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Bóvedas de Uspallata: entre la plata del rey y el mito de San Martín

¿Plata para el Rey o cañones para San Martín? El secreto de las Bóvedas de Uspallata, una historia real de ambición minera y una leyenda fundacional.

Carlos Campana

Por Carlos Campana

12 Noviembre de 2025 - 11:58

Las Bovedas de Uspallata, testigos de una historia fascinante. (Foto: web)
Las Bovedas de Uspallata, testigos de una historia fascinante. (Foto: web)

12 Noviembre de 2025 / Ciudadano News / Otro Punto de Vista

Entre los montes ásperos de Uspallata, donde el aire cordillerano parece conservar ecos de viejas gestas, se alzan unas estructuras de piedra, cal y adobe que durante más de dos siglo guardaron un secreto. 

Son las célebres Bóvedas de Uspallata, aquellas mismas a las que generaciones de mendocinos y viajeros atribuyeron el mérito de haberse construido y servido como hornos de fundición de cañones para el Ejército de los Andes.

La historia romántica aseguraba que fray Luis Beltrán, el genial fraile artillero del General San Martín, había hecho brotar de aquellas chimeneas el fuego libertador que templó los metales de la independencia. 

Sin embargo, la verdad -más silenciosa, aunque no menos fascinante- pertenece a otro tiempo y a otros hombres.

El pico, la pala y la ilusión de hacerse rico

Durante los siglos XVII y XVIII, Uspallata fue el corazón minero del territorio cuyano. Hasta allí llegaban aventureros, españoles y criollos, cargando mulas, picos y esperanzas. Buscaban vetas de oro y plata, soñando con doblones y glorias.

En 1774, en tierras pertenecientes a la Orden de los agustinos, se erigió un ingenio con horno frente a la vieja posta del lugar. Por algunos años, el humo de la fundición ascendió vigoroso: la plata extraída del Paramillo y del Rosario cruzaba la cordillera en caravana rumbo a Santiago de Chile, donde era convertida en moneda. 

Pero el esplendor fue breve. Las vetas se agotaron, los hornos se apagaron, y Uspallata quedó otra vez envuelta en silencio y polvo.

El catalán que volvió a encender el fuego

Fue entonces cuando apareció en escena un hombre singular: Francisco Serra y Canals, catalán de temple progresista y mirada de largo alcance, uno de los pioneros del desarrollo económico en la Mendoza virreinal. 

Apoyado por un personaje que tuvo gran repercusión en las invasiones británicas de 1806, el entonces gobernador del Córdoba de Tucumán don Rafael de Sobremonte. 

Visionario y audaz, Serra y Canals exploró las viejas galerías abandonadas y, entre los escombros, halló oro. Su hallazgo despertó nuevamente la codicia y el entusiasmo por la minería cuyana. 

Gracias a su iniciativa, las fundiciones volvieron a rugir y la villa recobró vida. Aquella chispa de prosperidad atrajo a nuevos socios y capitales.

Otros fueron los señores Manuel  y Francisco Molina, junto con el catalán José Moret, quienes, hacia 1790, emprendieron la construcción de un establecimiento metalúrgico moderno en el paraje de San Lorenzo Mártir, unos kilómetros al norte de la posta principal. 

Allí levantaron un complejo con tres chimeneas y un trapiche hidráulico para moler mineral. Eran, sin saberlo, los creadores de lo que el tiempo bautizaría como Las Bóvedas de Uspallata.

La empresa -que en parte pertenecía al rey- se dedicó a la fundición de plata utilizando dos métodos: el de fundición directa, repitiendo el proceso varias veces hasta refinar el metal, y el del azogue, que amalgamaba la plata con mercurio. 

Este último daba un producto de pureza notable, digno de los reales de a ocho que circulaban por el reino

La ruta de los doblones del rey

El camino que unía Buenos Aires con Santiago de Chile era entonces una arteria de oro y de riesgo. Mulas cargadas de lingotes y zurrones de cuero repletos de monedas cruzaban la cordillera. 

Aquellos doblones, nacidos de las minas de Uspallata, viajaban a la Casa de la Moneda chilena, donde eran acuñados bajo el perfil del monarca español. 

Desde allí, regresaban por la misma ruta hacia el Atlántico para continuar rumbo a Cádiz, cerrando el ciclo de la riqueza de estos territorios americanos.

Pero los vientos políticos cambiaron. Y luego de 1813 las noticias de Buenos Aires llegaron hasta las alturas de Uspallata, y el eco de la Revolución también resonó entre las piedras. 

Las fundiciones siguieron activas, aunque ya bajo un nuevo nombre y un nuevo signo: la Compañía Patriótica de Minas, nacida del fervor independentista.

El mito del crisol sanmartiniano

En enero de 1817, las columnas del Ejército de los Andes comenzaron a internarse por los pasos cordilleranos. Se sabe que el entonces coronel Gregorio de Las Heras acampó con sus hombres en la zona, y que Beltrán, con su pequeña división, pasó por las inmediaciones. De allí nació, quizá, el equívoco que la tradición convertiría en leyenda.

Como jefe del Ejército de los Andes, el General San Martín recibía órdenes
El General San Martín, al frente del Ejército de los Andes. (Archivo web)

Durante décadas se repitió que los cañones libertadores se habían fundido en las Bóvedas. Sin embargo, los documentos prueban lo contrario. 

Ni el Ejército de los Andes ni el taller de Beltrán utilizaron aquel sitio. Porque ningún armamento se produjo en Cuyo en aquel momento.

Las Bóvedas, en cambio, siguieron dedicadas a la minería y la fundición civil, hasta que, con la muerte de Moret, la sociedad se disolvió. 

En 1824, el inquieto José Antonio Álvarez de Condarco -quien vivía en Londres desde 1818- estuvo ligado a una compañía minera británica, intentó comprar el complejo para reactivar la producción, pero el proyecto no prosperó. 

Los hornos se apagaron definitivamente y el silencio volvió a cubrir el valle.

Del olvido al monumento

El tiempo se encargó de sepultar aquella historia bajo la arena del mito. No fue sino hasta mediados del siglo XX cuando las viejas bóvedas volvieron a despertar interés. 

En 1945, durante el gobierno de facto del general Edelmiro J. Farrell, las Bóvedas fueron declaradas Monumento Histórico Nacional. 

Décadas después, arqueólogos, militares y entusiastas -como el mayor López en 1975- realizaron excavaciones en busca de vestigios del pasado.

En 1994 se concretó una restauración integral, y en años recientes, nuevas intervenciones provinciales y municipales preservaron su estructura de piedra, testigo de una época en que la ambición de los hombres hizo brotar fuego en la montaña.

Hoy, al norte de Uspallata, las bóvedas se alzan serenas, recortadas contra el cielo cordillerano. Sus muros guardan la memoria de quienes soñaron con la riqueza del subsuelo y la forjaron con el sudor de sus manos. 

Y aunque no vieron nacer allí los cañones de la libertad, esas viejas piedras siguen contando una historia de  ambición y esperanza.

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