Es entendible que todo el mundo busque cómo sacarle beneficios a la nueva normativa sobre el uso de dólares atesorados durante años por el claro motivo de que el fruto del esfuerzo del trabajo y del ahorro no se desvanezca por la corrosiva inflación.
Nadie niega que una buena medida económica que alivie la incertidumbre y el temor de perderlo todo o casi todo por una de las reiteradas crisis económicas de la Argentina.
Ha bajado la inflación, los particulares pueden comprar dólares oficiales si límites de cantidad posibles para la clase media y se van abriendo regulaciones que le estuvieron incomodando la vida a tanta gente.
De ninguna manera es la panacea ni lo que se ha hecho hasta ahora tiene asegurado el éxito ni la felicidad de los argentinos, no hay que bajar los brazos y conformarse con el alivio porque puede ser pasajero. Además, los beneficios no son para todos, hay muchos que todavía se quedan fuera.
La calle y los analistas más críticos son la caja de resonancia que machaca más cerca de la realidad y no los sospechosos elogios ni el discurso exitista de los funcionarios.
La confianza y el amor surgen y encantan, pero, todos los sabemos, al menor "tropiezo" todo pueden debilitarse y desaparecer. En los individuos podrá alguna vez curarse, en las sociedades más complejas casi que no.
Ahora bien, en la cumbre de AmCham bien claro dijo su titular, Facundo Gómez Minujin, bien claro dejó sentado que el éxito de la economía sólo es sustentable si está respaldado por la plena vigencia de las instituciones.
Timbre de alarma para un gobierno que se jacta de ser el más despierto del mundo en materia de logros y buenos resultados en un campo en el que todos los habitantes del país han sido castigados desde que tienen memoria: sus economías y por lo tanto las posibilidades de vivir de su trabajo.
Acecho a las instituciones
Detrás del batifondo del triunfalismo electoral acechan preparativos, si no para abortar el actual plan económico y suplantarlo por otro, por lo menos para impedir que se cumplan sus objetivos. Es decir, no dejar gobernar cuando no son gobernantes.
Entonces como dijo el titular de AmCham, las instituciones sostienen la democracia y todo lo que se hace dentro de sus límites, sea en lo económico, en lo político y en lo social.
Pero por ahora el riesgo no viene desde afuera porque el kirchnerismo o no tiene fuerza política suficiente para hacerse democráticamente del poder, y, por otra parte fue tal su empeño por la corrupción que, aunque alguien lo habrá soñado, casi disolvió el plexo de los valores que sostienen a una república.
El pueblo debe saber
Miremos ahora hacia lo actual. El Gobierno aborrece de uno de los principios de la estructura republicana, la transparencia, la publicación de los actos de gobierno y el libre acceso a la información pública.
Todos estos preceptos que son avalados por la Constitución Nacional en varios de sus artículos y por los tratados internacionales incorporados con la misma fuerza normativa en la reforma de 1994.
A la intolerancia y el agravio personal a periodistas y medios se suman medidas que coartan el libre desempeño de la prensa en los ámbitos de gestión oficial.
Estamos en un momento político en el que el periodismo no es muy bien visto y, que ante las urgencias económicas y sociales o el barro de la corrupción que todo lo ensucia, muchas veces cae el mensajero.
Nadie está exento de la obligación moral de la autocrítica, mucho menos la prensa. Pero está bajo la mirada del juez más implacable, la opinión pública, la que elige, la que cree, la que acompaña, etc. Aunque lo más importante es esa que reflexiona. No importa con qué resultado, lo fundamental es que sea con libertad. La verdadera, no la que se declama sino la que se vive y se ejerce.


