia el sur del mundo. En 1805, se incorporó al servicio de España como segundo comandante de la fragata 'Dromedario', destinada a las aguas del Río de la Plata.

Por esos años, la Corona había autorizado la guerra de corso contra Inglaterra, y el puerto de Montevideo se había convertido en un hervidero de marinos, cañones y patentes de captura.

Cuando llegó la expedición militar británica al Rio de la Plata de 1806 y 1807, Azopardo se halló en acción. Participó en el traslado de tropas y en la reconquista de Buenos Aires, contribuyendo luego a su defensa durante la segunda invasión. 

Por su valentía, recibió los despachos de teniente coronel graduado de las Milicias Urbanas. Había combatido bajo los colores de la bandera española, pero el destino pronto le pediría cambiar de causa.

Del corso a la revolución

En mayo de 1810, la Junta Provisional de Gobierno asumió el poder en nombre del rey Fernando VII -quien estaba preso al igual que su padre, Carlos IV, en la ciudad de Bayona- y sus compatriotas luchaban en la península contra las tropas napoleónicas. 

Azopardo, fiel al espíritu del nuevo tiempo, adhirió a la causa del monarca y fue incorporado al Regimiento de Granaderos de Fernando VII.

Montevideo, sin embargo, seguía siendo el baluarte contra las fuerzas de la Primera Junta del Río de la Plata. Desde sus fortalezas, las fuerzas navales porteñas comprendieron entonces que para luchar, necesitaba algo más que patriotas de tierra: necesitaba una escuadra propia.

El 10 de febrero de 1811, Juan Bautista Azopardo fue nombrado jefe de la primera escuadrilla naval, compuesta por tres embarcaciones armadas a toda prisa: la 'Invencible', nave capitana; el '25 de Mayo', al mando de Hipólito Bouchard, y la 'Americana', comandada por Ángel Hubac.

Las Instrucciones entregadas a Azopardo, firmadas por Cornelio Saavedra, pueden considerarse el primer documento operativo de la historia naval de nuestro país. La misión era clara: remontar el Paraná para asistir al general Manuel Belgrano en su expedición al Paraguay.

La batalla de San Nicolás

El 2 de marzo de 1811, a la altura de San Nicolás de los Arroyos, la flotilla fue interceptada por una poderosa escuadra enemiga al mando de Jacinto de Romarate.

El combate fue encarnizado. Los cañones tronaron durante horas y el río se tiñó de humo. Azopardo resistió heroicamente al mando del 'Invencible'. Cuando comprendió que la derrota era inminente, intentó hacer volar la santabárbara para evitar la captura, pero fue reducido por los enemigos.

Obra artística que refleja el encarnizado combate de San Nicolás. (Imagen: web)
Obra artística que recuerda el encarnizado combate de San Nicolás. (Imagen: web)

Prisionero, fue trasladado a Montevideo y sometido a un sumario por alta traición. Luego, lo enviaron a la península hispánica, donde pasó nueve años encarcelado. Nueve años de oscuridad, de soledad, de espera.

En 1820, la revuelta liberal de Rafael de la Riego, en Andalucía, le devolvió la libertad. Tenía casi cincuenta años, el cabello encanecido y un corazón que seguía apuntando hacia el Sur. Su lugar, comprendió, estaba donde había dejado su causa inconclusa.

El regreso del marino

De regreso en Buenos Aires, el gobierno lo reincorporó con su grado de teniente coronel. Más tarde, se le confió el cargo de capitán del Puerto y jefe de Matrículas. Fue entonces cuando llevó a cabo una silenciosa pero trascendental labor: balizó los bancos Ortiz y Chico, instaló boyas luminosas y promovió la limpieza del estuario de restos de embarcaciones hundidas en el Río de la Plata. 

En 1825, una nueva guerra se cernía sobre el país: el Imperio del Brasil declaraba la guerra a las Provincias del Río de la Plata. A pesar de su edad, Azopardo volvió a alistarse. 

Se armó una escuadra improvisada bajo el mando del almirante Guillermo Brown, y el maltés fue designado segundo jefe, al mando del bergantín 'General Belgrano'.

El 9 de febrero de 1826, en el primer gran combate de la guerra, Azopardo participó activamente, aunque una confusión en las señales impidió que pudiera auxiliar a Brown. El almirante, de temperamento recio, elevó un parte crítico, pero el presidente Bernardino Rivadavia resolvió archivar el sumario "sin afectar el honor de los inculpados".

Aun así, el viejo marino comprendió que era hora de descansar. El 3 de febrero de 1827 solicitó su retiro del servicio activo. Había cumplido su misión: sembrar en las aguas argentinas el germen de una Armada.

Un héroe del silencio

Azopardo vivió sus últimos años en Buenos Aires junto a su esposa, María de Pérez Rico. Murió el 23 de octubre de 1848, a los 76 años. Sus restos descansan en San Nicolás de los Arroyos, frente al mismo río donde había combatido por primera vez bajo bandera patria.

Allí, una columna de 26 metros de altura, revestida en mármol travertino y diseñada por el capitán de Fragata Jorge Servetti Reeves, se alza como homenaje. En sus bajorrelieves, las figuras de marinos, cañones y banderas recuerdan el rugido de aquella jornada fundacional: la batalla naval de San Nicolás.

La urna que guarda los restos del marino fallecido en (Foto: web)
La urna que guarda los restos del marino fallecido en 1848. (Gentileza: Fototeca San Nicolás)

Cuatro buques de la Armada Argentina llevaron su nombre: un remolcador y transporte (1885), otro remolcador (1923), una fragata (1958) y un guardacostas (1962). Cada uno de ellos, al surcar las aguas, prolonga la estela del maltés que dio alma a los primeros combates del mar argentino.

El hombre que trajo el mar

La figura de Juan Bautista Azopardo resume, quizás como ninguna otra, el espíritu de los comienzos. Fue extranjero y patriota, corsario y héroe, navegante de todos los mares y fundador de uno nuevo. Su vida, tejida entre tempestades y fidelidades, fue un puente entre el Viejo Mundo y la naciente nación del Plata.

En él se cruzan los destinos de dos patrias: la de su origen, Malta, y la de su destino, la Argentina. Ambas islas, una en el Mediterráneo y otra en el confín del mundo, unidas por el coraje de un solo hombre.

Porque si el primer grito de libertad se oyó en la Plaza del Cabildo, el primer eco de esa independencia resonó sobre las aguas del Paraná. Y ese eco llevaba un nombre extranjero que ya nos pertenece: Juan Bautista Azopardo, el marino que hizo de su vida una bandera.

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