Los incendios forestales en la Patagonia Norte han dejado cicatrices profundas en el paisaje. Solo en el último tiempo, focos en Puertopatriada (Epuyén) y el Parque Nacional Los Alerces han puesto en jaque la biodiversidad de la región.
Ante esta tragedia ecológica, Mario Pastorino, ingeniero forestal e investigador del INTA y CONICET, señala que existen métodos científicos para acelerar lo que a la naturaleza le llevaría siglos.
El dilema de la restauración pasiva de bosques
En las zonas más húmedas y cercanas a la cordillera, se suele aplicar la restauración pasiva. Esto consiste, básicamente, en dejar que el bosque se regenere por sus propios medios. Sin embargo, este proceso es extremadamente lento: un bosque quemado puede tardar hasta 100 años en volver a ser lo que era.
¿Qué es la restauración activa?
Hacia las zonas más secas y cercanas a la estepa, el panorama es más crítico. Allí, si no hay intervención humana, el bosque corre el riesgo de desaparecer para siempre y transformarse en matorral. Es aquí donde entra la restauración activa, un proceso que implica tecnología y compromiso logístico. Consiste en tres pasos fundamentales:
- Cosecha de semillas del bosque natural remanente.
- Producción de plantines en viveros especializados.
- Plantación estratégica en el sitio quemado, adaptando el método a la topografía del lugar.
Un "empujón" a la naturaleza
La restauración activa es, en esencia, aportar tecnología para ganarle tiempo al reloj biológico. En sitios donde el acceso es difícil y solo se llega en helicóptero, la ciencia se convierte en la única herramienta capaz de garantizar que las futuras generaciones vuelvan a ver pinos, coihues o cipreses en pie.
"Es ir y plantar para darle un empujón a la naturaleza", resume el investigador, subrayando que la ingeniería forestal es hoy la mejor aliada para sanar las heridas provocadas por la negligencia humana y los rayos naturales.
