La otra cara de soltar

Soltar a toda costa: ¿estamos creando una generación incapaz de sostener?

La obsesión por soltar se ha vuelto un mantra del bienestar exprés. Sin embargo, esa aparente receta de liberación emocional podría estarnos haciendo incapaces de sostener nada en la vida.

Por Ciudadano.News

Quizá esta fiebre por dejar ir nos esté volviendo incapaces de sostener nada, ni siquiera el dolor que nos ayuda a crecer.

Últimamente pareciera que todo se resuelve con una palabra: soltar. Las redes sociales (de Instagram a TikTok), las tazas de café, los cojines decorativos e incluso pizarras en bares repiten como mantra frases estilo "deja ir", "fluye" o "no te aferres".  Pero entre tanto flow emocional de moda, estamos olvidando algo esencial: no todo lo que duele debe soltarse ni todo peso está de sobra. Quizá esta fiebre por dejar ir nos esté volviendo incapaces de sostener nada, ni siquiera el dolor que nos ayuda a crecer o una mala racha, y mucho menos un compromiso.

 "La obsesión por 'soltar' nos está volviendo incapaces de sostener nada - ni el dolor que nos ayuda a crecer, ni una mala racha, ni un compromiso", alertan los psicólogos, advirtiendo del costo oculto de esta tendencia emocional.

En el fondo, la popular idea occidental de soltar poco tiene que ver con el verdadero desapego budista. Lo que nació como un principio espiritual para aliviar el sufrimiento se ha convertido en muchos casos en una coartada para no sentir demasiado, no pensar demasiado, no comprometerse demasiado - en suma, para no vivir plenamente aquello que incomoda.

La moda de 'soltar': huida emocional en vez de desapego

Pocas ideas se han malinterpretado tanto como la de 'dejar ir'. En el budismo original, el desapego se propone como antídoto al sufrimiento sólo cuando el apego se torna insano, cuando nos aferramos al control y no aceptamos que las circunstancias cambian. 

No es el apego en sí lo que nos daña, sino la incapacidad de asumir los cambios inevitables de la vida y adaptarnos a ellos. 

En cambio, la versión fast food occidental del desapego se ha tergiversado en otra cosa: una elegante excusa para no implicarnos demasiado o salir huyendo en cuanto algo se complica. El discurso moderno de "soltar y fluir" ha sido absorbido por la cultura de la inmediatez y del bienestar instantáneo. Así, hemos terminado confundiendo el sano dejar ir con una fuga emocional ante cualquier dificultad.

Esa filosofía de soltar a la mínima también ha contagiado nuestras relaciones. El sociólogo Zygmunt Bauman acuñó el término modernidad líquida para describir una sociedad donde todo es transitorio, los empleos, las identidades y, sobre todo, los vínculos afectivos. En estas relaciones líquidas ya no se busca tanto construir algo a largo plazo, sino experimentar momentos placenteros. 

Lo importante es que todo 'fluya'; y si deja de fluir, se corta de raíz y pasamos a la siguiente persona. Consecuencia: desarrollamos una tolerancia bajísima a la frustración afectiva. Si el otro no cumple nuestras expectativas de inmediato, en vez de intentar reparar el vínculo, lo soltamos. Al fin y al cabo, es más cómodo cambiar de pareja que afrontar un conflicto. 

Pero esa lógica acaba por convertir las relaciones en productos desechables: las consumimos, no las cultivamos. En palabras simples, usamos a las personas y luego las tiramos, perdiendo la oportunidad de profundizar y crecer juntos.

La cultura del bienestar instantáneo y el miedo a sostener lo incómodo

Detrás del imperativo de 'soltar lo que duele' también existe un poderoso mercado. El bienestar emocional hoy es una industria multimillonaria repleta de apps de meditación con notificaciones de calma inmediata, retiros "espirituales" de fin de semana, coaching motivacional y frases inspiradoras impresas en cualquier producto imaginable. 

Todo diseñado para invitarnos a aliviar el malestar sin atravesarlo realmente. Se nos vende la idea de que podemos dar skip a las emociones negativas con solo un clic, un compra o un mantra, eliminando el dolor en tiempo récord.

Sin embargo, el verdadero bienestar no consiste en eliminar lo 'malo', sino en integrar todas las emociones que sentimos. Diversos estudios en psicología respaldan esta idea: las personas capaces de experimentar una amplia gama de sentimientos -positivos y negativos- tienden a tener mejor salud mental y mayor satisfacción con sus vidas. Por el contrario, reprimir o evitar sistemáticamente las emociones incómodas se ha asociado con niveles más altos de ansiedad y una sensación crónica de vacío. En otras palabras, huir del dolor puede resultar en que este nos persiga por otros medios.

Paradójicamente, al obsesionarnos con soltar cualquier atisbo de dolor, terminamos prolongándolo. Aquello que se evita no se resuelve; más bien se queda dando vueltas en la sombra, esperando el momento de volver a salir a la superficie. 

Es como barrer la tristeza bajo la alfombra: puede que no la veamos por un tiempo, pero sigue ahí. Y es que ciertos procesos difíciles existen precisamente para ser vividos, no descartados en cuanto molestan, como si fuesen una china en el zapato. En esa diferencia sutil -entre atravesar el dolor o simplemente evadirlo- radica buena parte de nuestra madurez emocional.

Madurar en la incomodidad: por qué sostener el dolor nos ayuda a crecer

La capacidad de sostener situaciones difíciles -sin anestesiarlas ni eliminarlas apresuradamente- es uno de los pilares de la resiliencia. El psiquiatra Viktor Frankl explicaba que el sufrimiento puede convertirse en una vía de transformación, siempre que lo enfrentemos con un propósito. En vez de verlo como un enemigo a erradicar, Frankl descubrió que dotar de sentido al dolor permite trascenderlo y crecer a partir de él.

 Sin embargo, el mensaje dominante de "déjalo ir" nos empuja justo en la dirección contraria: eliminar cualquier malestar antes de comprenderlo. En nombre de un supuesto bienestar, corremos el riesgo de criar una generación emocionalmente impaciente e inmadura. Personas que confunden la serenidad con la indiferencia, y la libertad con la desconexión. Jóvenes (y no tan jóvenes) que ante el mínimo atisbo de ansiedad o tristeza, prefieren cancelar, renunciar o distraerse, antes que quedarse a procesar lo que sienten.

Atravesar lo que nos ocurre no significa quedarse anclado indefinidamente en el dolor o la incomodidad, sino permitirse vivirlo plenamente sin negarlo ni esconderlo. Implica comprender que el malestar también tiene su ciclo natural, y que la única forma de salir de él es pasando por el centro, es decir, atravesándolo por completo. 

No se trata de luchar contra nuestras emociones como si fueran un enemigo a vencer, sino de aprender a convivir con ellas y escucharlas. No se trata de 'soltar' el dolor a la primera, sino de darle un lugar en nuestra experiencia; dejarlo existir el tiempo necesario mientras nos recomponemos y sanamos. En resumen, el problema no es querer soltar, sino hacerlo a destiempo, demasiado pronto, sin haber aprendido lo que ese dolor venía a enseñarnos.

Madurar emocionalmente requiere aprender a sostener una emoción incómoda sin dejarnos arrastrar por ella, pero tampoco sin intentar expulsarla de inmediato a toda costa. Esa capacidad de sostener algo, ya sea un proyecto, una relación o un duelo, exige permanecer presentes aunque duela durante un tiempo. 

Por supuesto, no se trata de acumular sufrimiento inútilmente ni de convertir la vida en un martirio masoquista. Se trata, más bien, de recuperar la fortaleza para atravesar lo que duele sin rendirnos ante el deseo urgente de eliminar de un plumazo todo lo molesto. 

Al final del día, la madurez emocional no se mide solo por cuántas cosas eres capaz de soltar, sino por cuántas sabes sostener sin perderte en el intento.