Esteban Badlam, víctima del odio político en tiempos de intolerancia
El destino trágico del joven estaba escrito en los tumultuosos años de la primera mitad del siglo XIX.
Por Carlos Campana
27 Noviembre de 2024 - 10:55
27 Noviembre de 2024 - 10:55
27 Noviembre de 2024 / Ciudadano News / Otro Punto de Vista
La historia de Esteban Badlam, un joven de 21 años asesinado en medio del caos político que dominaba Buenos Aires en 1834, no es solo un relato de violencia, sino un espejo de las pasiones desbordadas de una época marcada por la intolerancia y el fanatismo.
Hijo de María Nieves Moreno, hermana del prócer Mariano Moreno, y de Juan Esteban Badlam, un comerciante norteamericano, Esteban había nacido el 20 de julio de 1813, solo un año antes de quedar huérfano de padre.
La vida lo llevó al comercio y luego a un empleo en el Ministerio de Guerra, pero su destino trágico estaba escrito en los tumultuosos años de la primera mitad del siglo XIX.
En abril de 1834, Buenos Aires era un hervidero de tensiones. El expresidente Bernardino Rivadavia regresaba del exilio en Europa a bordo del bergantín francés L'Herminie.
Y aunque su llegada era vista con expectativa por algunos, para los federales más acérrimos, encabezados por los seguidores de Juan Manuel de Rosas, su presencia era una afrenta.

Encarnación Ezcurra, esposa de Rosas y una figura política en su propio derecho, orquestó maniobras destinadas a desestabilizar al gobierno interino de Juan José Viamonte, sucesor de Juan Ramón Balcarce, derrocado tras la llamada Revolución de los Restauradores.
La Sociedad Popular Restauradora, brazo político de los rosistas, ya había demostrado su capacidad para el amedrentamiento y la violencia. Con su célula armada, la Mazorca, comenzó una serie de ataques que incluyeron balear las casas de opositores políticos.

El 29 de abril, la ciudad se convirtió en escenario de un violento raid nocturno que apuntó contra figuras como el gobernador Viamonte, el ministro Manuel José García y el canónigo Pedro Pablo Vidal.
Esa noche, Esteban Badlam visitaba a su tía Teresa Moreno, quien vivía cerca de la casa de Vidal, en las inmediaciones de las calles Chacabuco y Potosí (hoy Alsina). Alertado por disparos y el griterío, el joven salió a la calle para entender qué estaba ocurriendo.

Fue entonces cuando, según las crónicas, el temible Ciriaco Cuitiño, líder de la Mazorca, ordenó dispararle. Dos balas lo alcanzaron, dejándolo gravemente herido. Badlam fue llevado a la casa de su tía, donde agonizó durante dos días antes de fallecer el 1 de mayo.
El asesinato de Badlam no fue un hecho aislado, sino una muestra del clima de impunidad en el que operaban los grupos violentos bajo la protección de figuras como Encarnación Ezcurra.
En una carta dirigida a Rosas, ésta se jactaba que lo había ordenado, afirmando que lograron intimidar al canónigo Vidal, quien finalmente debió abandonar la ciudad.
El entierro de Esteban se realizó el 3 de mayo en el Cementerio del Norte (Recoleta), y fue acompañado por altos funcionarios del gobierno, como Manuel Irigoyen y Esteban José Moreno, además de amigos y familiares que lamentaban la pérdida de un joven prometedor.
Florencio González Balcarce y Buchardo, poeta y amigo cercano de Badlam, escribió una elegía de cuarenta y seis versos, un soneto y un epitafio para su tumba que rezaba: "En execrada noche, aleve bando dejó a la Patria y la virtud llorando".

La muerte de Esteban causó consternación incluso más allá del Atlántico. Manuel Moreno, su tío y entonces embajador en Gran Bretaña, expresó en una carta su profundo dolor: "¿Cómo podría pensar que el más joven de la familia, un niño tan inocente, tan inofensivo, tan suave, acabase en la flor de la edad... por una muerte desastrosa atravesado de balazos por manos bárbaras casi a las puertas de su casa?".
La violencia que acabó con la vida de Esteban Badlam marcó un punto de no retorno en la política porteña. Viamonte, incapaz de controlar la situación, presentó su renuncia meses después, pero el caos no cesó.
A pesar de ser proclamado gobernador en varias ocasiones, Rosas rechazó asumir el cargo hasta que se le otorgaron facultades extraordinarias, consolidando su poder absoluto en la provincia.
Mientras tanto, la Mazorca continuó sembrando el terror, cobrando muchas otras vidas, incluido Avelino Viamonte, hijo del exgobernador, en 1840.
El cura Vidal, otro blanco de la violencia rosista, optó por exiliarse en Montevideo, donde continuó su carrera política y murió en 1846.
Bernardino Rivadavia, por su parte, nunca pudo desembarcar en Buenos Aires: su exilio lo llevó a Cádiz, donde falleció en 1845.
La historia de Esteban Badlam no debe ser vista como un hecho aislado, sino como un símbolo de los estragos que puede causar el fanatismo político, en palabras del poeta Florencio González Balcarce y Buchardo dirigidas a los asesinos de su amigo, quien tiempo después también falleció muy joven por una enfermedad.
Hoy, su memoria nos invita a reflexionar sobre los peligros de la intolerancia y la necesidad de construir una sociedad más justa y respetuosa, donde las diferencias políticas no se traduzcan en tragedias humanas.
Esteban Badlam no fue solo una víctima de su tiempo, sino un recordatorio eterno de lo que se pierde cuando el odio eclipsa la razón.