El plan continental de O'Higgins que desafía la historia tradicional
Cuyo como laboratorio estratégico de una de las conquistas más importantes de la región.
Por Carlos Campana
16 Marzo de 2026 - 12:33
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16 Marzo de 2026 / Ciudadano News / Sociedad
En enero de 1817, varias columnas del Ejército de los Andes iniciaron la marcha hacia la cordillera desde distintos pasos desde la región cuyana hacia Chile. La operación, cuidadosamente planificada, formaba parte de una estrategia militar destinada a recuperar el territorio chileno que había quedado en manos realistas después de la derrota patriotas chilenos en octubre de 1814.
Aquella campaña -que culminaría pocas semanas más tarde con la victoria de Chacabuco- suele asociarse casi exclusivamente con la figura de José de San Martín y con el llamado Plan Continental. Según la versión más difundida, el Libertador habría concebido una estrategia que consistía en cruzar los Andes, liberar Chile y desde allí proyectar la guerra hacia el virreinato del Perú, el principal bastión del poder realista en Sudamérica. La operación militar fue real y decisiva. Sin embargo, cuando se observan con atención los años previos a 1817 aparece un panorama más complejo. La lógica estratégica que permitió aquella ofensiva no surgió de manera repentina ni fue el resultado de una sola inspiración.
Antes de que el Ejército de los Andes estuviera organizado en Mendoza a fines de 1816 ya circulaban ideas que imaginaban ese mismo camino estratégico. Entre ellas destaca un proyecto elaborado por Bernardo O'Higgins en 1815, cuyos originales y documentos complementarios se conservan en el Archivo Nacional de Chile.
A esas reflexiones se sumaron planteos surgidos en el propio territorio cuyano -como un desconocido cabildante, abogado y empresario minero mendocino, el licenciado Manuel Ignacio Molina- y, más tarde, el respaldo político decisivo del director supremo Juan Martín de Pueyrredón. La campaña libertadora que comenzó en 1817 fue, en realidad, el resultado de la convergencia de todas esas ideas, en donde también participó del coronel mayor San Martín.

Para comprender el origen de esas reflexiones es necesario volver a uno de los momentos más dramáticos de la revolución chilena. En octubre de 1814 las fuerzas chilenas fueron aniquiladas por las tropas del realista general Osorio, en la batalla de Rancagua. El enfrentamiento fue breve y brutal. Con esa derrota se derrumbaba la experiencia política de la llamada Patria Vieja.
El ejército leal al rey Fernando VII recuperó rápidamente el control del territorio chileno y el movimiento revolucionario quedó prácticamente desarticulado. La derrota provocó una retirada desesperada hacia la cordillera. Durante días columnas de soldados, dirigentes políticos y familias enteras emprendieron el camino hacia el paso principal cordillerano buscando refugio al otro lado de la montaña. Eran unos 600 entre hombres, mujeres y niños que llegaron a Mendoza.
La capital cuyana, gobernada desde hacía días por José de San Martín, se transformó de pronto en un punto de encuentro para los patriotas derrotados. Pero Mendoza no sería solamente un refugio. Sería también un lugar donde la guerra comenzó a pensarse de otra manera.
Las derrotas tienen una virtud que la historia suele olvidar: obligan a reflexionar. Tanto desde el gobierno del Directorio al mando de Posadas como los chilenos que se asentaron en Mendoza comprendieron que no podían repetir las mismos errores políticos y militares que habían conducido al desastre. El problema no era únicamente militar. Era, sobre todo, estratégico.
Mientras el virreinato del Perú continuara siendo el gran centro del poder en Sudamérica, cualquier intento de independencia en Chile sería frágil. Desde Lima podían enviarse tropas, dinero y oficiales para restaurar el dominio real cada vez que fuera necesario. La guerra debía pensarse en otra escala. Además de ese planteo, había otro que realmente no dejaba dormir al gobernador Intendente de Cuyo José de San Martín: era la inminente invasión desde el país trasandino por los pasos cordillerano desde fines de 1814 y principios de 1815 por las tropas realistas.
Fue por ello que el futuro Libertador organizó una impecable defensa para contener el avance enemigo. En ese contexto comenzó a tomar forma uno de los documentos estratégicos más interesantes del período: el plan elaborado por Bernardo O'Higgins en 1815.
Los documentos redactados por Bernardo O'Higgins en 1815 -conservados hoy en el Archivo Nacional de Chile junto con otras piezas de correspondencia y memorias políticas de la época- permiten observar con notable claridad cómo comenzó a tomar forma la estrategia que años más tarde se transformaría en la campaña libertadora. O'Higgins no era un observador distante. A lo largo de los años de la llamada "Patria Vieja" había ocupado responsabilidades políticas y militares de gran peso y eso le generó grandes diferencias con Miguel Carrera y sus hermanos y la total ruptura interna en lo político y militar.
Con el coronel José de San Martín era diferente. Ambos tenían conceptos similares sobre la "causa americana", y esto llevo a consolidar una amistad indisoluble entre ambos. Por solicitud del Padre de la Patria, el gobierno de las Provincias Unidas del Río de la Plata le reconoció cargo de brigadier y el mandatario de Cuyo en varias ocasiones, O'Higgins eje
rció como gobernador interino y también como comandante de armas, lo que le permitió conocer de primera mano las limitaciones militares del movimiento revolucionario chileno.
Esa experiencia práctica de gobierno y guerra explica en buena medida la lucidez de su diagnóstico. El patriota chileno comprendía que el problema que enfrentaban los revolucionarios no era simplemente recuperar el control del territorio perdido después de la derrota de Rancagua.
El verdadero obstáculo se encontraba mucho más al norte, en Lima. Mientras el virreinato del Perú continuara siendo el gran centro político, militar y financiero del poder en Sudamérica, cualquier intento de independencia en Chile estaría siempre expuesto a una restauración realista. Desde esa convicción comenzó a delinear una estrategia que rompía con la lógica militar que hasta entonces predominaba en el Río de la Plata. En lugar de insistir con campañas directas contra las fuerzas españolas en el Alto Perú, O'Higgins imaginaba un movimiento diferente: la guerra debía cambiar de escenario.
La idea era sencilla en su formulación, pero audaz en su alcance. El territorio cuyano ofrecía un espacio relativamente seguro desde donde reorganizar fuerzas patriotas. Desde allí podía prepararse una expedición capaz de atravesar la cordillera y recuperar Chile. Pero esa operación no debía ser vista como un objetivo final, sino como el primer paso de una empresa mayor. Una vez asegurado el territorio chileno y establecido un gobierno revolucionario estable, el país podía transformarse en la base de operaciones para proyectar la guerra hacia el Pacífico. El dominio del mar abriría entonces la posibilidad de atacar directamente el virreinato del Perú, verdadero centro del sistema colonial español en Sudamérica.
El razonamiento estratégico era notablemente claro: la cordillera debía cruzarse para abrir el camino hacia el Pacífico, y el Pacífico era la vía para llegar a Lima. Vista desde la perspectiva del tiempo, la idea anticipaba con sorprendente precisión la lógica que seguiría la campaña libertadora algunos años más tarde. Además, el valor histórico de estos documentos reside en otro aspecto importante: muestran que esa concepción estratégica estaba siendo elaborada en América, en medio de las derrotas y las discusiones políticas de la revolución, mucho antes de que se ejecutara militarmente. Este punto resulta especialmente relevante frente a algunas interpretaciones posteriores.

En las últimas décadas algunos autores han intentado explicar el origen del llamado Plan Continental recurriendo a una hipótesis diferente. El político e historiador Rodolfo Terragno, por ejemplo, sostuvo que José de San Martín habría conocido durante su estancia en 1811 en el Reino Unido el llamado plan Maitland, un proyecto elaborado en 1804 por el general escocés Thomas Maitland que contemplaba atacar el poder español en América a través de Chile y el Pacífico.
Según la interpretación de Terragno y posteriormente otros, que también se adhirieron a ella, el Libertador habría tomado aquella idea europea y la habría aplicado posteriormente en Sudamérica. Sin embargo, la existencia de proyectos como el elaborado por O'Higgins en 1815 -así como otros planes surgidos en el propio territorio rioplatense después de la caída de Chile, obliga a revisar esa hipótesis.
Estos documentos muestran que la lógica estratégica de la campaña libertadora estaba siendo pensada en América a partir del análisis concreto de la situación militar del continente. Lejos de ser una simple adaptación de un plan europeo, la estrategia que terminaría ejecutándose surgió del intercambio de ideas entre los propios protagonistas en Mendoza y Buenos Aires.
En ese sentido, la recuperación de estos papeles inéditos de O'Higgins adquiere un valor particular. Permite observar cómo, en medio del exilio y la derrota, algunos dirigentes revolucionarios comenzaron a imaginar una solución estratégica que años después cambiaría el rumbo de la guerra. El redescubrimiento y la valoración de estos documentos -poco citados en la narrativa tradicional- abre además una perspectiva novedosa sobre el origen del proyecto libertador.
Este descubrimiento no trata de disminuir la figura del General San Martín. Por el contrario, permite comprender mejor el contexto intelectual y político en el que su liderazgo pudo transformar aquellas ideas en una realidad militar.
Lo interesante es que esas ideas no circulaban en soledad. La región de Cuyo se había convertido, casi sin proponérselo, en un verdadero laboratorio político y militar de la revolución. Allí convivían exiliados chilenos, oficiales rioplatenses, comerciantes, funcionarios y hombres de ideas que discutían cómo continuar la guerra. Entre los nombres que aparecen en esa ambiente figura el del mendocino y gran amigo del Santo de la Espada, el licenciado Manuel Ignacio Molina.
Cabildante, empresario minero y licenciado en leyes, Molina (1758-1828) también elaboró un plan estratégico similar al Plan Continental. Sus planteos coincidían en un punto fundamental: mientras el virreinato del Perú siguiera siendo el gran bastión del poder español en América del Sur, cualquier independencia en el sur del continente sería precaria.
Sus ideas subrayaban la importancia geográfica de la cordillera y del litoral pacífico. Controlar Chile significaba abrir una puerta hacia el Pacífico, y desde ese espacio era posible proyectar operaciones militares contra Lima. En otras palabras, Molina llegaba por su propio camino a una conclusión muy similar a la de O'Higgins. Estas coincidencias revelan que varios revolucionarios estaban pensando la guerra en términos continentales.
Cuando el flamante coronel mayor José de San Martín llegó a Mendoza en 1814 su misión inmediata no era organizar el Ejército de los Andes y luego emprender la campaña continental. Su tarea era mucho más urgente: defender la región de Cuyo. Después de la derrota de Rancagua existía un temor real a que las tropas realistas intentaran cruzar la cordillera e invadir el territorio cuyano por los pasos principales.
El gobernador intendente de Cuyo debía reorganizar las milicias, asegurar la frontera andina y evitar que la guerra se trasladara hacia el interior del Río de la Plata. En esos momentos tan tensos se le sumaba otras situaciones a las Provincias Unidas. Desde la península ibérica había salido una expedición realista con unos 15.000 hombres. La misma fue enviada por el monarca Fernando VII -quien había sido devuelto al trono en 1814- y quería a toda costa aplastar la revolución en Buenos Aires, donde se dirigía esta ofensiva militar para recuperar sus territorios de ultramar de América.
Pero como si esto fuese poco, otros problemas aquejaban a esta incipiente nación: era la crisis política que existía en la política rioplatense y que afectaba el accionar militar en los frentes del Norte y Oeste. Divisiones internas, conjuras militares, intentos de golpes de Estado, todo eso era el panorama que se vivía en aquel momento en lo político y militar hasta mediados de 1815, donde se propuso dar un golpe de timón por parte de un grupo de militares y un reducido sector político, que propusieron convocar a la segunda Asamblea General Constituyente para marzo de 1816. Fue allí donde todo cambió.
La estrategia comenzó a adquirir una dimensión concreta en 1816 con la llegada al poder del director supremo Juan Martín de Pueyrredón (1777-1850). quien comprendió rápidamente la importancia del proyecto que estaba dando vueltas en Mendoza pero que había llegado a Buenos Aires desde tiempo atrás. A mediados de julio de 1816 mantuvo una reunión decisiva con San Martín en la ciudad de Córdoba. En ese encuentro ambos analizaron la situación militar del continente y discutieron la posibilidad de organizar una gran expedición hacia Chile. La conversación tuvo consecuencias inmediatas.
Pocos días después, el 1 de agosto de 1816, se creó formalmente el Ejército de los Andes y se nombró al coronel San Martín general en jefe del mismo. Por esa causa, el Libertador dejó el mando de gobernador Intendente de Cuyo y fue reemplazado por el brigadier de origen peruano, Toribio de Luzuriaga. Posteriormente, en octubre de ese año, San Martín fue nombrado Capitán General, el cargo más alto en el escalafón militar. Pero el proyecto no habría sido posible sin el respaldo político y material del gobierno central.
Desde Buenos Aires, Pueyrredón envió armas, dinero, uniformes, artillería, pólvora y todo tipo de recursos para sostener la organización de la nueva fuerza militar. El director Supremo se convirtió así en uno de los grandes promotores del plan libertador y, poco a poco, aquella idea estratégica comenzó a adquirir forma real gracias al pragmatismo militar del Capitán General Josè de San Martín.
Cuando finalmente el Ejército de los Andes inició el cruce de la cordillera en enero de 1817, muchas de las ideas formuladas años antes por O'Higgins comenzaban a concretarse. Más de cuatro mil hombres avanzaron por distintos pasos montañosos con una coordinación sorprendente para la época. La maniobra confundió a las fuerzas realistas y dispersó su defensa. El 12 de febrero de 1817, en la batalla de Chacabuco, las tropas patriotas derrotaron al ejército español y abrieron las puertas de Santiago. Chile volvía a manos de los revolucionarios.
Dos años después de aquel proyecto concebido en el exilio, la estrategia comenzaba a convertirse en realidad. La campaña no terminó allí. Una vez consolidado el gobierno patriota en Chile, el siguiente paso era dominar el Pacífico. La organización de la escuadra chilena permitió preparar la expedición libertadora que partiría hacia el Perú en 1820. La secuencia estratégica se cumplía con notable precisión: cordillera, Chile, mar... y finalmente Lima.
Reconocer el plan de O'Higgins de 1815 y el del licenciado Manuel Ignacio Molina, y el impulso político de Juan Martín de Pueyrredón no disminuye la figura del General José de San Martín. Por el contrario, permite comprender mejor la verdadera dimensión del proceso histórico. No se duda que él también aportó su gran experiencia militar en todo esto. Recordemos que era el mejor y más importante de todos en el territorio del Río de la Plata.
Las revoluciones rara vez nacen de una sola mente brillante. Son el resultado de debates, coincidencias, proyectos paralelos y líderes capaces de transformar esas ideas en hechos. O'Higgins imaginó el camino cuando Chile estaba derrotado. Molina reflexionó sobre el papel estratégico del Pacífico. Pueyrredón aportó el respaldo político y los recursos necesarios. El Capitán General San Martín, finalmente, organizó el ejército y ejecutó la brillante campaña que lo encumbró como el más grande de los militares de aquel tiempo.
Sin duda que el vencedor de los Andes, aportó todo su esfuerzo para convertir aquellas ideas en una de las operaciones militares más audaces de la historia americana. Mirada de ese modo, la independencia sudamericana revela algo fascinante: antes de las grandes batallas hubo algo igual de importante. Hubo ideas. Y entre esas ideas, la que chileno Bernardo O'Higgins y el mendocino Manuel Ignacio Molina formularon en 1815, ocupa un lugar que la historia recién comienza a valorar en toda su dimensión.