El asfalto todavía quema, y no solo por el sol de febrero. Las columnas del sindicalismo que este miércoles marcharon por el centro porteño podría haber dejado una inquietud que la cúpula de Azopardo prefiere leer con lupa: ¿el tiempo del "veremos" se agota?
La CGT atraviesa su hora más crítica tras el portazo en la cara de gobernadores como el cordobés Martín Llaryora y el santafesino Maximiliano Pullaro, quienes prefirieron evitar la "foto del pecado" con el sindicalismo tradicional para no dinamitar puentes con la Casa Rosada.
Lo que iba a ser una gira federal para frenar la reforma laboral terminó en una seguidilla de "problemas de agenda" que huelen a vacío político.
¿Acción o sello de goma? La soledad de "los gordos"
La pregunta que circula en los pasillos del poder es si la CGT sigue siendo el gran árbitro de la paz social o si ha quedado reducida a un sello de goma con mucha historia, poco presente y mucho menos futuro.
El fracaso de los encuentros en Córdoba y Santa Fe desnudó una realidad incómoda: los gobernadores ya no ven en "los gordos" a los aliados estratégicos de antes. "Nos bajaron la reunión a último momento porque el Gobierno nacional les puso la pistola en la cabeza con la coparticipación", desliza con bronca un dirigente del riñón de Héctor Daer, intentando maquillar el desaire.
Sin embargo, el problema no es solo externo. Puertas adentro, la unidad es un cristal astillado. Mientras el sector más dialoguista insiste con la "ilusión" de negociar coma por coma la ley en el Senado, el ala combativa -con Pablo Moyano y las CTA a la cabeza- ya no pide, exige una medida de fuerza total.
"Si no paramos ahora, nos llevan puestos con el fondo de cese y la eliminación de las multas", advierten desde los gremios del transporte.
Las bases y el fin de la obediencia debida
¿Qué piensan las bases de este ajedrez de traje y corbata? La desconexión es palpable. En las fábricas y los talleres, la famosa "obediencia debida" al jefe sindical está en mínimos históricos.
Los trabajadores más jóvenes, golpeados por la inflación, miran con menos recelo una actualización laboral si eso significa salir de la informalidad, aunque de todos modos algunos desconfían de la letra chica del proyecto de Javier Milei.
"La conducción está más preocupada por la caja de las obras sociales que por el convenio colectivo", se escucha en las asambleas de base.
Este clima de sospecha debilita la capacidad de movilización real. Si la CGT convoca a un paro general para el próximo 11 de febrero, cuando el Senado trate la reforma, corre el riesgo de que el acatamiento sea dispar, confirmando su pérdida de músculo.
Por ahora, la central obrera se debate entre la pasividad de esperar un milagro legislativo o el salto al vacío de una huelga nacional que mida sus fuerzas contra un Gobierno que, por ahora, parece haberle ganado la pulseada por la colaboración de los gobernadores.

