Mendoza atraviesa un momento histórico de definiciones. El debate sobre el nuevo desarrollo productivo minero ha vuelto a poner en la calle un eslogan que, a fuerza de repetición, se ha convertido en un dogma inexpugnable: "El agua de Mendoza no se negocia".
Sin embargo, basta con observar las góndolas de cualquier supermercado para encontrar una contradicción de proporciones monumentales, el agua embotellada y con etiquetas de marcas multinacionales.
La etiqueta de la contradicción
El caso de Villavicencio, Eco de los Andes y otras empresas que envasan agua en Mnedoza son el ejemplo más gráfico de esta farsa discursiva: mientras se dice que el agua no debe entrar en el circuito industrial, la realidad es que el agua de nuestras vertientes ya es un negocio consolidado, privado y de exportación.
Por ejemplo, Villavicencio, propiedad del gigante francés Danone, extrae y comercializa el recurso hídrico de la Reserva Natural homónima.
Aquí reside la primera gran incoherencia: aceptamos que una multinacional lucre con el agua para consumo, pero demonizamos que la industria minera utilice una fracción mínima de ese mismo recurso para generar empleo y desarrollo.
Hay que decir que no se conoce ninguna denuncia por contaminación ambiental por parte de estas industrias que están muy arraigadas al queahecer mendocino.
El cliché frente a la realidad productiva
El eslogan "no se negocia" bloquea el pensamiento crítico: los proyectos mineros demandan caudales que representan apenas milésimas del volumen total (aprox. 0,27%), mientras que el derroche urbano y la falta de tecnificación desperdician volúmenes infinitamente superiores.
La indignación parece ser selectiva: el agua se puede negociar para llenar botellas de plástico, pero no para desarrollar una industria que es base de la transición energética mundial.
Un inconsciente colectivo nublado
Existe un fenómeno cultural curioso: la sociedad prefiere el estancamiento antes que el desafío del desarrollo controlado, pagando por agua mineral extraída de su propia tierra por temor a una contaminación que a menudo carece de rigor científico.
La verdadera negociación que Mendoza debe darse es sobre la gestión eficiente, entendiendo que negociar el agua es, en realidad, lo que hacemos todos los días cuando compramos una botella de agua mineral.
En conclusión, es hora de madurar el debate: el desarrollo minero responsable no viene a "quitar" el agua, sino a integrarse a una matriz productiva que necesita dejar de vivir de eslóganes y empezar a vivir de realidades.