Hasta ahora, poco se conocía de esta travesía, realizada desde diciembre de 1845 hasta febrero de 1846.
El país que anhelaba visitar
En diciembre de 1845, el Santo de la Espada, ya con 67 años y afectado por problemas de salud, emprendió una aventura.
El deseo de recorrer Italia no era nuevo en él. Años antes, el general británico Guillermo Miller lo había invitado a acompañarlo en un largo periplo por el Mediterráneo, pero el veterano guerrero de la independencia declinó la propuesta con la lucidez de quien entiende los límites de la edad.
Finalmente, con menos obligaciones en París, decidió emprender el recorrido con la esperanza de encontrar un clima más favorable y un alivio a sus dolencias.
A fines de noviembre salió de París con rumbo a la ciudad de Marsella, acompañado por su criado Eusebio Soto, un peruano que, desde hacía 24 años, se había transformado en su valet o mayordomo.
La aventura de un hombre
Al llegar al puerto de Marsella, ambos se embarcaron hacia Livorno, donde permanecieron unos días antes de dirigirse a Florencia.
Puerto de Marsella, siglo XIX. (Imagen: archivo web)
En la capital toscana, se establecieron por un breve período, recorriendo sus calles y admirando la majestuosidad del Duomo de Santa María del Fiore, con su imponente cúpula diseñada por Brunelleschi.
Junto a su mayordomo Eusebio, transitó por la Piazza della Signoria, el corazón político y cultural de la ciudad, donde se alza el Palazzo Vecchio, símbolo del poder florentino.
Tal vez cruzaron el Ponte Vecchio, con sus históricas joyerías suspendidas sobre el río Arno, o visitaron la Galería Uffizi, hogar de obras maestras renacentistas.
Cúpulas de Florencia, ciudad donde se estableció por unos días. (Imagen: web)
Luego de su breve estancia en Florencia, obtuvo la visa el 5 de diciembre para trasladarse a Nápoles, capital del Reino de las Dos Sicilias, adonde llegó el 25 de diciembre.
Ver Nápoles y luego morir
La Navidad envolvía a Nápoles con su tradicional día festivo. El anciano general se hospedó en un hotel muy cerca de la ría llamado Delle Aquilla Nera.
La visita del Padre de la Patria quedó registrada en el periódico Giornale delle Due Sicilie, que en sus páginas anunciaban la presencia de un caballero con el nombre de Giuseppe de San Martín, quien venía de París.
Sin embargo, tras ese nombre burocrático se escondía la figura del máximo héroe de la emancipación sudamericana.
El Libertador estuvo 33 días en Nápoles. (Imagen: archivo web)
Durante ese período también se alojó en esa ciudad el entonces zar de Rusia.
El prócer permaneció en Nápoles 33 días. Caminó por sus calles, contempló la bahía con el Vesubio al fondo, y admirador de la cultura grecolatina, encontró en las ruinas de Pompeii un reflejo de aquella historia romana que amaba.
Ruinas de Pompei, visitadas por el Padre de la Patria. (Imagen: web)
Todos los caminos conducen a Roma
A finales de enero de 1846, durante su estancia coincidió con dos viejos conocidos: Juan Martín de Pueyrredón y Gervasio Posadas, hijo del ex Director Supremo del Río de la Plata. Ambos recorrían Italia junto a sus esposas, y el encuentro fue una grata sorpresa en medio de su travesía.
Tras despedirse de ellos, San Martín continuó su itinerario rumbo a Roma, aunque el trayecto fue agotador. Tardó 33 horas en recorrer poco más de 180 kilómetros, pero el esfuerzo valió la pena.
En una carta a Posadas, comentó que recomendaría a Pueyrredón tomar la ruta por Volturno, no solo por ser más cómoda para las señoras, sino también por la belleza del paisaje que se extendía entre Nápoles y Roma, atravesando la histórica Terracina.
En la Ciudad de los Emperadores se instaló en el Hotel de la Minerva, un alojamiento confortable y con precios razonables en comparación con otros de la capital.
Allí tuvo un curioso encuentro con un joven recién llegado de Buenos Aires, quien, según le contaron, administraba el hotel y había dirigido un colegio en su tierra natal. Además, decía conocer a la familia Pueyrredón y haber tratado a sus hijos.
Vista actual del Hotel de la Minerva, en Roma. (Foto: web)
El día que José de San Martín "murió"
Era una noche fría de febrero de 1846 cuando Gervasio Posadas llegó tarde al hotel, agotado tras una jornada intensa en Roma.
Apenas había comenzado a quitarse el abrigo cuando un golpe seco en la puerta interrumpió su rutina. Al abrir, se encontró con el mucamo de San Martín, quien, con gesto grave y tono imperturbable, soltó una noticia escalofriante: "El señor general ha muerto".
Sin perder un segundo, Posadas corrió hasta la habitación de su amigo. La escena que encontró era desoladora. San Martín yacía sobre la cama, inmóvil, con el cuerpo rígido y sin señales evidentes de vida.
Sin dudarlo, Posadas hurgó en la maleta del general, tomó algunos remedios e intentó reanimarlo. Aplicó los medicamentos con la urgencia del que se niega a aceptar lo inevitable.
De repente, lo imposible ocurrió. El destacado militar comenzó a reaccionar, su cuerpo recuperó el aliento y, ante la mirada atónita de su fiel mucamo, volvió en sí.
El anciano general, que momentos antes parecía haber cruzado el umbral de la muerte, resurgía como si su espíritu se negara a rendirse.
Todo indicaba que había sufrido un violento ataque, quizás convulsiones o un episodio epiléptico, que lo dejó en un estado de extrema debilidad, con sus signos vitales tan disminuidos que incluso su propio asistente lo creyó muerto.
Aquel episodio quedó grabado en la memoria de Posadas, quien jamás olvidaría la noche en que el Capitán General del Ejército de los Andes desafió a la muerte y volvió para seguir escribiendo su historia.
Los últimos días
Entre las antiguas calles de Roma, envuelto en la grandeza de su historia y el bullicio de sus festividades, San Martín aguardaba el inicio del Carnaval. Era el 15 de febrero, y la ciudad se preparaba para el gran ceremonial de costumbre, un espectáculo de máscaras, colores y algarabía.
Pero su mente no estaba en la celebración. Su corazón, inquieto, anhelaba el reencuentro con su familia. Marsella lo esperaba, y cada día que pasaba aumentaba su deseo de partir.
Placa en el frente del Hotel Minerva que evoca la estadía del General en ese lugar. (Foto: web)
Finalmente, el 17 de febrero dejó atrás la Ciudad Eterna y embarcó en Civitavecchia rumbo a Francia. Antes de zarpar, su pasaporte fue sellado por el embajador francés y el prefecto de la Policía pontificia, un trámite necesario, pero que, a esas alturas de su vida, no era más que un simple formalismo.
Con la mirada fija en el horizonte, José de San Martín se despidió de las costas italianas. Sabía que cada milla recorrida lo acercaba al calor de los suyos y a la tranquilidad de su hogar en Grand Bourg.
Durante su estancia en Italia, aprovechó para recorrer lugares emblemáticos antes de seguir su camino. A pesar del desgaste físico, su interés por la historia, la política y los lazos con su patria seguía intacto.
Este viaje no solo le permitió descansar y recuperar fuerzas, sino también mantener vivos sus vínculos con el mundo que había dejado atrás.