El país asiste, una vez más, al espectáculo de una central obrera que parece haber quedado congelada en el tiempo. La CGT ha ratificado su rechazo absoluto a cambios en la legislación laboral, bloqueando sistemáticamente las reformas impulsadas por el gobierno de Javier Milei.
Esta postura, que disfrazan de "defensa de los derechos", no es más que el último estertor de una casta que prefiere una Argentina con 50% de informalidad antes que ceder un centímetro de sus cajas y cuotas solidarias.
Un rechazo de la CGT que asfixia el futuro
Mientras el mundo discute la inteligencia artificial y el trabajo híbrido, los caciques de la calle Azopardo se aferran a convenios colectivos que huelen a naftalina.
El reciente recambio en la conducción, que prometía una "renovación" frente a figuras nefastas como Héctor Daer y los Moyano, resultó ser un mero maquillaje de nombres.
Las caras son apenas un poco menos arrugadas, pero las prácticas de apriete y parálisis permanecen intactas, confirmando que el cambio de figuritas no alteró el álbum de la decadencia.
La pregunta que recorre las pymes es inevitable: ¿hasta cuándo los dinosaurios de la CGT tendrán de rehén al empleo formal?
Nadie desde las bases les pide movilizaciones brutales, bloqueos a empresas o aprietes de barrabravas. Al contrario, les pide creatividad e imaginación para resolver sus problemas, algo que estos muchachos son incapaces de ofrecer.
"Ninguna de estas reformas trajo más trabajo, solo generaron desocupación e informalidad que todavía sufrimos", disparó cínicamente un vocero de la central, omitiendo que la informalidad actual es el fruto maduro de su propio modelo de protección a la ineficiencia empresarial-sindical.
El silencio cómplice y la amenaza de medidas de fuerza
Lo más irritante para el ciudadano de a pie es la memoria selectiva de estos dirigentes. Durante los años de gobiernos afines, como el peronismo/kirchnerismo, con una inflación galopante y una pérdida del poder adquisitivo sin precedentes, la CGT mantuvo un silencio monacal.
No hubo paros generales, ni marchas encarnizadas, ni discursos incendiarios. El sindicalismo fue, en esencia, un apéndice del poder de turno, encolumnado tras la figura de Perón y una doctrina ya perimida.
Hoy, la estrategia es el chantaje. Ante un Gobierno que intenta desregular un sistema que claramente no funciona, la cúpula sindical ha decidido desenfundar su arma más dañina: la amenaza constante de paros generales y movilizaciones.
"No nos vamos a quedar de brazos cruzados, si tocan un solo artículo de la ley, habrá una medida de fuerza nacional", advirtieron desde el secretariado, dejando claro que su única herramienta de "negociación" es el caos social y el freno de la actividad productiva.
La paciencia social se agota. La gente empieza a ver que detrás de las banderas de la "justicia social" se esconden empresarios sindicales que viven en barrios privados mientras los trabajadores que dicen representar viajan en un transporte público colapsado.
Si la CGT no acepta que el mundo cambió y prefiere insistir con medidas de fuerza grotescas que solo castigan a quienes quieren trabajar, finalmente el cambio llegará un día y se llevará puestos a los dinosaurios.

