Los héroes olvidados de la Revolución de 1905
Los voluntarios de la Cruz Roja, ciudadanos comunes sin distinción de bandos, arriesgaron sus vidas para socorrer a los heridos.
Por Carlos Campana
6 Febrero de 2025 - 11:40
6 Febrero de 2025 - 11:40
6 Febrero de 2025 / Ciudadano News / Otro Punto de Vista
La madrugada del 4 de febrero de 1905 quedó marcada a fuego en la historia de Mendoza.
Mientras la ciudad dormía, un grupo de revolucionarios liderados por el doctor José Néstor Lencinas se preparaba para lo inevitable: el levantamiento contra el gobierno del presidente Manuel Quintana. La revuelta era impulsada por la Unión Cívica Radical y apoyada por un pequeño sector del Ejército.

Cuando el reloj marcó las 3 de la mañana, los primeros disparos resonaron en las calles desiertas y despertaron a los vecinos, que se asomaron con temor desde puertas y ventanas, intentando descifrar qué estaba ocurriendo.
En pocos minutos, la ciudad se convirtió en un campo de batalla. Los insurgentes, reforzados por tropas de artillería e infantería que se sublevaron a su favor, tomaron la Policía y el arsenal de guerra.

Al amanecer, civiles armados recorrían las calles con fusiles Máuser, boinas blancas y escarapelas con los colores verde, blanco y rosado, invitando a la población a unirse a la revuelta.
Las fuerzas leales resistieron, pero la lucha fue encarnizada: en la plaza San Martín, la Casa de Gobierno y el cuartel de Policía se libraron los enfrentamientos más cruentos.
El combate se prolongó por horas, hasta que finalmente el cuartel del Regimiento 2 de Cazadores, ubicado entonces en la actual sucursal del Banco Nación, cayó en manos de los revolucionarios.
Mendoza había sido conquistada. Sin embargo, la victoria fue efímera: en Buenos Aires, el levantamiento había fracasado. Dos días después, al enterarse de que tropas enviadas desde Córdoba se dirigían a sofocar la insurrección, Lencinas abandonó la lucha y huyó hacia Chile.

Más allá del fragor de la batalla, un grupo de hombres y mujeres se convirtió en el verdadero símbolo de heroísmo de aquella jornada. Eran los voluntarios de la Cruz Roja, ciudadanos comunes que, sin distinción de bandos, arriesgaron sus vidas para socorrer a los heridos.
Horas después de iniciados los combates, el presidente de la Cruz Roja local, doctor Pedro N. Lobos Amigorena, convocó a los miembros de la institución. Uno a uno, los voluntarios se presentaron en la esquina de San Martín y Lavalle, listos para asistir a quienes necesitaran ayuda.
En la imprenta del diario El Comercio, sobre calle Lavalle, improvisaron un hospital de sangre, donde la joven Amalia Fuentes atendía a los heridos que llegaban desde la plaza San Martín.
Entre el humo y los escombros, en plena balacera, Emilio Zara y José Marzari encabezaron un grupo de socorristas que, sin más protección que su valor, corrieron a salvar vidas bajo el fuego cruzado.
Cuando la lucha terminó, la calma en la ciudad duró apenas unos minutos. Mientras curiosos se congregaban en la plaza San Martín para observar los estragos de la batalla, un joven encontró una pieza de artillería abandonada por el Ejército. Con la imprudencia de la edad, accionó el mecanismo y el disparo accidental desató una nueva tragedia: la explosión dejó más de veinte muertos y heridos, entre ellos mujeres y niños.

Los voluntarios de la Cruz Roja, que ya habían dado todo en el campo de batalla, volvieron a desplegar su solidaridad. Sin descanso, asistieron a las víctimas y trasladaron a los más graves al hospital provincial en carruajes improvisados como ambulancias.
El saldo de la Revolución de 1905 en Mendoza fue devastador: más de cien muertos y doscientos heridos entre militares y civiles. Sin embargo, en medio del caos y la destrucción, hubo quienes demostraron que la verdadera valentía no se mide en fusiles, sino en actos de humanidad.
Un total de 29 voluntarios de la Cruz Roja mendocina se convirtieron en héroes anónimos, dejando una huella imborrable en la historia de la provincia.
Entre ellos, además de Lobos Amigorena, Zara y Marzari, se encontraban Alejandro Castillo, Moisés del Campo, José Ruiz Huidobro, Lucio Funes, Tomás Godoy, Julio Palmeiro, Miguel de los Ríos, Federico Corbin, Jorge Calle, Dante Rossi, Francisco Borremans, Augusto Candiotti, Emilio Day, Lázaro Gallano, Evaristo Arnut, Héctor Mackern, Vicente Villegas, Pedro Ortiz, Domingo Villar, Enrique Day, Augusto Rafaelli, Martín Laredo, Jovino Alvarado y Fermín Rodríguez.
Los revolucionarios de 1905 lucharon por un ideal, pero los voluntarios de la Cruz Roja lucharon por la vida. Su entrega desinteresada y su valentía merecen un lugar de honor en la memoria colectiva.
Fueron ellos quienes, en medio de la pólvora y el caos, recordaron a Mendoza y al país que, incluso en los momentos más oscuros, la humanidad siempre encuentra la forma de brillar.