La violencia no es una opción en la Argentina ni responde a un clima de época, aunque la intolerancia y la acción contra el que piensa distinto sea una práctica cada vez más frecuente en muchos países del mundo que se considera civilizado.
El insulto desde las tribunas del poder o la amenaza de muerte a un militante o al Presidente, están llegando a un punto de no retorno.
Las disidencias, la rivalidad en la política o las diferencias ideológicas han incubado un escenario de odio creciente. Ya no es cuestión demostrar una opinión airada o un gesto de bronca, ahora se habla de eliminar al contrincante.
"Hay que bajar a Milei" o "hay que matar a todos los zurdos", son frases que se escuchan cada vez con más reiteración, ambas resumen el más alto grado de intolerancia en una sociedad que no logra entender que se puede discutir hasta el hartazgo pero que hay un límite que no se debe traspasar.
La sociedad tiene miedo porque el país se está transformando en una pelea de barrabravas que están convencidos de tener la verdad, toda la verdad de su lado.
El kirchnerismo se fue quedando sin argumentos en los últimos tiempos, en sus orígenes se apropió de banderas genuinas de una Argentina lastimada que recuperó la democracia y los derechos humanos, los usó primero para ascenso al poder y los convirtió en un arma política.
Con ello se provocó también una reacción desmedida que bastardeó el concepto de izquierda (Con la inefable ayuda del errático troskismo). Hoy los principios socialistas, además de no ser comprendidos se desechan como la peor basura de la humanidad.
La falsa izquierda engendró una derecha que empieza peligrosamente a demostrar muy poco afecto a la democracia, y además también es mentirosa porque se autodenomina liberal y cada vez se aleja más de una de las líneas que más progreso trajo el mundo.
Durante la hegemonía kirchnerista la palabra "liberal" fue usada como un insulto, si eras liberal no podías interesarte por los problemas del pueblo, repetían incansables.
Y ahora los que se dicen liberales no le quieren dar lugar en el escenario nacional a los que expresan otra versión de ese mismo liberalismo, es decir la única libertad que reconocen estos nuevos liberales es la de "pensar igual que ellos".
En ninguno de los dos extremos de este espectro político sin tonalidades intermedias anida la tolerancia.
Cuando no se considera al otro como otro, cuando se niega esa "otredad", alteridad, se considera que en el sistema de poder reside la totalidad, que allí residen las ideas "únicas y verdaderas", estamos en "nuestra totalidad" y eso llevado al extremo se llama totalitarismo.
La intolerancia cuando se hace carne en uno de los extremos del espectro político-ideológico y no hay nada más que lo que piensa el poder reinante empieza a transitar el camino que más daño ha hecho en la historia.
Los argentinos que se angustian y esfuerzan por, ya ni siquiera por cumplir sus sueños, sino por alimentar a la familia y mantenerse bajo un techo, no tienen por qué elegir entre las dos locuras.
Si votaron por uno u otro, lo hicieron creyendo honestamente en que o se podrían llevar a la realidad esas "viejas ideas" de la justicia social, o que la Argentina se merecía un "cambio que hiciera justicia y sacara del camino las malas costumbres".
Pero si hay indicios macroeconómicos un poco alentadores y hay que esperar que la bonanza llegue a la capas de más abajo, la violencia de la que hablábamos más arriba puede arruinarlo todo.
Porque si no lo rompen todo hay posibilidades de recuperarse, pero si la consigna es "la razón es solo nuestra", el camino se obtura y la democracia se debilita.
Nadie tiene el derecho de obligar a la entre a tomar partido. Ya bastante daño ha hecho la grieta surgida con el kirchnerismo que rompió familias y amistades.
Que ahora no se rompa la paz, porque eso no sería un cambio, sería retroceder mucho en la historia.

