Es la postal clásica del 25 al mediodía: mientras algunos familiares ya están listos para el almuerzo con las sobras del día anterior, como si nada hubiera pasado, otros sufren las consecuencias de una simple copa de más. ¿Por qué esa injusticia? La respuesta, según la ciencia, no está en la marca de la sidra, sino en tu genética.
Adrián Turjanski, investigador del CONICET, explica que así como el ADN define el color de tus ojos, también dicta cómo tu cuerpo se lleva con el alcohol. El secreto —o el problema— está en el metabolismo. Cuando bebemos, el cuerpo descompone el alcohol y genera una sustancia llamada acetaldehído. Este es el verdadero "villano" de la película, el responsable del dolor de cabeza, las náuseas y esa fatiga que te deja tirado en el sillón.
Rápido y furioso
Aquí viene el dato clave: si tenés un metabolismo acelerado, tu cuerpo acumula este acetaldehído muy rápido. Paradójicamente, esto hace que tengas resacas más severas y tempranas, a veces con solo un vaso. "Debido a sus efectos dañinos, es menos probable que estas personas beban en exceso, pero sufren más", aclara el experto.
Por eso, la tolerancia no es solo una cuestión de "costumbre", sino de biología pura. De hecho, hay patrones poblacionales: un gran porcentaje de la población de Asia Oriental tiene esta variante genética que acelera la resaca, mientras que en Europa es menos común. Así que, si hoy te sentís fatal, la culpa es de tus genes.