Donde hoy cargan combustible cientos de autos en Guaymallén, antes se gestaba la identidad musical de Cuyo. La casa de Hilario Cuadros, el "embajador" que impuso la tonada, la cueca y valses mendocinos en una Buenos Aires dominada por el tango, fue demolida por una insólita razón: el miedo.
Tras la muerte del artista, los propietarios derribaron la estructura de adobe ante el temor de una expropiación estatal para fines culturales. A pesar de ser su musa inspiradora, hoy solo una solitaria palmera sobrevive como testigo de aquel patio histórico. Este vacío resalta la fragilidad de nuestra memoria frente al avance urbano.