Toma fuerza la versión de una renuncia "inmediata" de García Mansilla a la Corte
El rechazo del Senado al mecanismo ilegal de designar cortesanos por decreto (lo intentó Macri, lo intentó Milei), dejó al académico en el peor de los mundos.
El intento de hacer pasar de largo al Senado de la Nación, designar dos jueces de la Corte por decreto y no detenerse a pensar un segundo en lo legal y lo ilegal de la maniobra, terminó en un duro golpe al Gobierno nacional.
El Senado, de manera contundente y con votos transversales, rechazó las propuestas del Ejecutivo para que el juez federal Ariel Lijo y el académico de la Universidad Austral y miembro del Opus Dei, Manuel García Mansilla, integraran el máximo tribunal del país.
Pero, sin dudas, el más perjudicado por toda esta novela es García Mansilla. Hasta hace un mes, su pliego generaba cierta simpatía entre sectores dialoguistas. Pero su decisión de aceptar la designación por decreto y jurar sin esperar el acuerdo del Senado fue interpretada como una traición. "Nos mintió en la audiencia", repetían en el peronismo, recordando que, en agosto, ante una pregunta directa, había dicho que no aceptaría una designación en comisión por decreto. A los 5 meses no sólo aceptó la designación, sino que juró como ministro de la Corte y hasta se sacó una foto como parte del tribunal.
Manuel García Mansilla, jurando como miembro de la Corte en febrero.
En el radicalismo también lo desautorizaron. Su permanencia en la Corte, para muchos, ya no es legítima. Él insiste en quedarse. Pero si lo hace, deberá lidiar con el riesgo de un proceso de destitución. Además, hoy corre una cautelar que le impide firmar cualquier acción como cortesano.El caso es delirante, e inédito, más teniendo en cuenta los supuestos antecedentes "académicos" del postulado.
Ahora toma fuerza la posibilidad de que García Mansilla renuncie de manera "inmediata", más allá de lo que dijo, que más allá de la decisión de Senado, se quedaría en la Corte hasta noviembre, plazo que fija el decreto de Javier Milei. La palabra de García Mansilla no genera respecto, precisamente.
Algunos, en la Corte y en el Gobierno, lo ven probable: no por presión política, sino por coherencia doctrinaria. Es un constitucionalista, y sabe que está ocupando un cargo que la carta magna le asigna al Senado.
¿Y qué pasa con Lijo?
Ariel Lijo, en cambio, vuelve a su hábitat. No renunció nunca, no juró, y su regreso al Juzgado Federal N°4 es más una continuidad que una retirada. Eso no evita, sin embargo, que su postulación haya sido un fracaso rotundo. Lo que pudo ser su salto a la cima del Poder Judicial se volvió una escena incómoda: un juez que pidió licencia, que se la denegaron, que recibió un pliego rechazado y que ahora vuelve al llano como si nada.
En la Casa Rosada no se habla de avanzar con una nueva terna, ni de insistir con un acuerdo relámpago, sino de dejar que el tiempo haga su trabajo. Mientras García Mansilla se aferra a su cargo con una legitimidad pulverizada y Lijo recompone su lugar en Comodoro Py, el Gobierno nacional calcula costos y espera. En el fondo, lo que terminó de destruir la estrategia oficial fue la idea de que se podía construir poder institucional sin acuerdos.