"Hoy en día muchas parejas discuten más por lo que ocurre en las redes que por lo que ocurre en la vida real", señaló Jacqueline Orellana Rosenberg, psicóloga y psicoanalista en diálogo con El Interactivo (lunes a viernes, de 12 a 14, por FM 91.7 y Ciudadano_Newsen Twitch).
Dicha afirmación no es solo una observación clínica: es el reflejo de una época donde lo digital se volvió inseparable de lo íntimo. En un escenario donde cada gesto virtual tiene impacto directo en la vida emocional, los llamados microengaños digitales —un like, un comentario, una mirada codificada en una historia de Instagram— reavivan una vieja pregunta: ¿dónde empieza la infidelidad?
El deseo y la falta: viejos fantasmas en nuevos formatos
"Desde que el hombre es hombre, la infidelidad existe", afirmó Orellana. Y lo que hoy llamamos microengaños digitales no son más que nuevas expresiones de una problemática antigua. Para la especialista, las redes sociales no crearon la infidelidad, pero sí ofrecieron un nuevo escenario donde el deseo, la falta, la fantasía y la necesidad de ser visto se ponen en juego constantemente.
"El deseo no siempre es corporal, también es fantasmático", explica. En ese sentido, cada quien arrastra un "escenario interno" donde conviven fantasías, temores, inseguridades y deseos reprimidos. "Ese mundo interno está presente aunque no seamos conscientes de él, y las redes lo amplifican", sostiene.
Narcisismo 2.0: cuando los likes alimentan el ego
Otro de los ejes centrales del fenómeno digital es el narcisismo. Para Orellana, las redes sociales operan como una vitrina donde cada persona expone su "ideal del yo": el cuerpo retocado, la vida feliz, los logros personales. "El like no es inocente. Me gusta gustar, me gusta ser visto. El narcisismo se potencia mucho más con la presencia de las redes que sin ellas".
Citando a Lacan, recuerda que "el deseo es estructuralmente insatisfecho". En ese sentido, las plataformas parecen ofrecer una satisfacción inmediata y superficial a ese deseo permanente, aunque de manera contraproducente: "nos terminamos creyendo esa idea distorsionada de nosotros mismos", advirtió.
¿Y si el like es delante mío?
Pero la pregunta vuelve: ¿qué pasa cuando esa exposición constante al deseo se vive en una relación? ¿Dónde se traza el límite entre lo aceptable y lo que se vive como traición? Orellana propone una analogía clara: "El like es como cuando vamos juntos por la calle y te das vuelta a mirar a alguien. Si eso molesta en el mundo físico, ¿por qué no habría de molestar en el virtual?".
Según ella, lo importante es construir acuerdos. "Los contratos actuales entre parejas deben incluir lo digital. Si seguimos a alguien en común y esa persona sube fotos provocativas, y a mí me genera inseguridad que le des like, ¿por qué no lo podemos hablar?".
Para la especialista, la tecnología no crea problemas de pareja, pero sí los amplifica. "Si tu pareja es posesiva en la vida real, también lo será en el mundo virtual. La virtualidad simplemente ofrece herramientas para exacerbar conductas preexistentes: más acceso, más control, más exposición, más inseguridad".
No se trata, aclara, de patologizar cualquier planteo. "No todo lo que molesta es tóxico. Si algo me genera inseguridad o malestar, lo puedo decir. El otro es distinto a mí y es normal que algo no me guste". La clave está en cómo se plantean los límites y en qué momento.
¿Y los jóvenes?
En contraste con el desconcierto de los adultos, Orellana observa que los jóvenes tienen más claro el territorio que pisan. "Para ellos, lo virtual es la realidad. Son nativos digitales. Tienen más en claro qué quieren, qué no quieren y lo expresan con mayor naturalidad. Sus vínculos ya incluyen estos códigos".
Microengaños, contratos y redefinición de lo íntimo
La entrevista con Jacqueline Orellana Rosenberg deja claro que estamos frente a un cambio profundo en la forma de vincularnos. Lo digital no es un "afuera" de la relación, sino una extensión más del mundo afectivo, donde las reglas de juego deben ser repensadas.
La pregunta sobre si un like puede ser infidelidad no tiene una única respuesta. Pero lo que sí queda claro es que el contrato afectivo, en tiempos de pantallas, requiere nuevos acuerdos, más consciencia y, sobre todo, la voluntad de revisar qué deseamos, qué tememos y cómo nos vinculamos en esta nueva era del amor hiperconectado.