Psicología

¿Pensamos distinto con IA? Lenguaje en riesgo

La expansión de la IA abre un debate urgente sobre cómo influye en nuestra manera de pensar, escribir y crear. Investigadoras analizan posibles cambios en el lenguaje y en la actividad cerebral.

Por Ciudadano.News

Creatividad vs. algoritmos. — -

Los asistentes de escritura automática llegaron para quedarse. En apenas tres años, herramientas como ChatGPT se colaron en mails, informes, trabajos académicos y hasta en exámenes. El fenómeno es tan masivo que un nuevo interrogante se abrió paso entre especialistas en lenguaje y neurociencia: ¿estamos delegando tanto en estas plataformas que nuestro propio pensamiento empieza a perder filo?
Investigaciones recientes insinúan que el lenguaje humano comienza a mostrar una cierta uniformidad, una especie de "entonación robótica" que antes no existía.

Para muchos lingüistas, estamos transitando un momento bisagra. Hasta hace poco, el contraste era claro: el lenguaje humano, con su carga emocional, su ironía y sus ambigüedades, se distinguía del lenguaje animal. Ahora, al mapa se suma un tercer actor: el lenguaje artificial, carente de intención, matices y experiencia vivida. Y su presencia masiva obliga a revisar nuestras categorías.

Un estudio de la Universidad Complutense de Madrid —difundido por la prensa española— analizó los patrones de escritura de ChatGPT y detectó un estilo predecible: frases cortas, construcciones simples y una estructura rígida de sujeto-verbo-predicado. El punto crítico es que estos modelos ya se entrenan también con textos elaborados por humanos... que a su vez usan IA. Resultado: un círculo que amplifica ese tono neutro y despersonalizado.

¿Qué le pasa al cerebro cuando dejamos de pensar para que la máquina piense por nosotros?

Especialistas en neurología, psiconeurología y lingüística para entender qué podría ocurrir cuando dejamos de escribir de manera activa. Aunque todavía no hay conclusiones definitivas, sí existe un conjunto de hipótesis que coinciden en una advertencia: si nos limitamos a copiar lo que produce la IA, ciertas conexiones neuronales podrían debilitarse.

La explicación es sencilla: el cerebro crea y consolida circuitos cuando participa activamente del proceso de escribir. Si ese ejercicio se reduce, también lo hace el esfuerzo creativo. La originalidad —dicen las expertas— no se pierde por culpa de la IA, sino porque dejamos de practicarla. Usada como herramienta complementaria, la inteligencia artificial puede potenciar el pensamiento. Usada en modo automático, lo empobrece.

Plasticidad y cognición: cómo se adapta el cerebro a esta nueva etapa

Fátima González Palau, doctora en Neuropsicología y directora del Instituto de Neurociencias y Bienestar de la Universidad Siglo 21, recuerda que cada tecnología modifica nuestra forma de pensar. Y eso es posible gracias a la plasticidad cerebral.
Advierte que escribir "a mano" —o incluso redactar desde cero— involucra múltiples funciones: desde la memoria y la atención hasta la imaginación y la planificación. Cuando la IA interviene, esas áreas pueden activarse menos... a menos que la persona participe activamente en revisar, seleccionar, corregir o transformar lo que la herramienta propone.

La neuróloga María de la Paz Scribano coincide y agrega un matiz que preocupa: al trabajar sobre patrones estadísticos —no sobre experiencias humanas—, los modelos de IA tienden a generar textos homogéneos. Si esa forma de escribir se vuelve predominante, podría cambiar no sólo el estilo, sino la cultura expresiva.

Scribano lo explica con un mecanismo conocido en neurociencia: el cerebro aprende ajustando sus modelos internos a través del ensayo, el error y la corrección. Cuando otro agente piensa por nosotros, ese ciclo se achica. No se trata de "atrofia", aclara, sino de una simplificación cognitiva: menos elaboración propia, menos consolidación interna, menos construcción de un modelo mental singular.

Tanto González Palau como Scribano coinciden en otro concepto clave: la cognición extendida. Si usamos la inteligencia artificial como aliada —no como sustituta— puede convertirse en un dispositivo de ampliación cognitiva. En ese escenario, el cerebro ya no escribe cada palabra, pero sí evalúa, decide, corrige, contrasta. Es decir: activa procesos superiores.

El riesgo del sedentarismo mental

La pregunta que incomoda es otra: ¿qué ocurre cuando copiamos sin pensar?
Según González Palau, lo que no se usa se debilita. Los circuitos que intervienen en la escritura autónoma podrían perder fuerza si el hábito de producir texto se abandona por completo.

Scribano lo grafica con un ejemplo conocido en educación: la lectura profunda alimenta la memoria semántica, esa especie de gran biblioteca interna desde la cual se construyen las ideas nuevas. Si sólo reproducimos lo que otros escriben —máquinas incluidas—, esa biblioteca no se expande ni se reorganiza. Y sin ese movimiento, la creatividad se vuelve menos probable.

Ambas expertas coinciden en que el desafío no es rechazar la IA, sino evitar un uso pasivo que nos convierta en espectadores. Como un músculo, el cerebro necesita esfuerzo, tareas que exijan, actividades que incomoden un poco para seguir creciendo.

¿La IA nos vuelve mediocres?

La respuesta, por ahora, es matizada. Scribano señala que los estudios realizados con universitarios muestran un dato interesante: usar ChatGPT no reduce la creatividad por sí mismo. Incluso puede mejorarla cuando se lo utiliza como guía para estructurar ideas. El problema aparece con los adolescentes: allí sí se observa, en algunos casos, una reducción del pensamiento crítico cuando el uso es excesivamente pasivo.

La conclusión es clara: no es la herramienta lo que empobrece, sino la forma en que la usamos.

La IA puede agilizar tareas, organizar ideas y ampliar el horizonte de posibilidades. Pero la capacidad de vincular experiencias, encontrar matices y crear sentido sigue estando en manos humanas. Y, al menos por ahora, ningún algoritmo puede reemplazar ese gesto íntimo: pensar.

Un aspecto aún poco explorado es el impacto educativo que podría tener esta transición lingüística. Docentes de distintos niveles advierten que, en las aulas, comienza a verse una generación que no sólo escribe menos, sino que también tolera peor la frustración cognitiva, ese instante en el que una idea no fluye y es necesario insistir, revisar o pensar alternativas. 

La inmediatez que ofrecen las IA —capaces de entregar una respuesta en segundos— podría reducir la paciencia intelectual de los estudiantes y afectar la capacidad de resolver problemas complejos, donde lo que importa no es la velocidad, sino la profundidad del razonamiento.