La intifada de los estúpidos y los vivos

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Advertencia para puristas y puntillosos: la palabra intifada está aquí tomada un poco en solfa, sin agraviar la gravedad, las consecuencias y la relevancia de la verdadera guerra de las piedras, su costo en vidas y su dolor inenarrable.

Pero esta licencia vale, o al menos así lo creo, porque a veces no hay otro modo de mirar más que con cierta sorna a los variopintos grupos convencidos de ser los dueños de la razón, de la nobleza de espíritu y del amor a los demás (o simplemente los defensores de un estandarte que vale mucho más que sus vidas, como en el circo futbolero).

Si un ministerio toma una decisión que no comparten desde algún sector, por ejemplo, allá irán los damnificados a apedrear, vandalizar y destruir la dependencia. Lo vimos con la Unicaba. Si una legislatura debate alguna ley o proyecto delicado, sus veredas serán escenarios de una intifada. Los asiste un inviolable derecho de horda, o de malón, y cualquier intento de control del espacio público será entonces represión, el ejercicio que le reservan a los “fachos”.

Pero si vale otra mirada a vuelo de pájaro, cuya profundización y análisis no corresponde en todo caso a esta breve columna, ni tan siquiera al ámbito periodístico, vale la pena tratar de exponerla.

En su última e imprescindible obra, El fascismo argentino, Ignacio Montes de Oca expone los rasgos permanentes y brutales del corporativismo en nuestro país. También su raíz política, sus usos oportunistas y, en el fondo, la potencia con que ha calado en nosotros, hasta un punto de naturalización que, por el absurdo, estas intifadas demuestran.

Porque más allá de lo que vemos en las pantallas, grupos de víctimas o damnificados tratando de parar una decisión, se han formado ya en Argentina las corporaciones pertinentes. Así, tenemos una corporación de la “pobreza”, que se encarga de mediar, negociar y construir políticamente con mucha astucia y, si consideramos malos a los corporativismos, entonces es menester advertir su riesgo para la democracia.

La construcción fue en su origen algo burda, también canallesca, mientras reconocía paternidades en figuras de la calaña de Luis D'Elía. Hoy se ha sofisticado, ha sumado astucia política y representatividad más civilizada en la figura de Juan Grabois. Según algunos conocedores, detrás está la venia del Papa Francisco.

Si vemos el fiasco futbolero de estos días, también vale decir que el mundo de las tribunas tiene sus corporaciones, que trabajan codo a codo con dirigencias por miedo o complicidad, y constituyen un ejército terrible. Hinchadas Unidas Argentinas, con su bandera gigante de colores patrios y la silueta dibujada de Néstor, obtuvo pingües beneficios como corporación, y ver que un changarín jefe de barra tenía en su casa siete millones de pesos en efectivo no sorprende a nadie.

Si las corporaciones han hecho un enorme daño en la historia argentina, ahora sumamos otras de nuevo cuño y viejos vicios. Cada pequeña intifada las fortalece. Y lo peor es que parece que la democracia no tiene defensas.