El clima en el Edificio Libertador está marcado por una exigencia inédita. El General Carlos Presti asume con una presión que no tuvieron sus antecesores: el mandato no es reconstruir desde cero, sino superar la buena gestión de Luis Petri. El ministro ha logrado imponer una dinámica que sacó a las Fuerzas Armadas del letargo, estableciendo un estándar de ejecución y resultados una vara alta que obliga a la nueva cúpula militar a demostrar capacidad de gestión inmediata para no retroceder en el camino trazado.
Esta "vara alta" no es un concepto abstracto, se cimenta en hechos concretos de reequipamiento y operatividad. La gestión actual deja como legado la histórica adquisición de los cazas F-16, una maniobra clave que permite a la Argentina recuperar su capacidad supersónica tras décadas de indefensión aérea. A esto se suma la incorporación de los vehículos blindados de combate 8x8 Stryker para modernizar al Ejército y, fundamentalmente, la puesta en funcionamiento real de la Armada Argentina, que ha vuelto a realizar prácticas y ejercicios en el mar tras mucho tiempo de inactividad. Además, deja encaminada una negociación avanzada para la compra de submarinos, vital para el control del Atlántico Sur.
El desafío de Presti es tomar este impulso de modernización material (aviones, barcos y blindados) y convertirlo en una doctrina permanente para que Argentina deje de ser, definitivamente, un actor "poco confiable" en el escenario global.
