Tamy, el único elefante asiático que permanecía en el Ecoparque de Mendoza, murió en la mañana de este martes 24 de junio a los 55 años. El paquidermo vivió durante más de cuatro décadas en condiciones de cautiverio y aunque había iniciado su preparación para ser trasladado a un santuario en Brasil, diversas complicaciones administrativas y sanitarias demoraron su partida.
Según los primeros informes oficiales, la causa de muerte estaría vinculada a su edad avanzada, ya que los elefantes de esa edad son considerados gerontes. El resultado definitivo se conocerá tras la necropsia correspondiente.
Durante sus últimos años, Tamy recibió monitoreo permanente, atención veterinaria especializada y un tratamiento basado en entrenamiento positivo. El reconocido experto en elefantes Ingo Schmidinger, quien ha trabajado más de 25 años con paquidermos en cautiverio, formó parte del equipo que lo asistió.
Una historia marcada por el cautiverio
Tamy nació en 1970 en cautiverio y llegó a Mendoza en 1984, tras una vida inicial en el circo Los Hermanos Gasca. Su arribo a la provincia se produjo cuando la compañía intentó cruzar hacia Chile, pero no logró obtener el permiso necesario para trasladar al animal. Como resultado, lo dejaron en Mendoza como "donación" al entonces Zoológico.
Apenas llegó, protagonizó una breve fuga: durante sus primeras horas en el predio, aprovechó un descuido y escapó. Fue recapturado ese mismo día y desde entonces permaneció en las instalaciones.
Con el proceso de transformación del zoológico en Ecoparque, se inició un plan de reconversión impulsado por la Dirección de Biodiversidad y Ecoparque de Mendoza, la Fundación Franz Weber y el Santuario de Elefantes de Brasil. El proyecto incluyó mejoras en su hábitat, atención médica continua y un programa de entrenamiento para facilitar su adaptación futura al nuevo entorno.
La meta era el traslado de Tamy al Santuario de Elefantes ubicado en Chapada dos Guimarães, estado de Mato Grosso, Brasil, el mismo sitio donde fueron trasladadas Pocha y Guillermina, su hija y su pareja, respectivamente. En su caso, el recinto que lo aguardaba sería exclusivo, dado que en el santuario no residen otros machos.
Sin embargo, aunque se habían cumplido con todos los requisitos administrativos y sanitarios, el deterioro progresivo de su salud y demoras burocráticas impidieron concretar el viaje.
Hoy, su muerte pone fin a una vida compleja, marcada por la soledad y la espera. El elefante que nunca logró pisar tierra brasileña se convirtió en un símbolo para Mendoza, y su historia resuena como recordatorio de todo lo que aún queda por hacer en materia de protección animal.