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Estrés, tristeza y antojos: cómo las emociones dominan tu alimentación

Nuestra relación con la comida está profundamente influida por las emociones. Una especialista en Psicología analiza cómo este vínculo afecta el bienestar diario.

Fernando García

Por Fernando García

2 Mayo de 2025 - 14:55

Imagen ilustrativa.
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2 Mayo de 2025 / Ciudadano News / Sociedad

En una sociedad marcada por el estrés y el frenesí cotidiano, no solo el cuerpo busca alivio: también lo hace la mente. Y en ese puente entre lo emocional y lo físico, la comida suele ser uno de los refugios más comunes. Así lo explicó la Lic. Beatriz Goldberg, psicóloga y escritora, en una entrevista con El Interactivo (lunes a viernes, de 12 a 14, por FM 91.7 y Ciudadano_News en Twitch) y que estuvo centrada en el rol de las emociones en la conducta alimentaria.

"Vivimos en una sociedad alterada, con las emociones a flor de piel, y eso repercute directamente en lo que comemos", advirtió Goldberg. Para la especialista, el intestino actúa como "un segundo cerebro" que reacciona a estados emocionales, muchas veces con lo que se conoce como "hambre emocional". A diferencia del hambre fisiológica, esta no nace del vacío en el estómago, sino de un vacío afectivo o anímico.

"No es que no hayamos comido —explicó—. Puede pasar que después de una fiesta, alguien siga comiendo aunque esté lleno. O que frente a una tristeza, ansiedad o incluso euforia, aparezca esa compulsión de buscar algo para llevarse a la boca". En algunas personas la emoción cierra el apetito; en muchas otras, lo despierta.

La psicóloga señaló que cada estado emocional puede disparar una respuesta diferente. "La tristeza, la angustia, la preocupación... todo influye en cómo seleccionamos la comida. A veces comemos sin registrar qué comemos. Es como si ese alimento no hubiera pasado por la conciencia", observó.

La búsqueda de placer instantáneo, aunque momentáneo, forma parte de un patrón que Goldberg asocia a otros tipos de compulsión: "Esos segunditos de placer por un atracón se parecen a una compra compulsiva o al uso del alcohol. Después queda esa sensación de '¿para qué lo hice?'". Y con eso, el círculo vicioso vuelve a empezar.

En su último libro Nunca es tarde, Goldberg incluye entre los cambios vitales a considerar el vínculo con la comida. "Desde bebés asociamos el alimento con contención y calma. Es un resabio infantil que permanece toda la vida. Muchas veces los adultos repiten esos patrones con sus hijos: si se portan bien, el premio es dulce; si se portan mal, no hay postre. Así se refuerza la relación entre comida y afecto, entre premio y castigo".

Los alimentos que se consumen durante episodios de hambre emocional no suelen ser saludables. "Cuando hay ansiedad, buscamos lo dulce, lo cremoso, lo rico. Nadie se tira a un puré de batata cuando está angustiado, sino a un chocolate o un pochoclo. Y aunque hoy la cultura saludable está en auge, ese patrón emocional sigue estando muy presente", explicó.

La relación entre comida y redes sociales también salió a la luz. Goldberg trazó un paralelismo entre el scroll infinito de TikTok y el acto de comer sin hambre: "La dopamina que se libera al ver videos cortos o recibir notificaciones es la misma que buscamos con un bocado rápido, sin pensar. Esa inmediatez se volvió una forma de vida: comemos parados, picoteamos mientras vemos una serie, sin siquiera registrar qué ingerimos".

Además, alertó sobre los efectos del estrés crónico. "Vivimos con el cortisol alto. Nos preocupamos por lo que ya pasó o por lo que podría pasar, pero no estamos en el presente. Esa ansiedad nos lleva a comer sin hambre real, solo por necesidad de calmar algo interno".

Finalmente, Goldberg hizo hincapié en la necesidad de educar desde el ejemplo. "No podemos pedirle a un niño que coma lechuga si nos ve a nosotros comiendo una torta enorme de chocolate. Hay que reaprender a alimentarse y también a habitar las emociones sin anestesiarlas con comida".

Repasá la entrevista completa:

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