En la mañana del 25 de enero de 1997, el cuerpo esposado y calcinado de José Luis Cabezas apareció dentro de un Ford Fiesta en una cava de Pinamar. Lo que inicialmente parecía un hecho policial más, pronto se reveló como el mayor atentado contra la libertad de prensa desde el regreso de la democracia en Argentina. El reportero gráfico de la revista Noticias, de 35 años, había firmado su sentencia de muerte meses antes al lograr lo que parecía imposible: fotografiar al hermético empresario Alfredo Yabrán.
La foto que desafió al poder y el pacto de impunidad
Pinamar era el epicentro del poder político y empresarial de los años 90. Allí, Cabezas cruzó la línea que el poder oculto había trazado, poniendo rostro a uno de los hombres más influyentes y oscuros del país. La publicación de esa imagen fue tomada por la mafia como una ofensa directa.
La noche de su asesinato, tras salir de una fiesta, Cabezas fue secuestrado por una banda integrada por policías bonaerenses y delincuentes comunes, los llamados "Horneros". La investigación demostró que el crimen fue planificado y ejecutado para infundir terror, con Gregorio Ríos, jefe de seguridad de Yabrán, actuando como instigador directo.
El cerco judicial se cerró sobre Yabrán, quien, acorralado y con pedido de captura, se suicidó en mayo de 1998 en una estancia de Entre Ríos, llevándose consigo gran parte de la verdad.
En 2002, la Justicia dictó prisión perpetua para los responsables. Sin embargo, las reducciones de pena y libertades condicionales que beneficiaron a los condenados en años posteriores reavivaron la indignación social. Hoy, a casi tres décadas del crimen, el grito de "No se olviden de Cabezas" permanece como una advertencia vital frente a cualquier amenaza al periodismo.