Después de más de dos décadas de construcción, retrasos y una inversión que supera los mil millones de dólares, el Gran Museo Egipcio (GEM) finalmente abrió sus puertas de manera oficial el pasado 1 de noviembre de 2025 en El Cairo. Aunque deslumbra con los tesoros de Tutankamón y su escala faraónica, las piezas más icónicas de la civilización egipcia siguen exhibidas a miles de kilómetros, en Londres, París y Berlín.
El museo está ubicado a poco más de un kilómetro de las pirámides de Giza, este coloso arquitectónico de 450.000 m² se erige como un tributo monumental a la historia de una de las civilizaciones más fascinantes del mundo. Su diseño posmoderno, que evoca un barco encallado en el desierto con motivos piramidales en su fachada, alberga más de 100.000 objetos históricos.
Entre sus joyas más preciadas se encuentran la colosal estatua de Ramsés II, las antiguas barcas solares de Keops y, por primera vez reunidos en un mismo lugar, los 5.000 tesoros de la tumba del faraón Tutankamón. Sin embargo, a pesar de su magnificencia, el GEM nace con ausencias notables que cuentan otra parte de la historia: la del expolio colonial y las disputas diplomáticas por el patrimonio cultural.
Las joyas que faltan en la corona
Muchas piezas clave del Antiguo Egipto permanecen en museos extranjeros, lejos de su tierra natal, debido a saqueos, contrabando o antiguos sistemas de reparto colonial ya abolidos. Una de las ausencias más significativas es la Piedra de Rosetta, clave para descifrar los jeroglíficos, que permanece en el Museo Británico de Londres desde 1802 tras ser tomada por tropas inglesas a los franceses.
Otra pieza invaluable que no se verá en El Cairo es el icónico Busto de Nefertiti, actualmente en el Neues Museum de Berlín. Descubierto en 1912 por un arqueólogo alemán que habría minimizado su valor para sacarlo del país, Egipto reclama su devolución desde hace casi un siglo.
Francia también conserva tesoros como el Zodíaco de Dendera en el Louvre, un mapa celeste de 2.4 metros arrancado con explosivos de un templo, y el Obelisco de Luxor en la Plaza de la Concordia, regalado a París en el siglo XIX.
Estas ausencias resuenan en las salas del GEM, recordando que, aunque es el museo arqueológico más grande del mundo dedicado a una sola civilización, la historia completa de Egipto aún está dispersa por el globo, avivando el debate sobre la repatriación de un patrimonio que muchos consideran debería volver a casa.
La inauguración del GEM marca un hito histórico para Egipto y el mundo, pero también mantiene viva la conversación global sobre la propiedad cultural y la necesidad de restituir los tesoros a sus lugares de origen.