La neutralidad es una posición que puede adoptar un país durante un conflicto. Está garantizada por las normas del Derecho Internacional reconocido desde 1907 por el tratado de neutralidad de La Haya, se aplica en caso de conflicto internacional y consiste en la no participación en una guerra por parte de un país.
Las relaciones entre los países neutrales y los beligerantes están reglamentadas. Según éstas, los neutrales no deben actuar a favor de ninguno de los beligerantes y éstos deben respetar la soberanía de los neutrales. También puede haber países no neutrales y no beligerantes al mismo tiempo por ser aliados de algún país beligerante, pero no intervenir militarmente en el conflicto.
Estas reglas generales no son fáciles de aplicar en la práctica, ya que suelen ser interpretadas de manera muy diferente según se trate de un Estado beligerante o de uno neutral.
Para empezar, los países neutrales pueden comerciar libremente con los países beligerantes, pero si estos imponen un bloqueo, éste debe ser respetado. Para seguir, se distinguen dos casos paradigmáticos de neutralidad.
Por un lado, la neutralidad absoluta sostenida, por ejemplo, por Suiza, que ha mantenido el estatus de país neutral desde el 20 de noviembre de 1815, como mecanismo de garantía de integridad e inviolabilidad de su territorio. También como una excelente política que le ha permitido ser el centro de negociaciones, organizaciones internacionales, sistema bancario, etcétera, que funcionan como reaseguros para los Estados beligerantes en caso de conflicto.
Por otro lado, está el modelo sueco de neutralidad que estuvo vigente desde principios del siglo XIX hasta el 2009, cuando Suecia firmó varios tratados de defensa mutua con la Unión Europea (UE) y otros países nórdicos.
Desde las Guerras Napoleónicas, Suecia no ha iniciado ningún combate armado directo. Sin embargo, el ejército y su gobierno han participado en importantes acciones de mantenimiento de la paz y otras funciones de apoyo militar en todo el mundo. La adhesión a la UE en 1995 significó la eliminación de la neutralidad absoluta como principio. Suecia sigue siendo hoy un país neutral y no alineado con respecto a la política exterior y de seguridad. Sin embargo, mantiene fuertes vínculos con la OTAN.
Por su parte, la Argentina desde lo axiomático, ha proclamado, en sus mejores momentos, una política de neutralidad. Especialmente con sus destacados aportes de juristas como Carlos Saavedra Lamas, premio Nobel de la Paz en 1936, por sus gestiones de paz tras la Guerra del Chaco Paraguayo, y por la denominada 'Doctrina Drago', consagrada por Luis María Drago, a propósito de las intenciones de varias potencias europeas de cobrarse por la fuerza la deuda externa europea en 1903 mediante un bloqueo naval.
Por otra parte, desde sus relaciones concretas, la Argentina ha tratado de mantener una política de neutralidad que ha sabido ser peculiar tanto durante la Primera como durante la mayor parte de la Segunda Guerra Mundial, aunque al final de esta última terminó declarándole la guerra al Eje, ya casi vencido, para evitar duras sanciones internacionales.
También, para ser sinceros, habría que hacer lugar para incluir a la postura del Realismo periférico, mejor conocido como el de las “relaciones carnales” que se instauró durante las presidencias de Carlos Menen y que implicaban un alineamiento automático con la política exterior de los EE.UU. y que llevó a las Fuerzas Armadas argentinas a participar del bloqueo naval a Irak en 1990, tras su invasión a Kuwait.
Nuestras contradicciones
Haya sido como haya sido, nos enfrentamos hoy a un nuevo dilema entre la neutralidad y el alineamiento automático. Tanto, que hasta las opiniones de las cabezas de la coalición gobernante no parecen estar de acuerdo al respecto, ya que nuestro Presidente se acerca más a lo segundo, pero su vice a lo primero.
Pero más allá de estas contradicciones, las que darían por sí mismas para complejos y amargos análisis, los que no estamos en el Gobierno tenemos que ver más allá. Vale decir, en la continuidad jurídica del Estado argentino y bajo la siempre repetida frase de que “los países no tienen amigos ni enemigos permanentes, sino intereses permanentes”. Por ello creemos que no nos queda otra que cultivar una neutralidad inteligente o una del estilo de la de Noruega, si se prefiere.
Vale decir, actuar desde la propia conveniencia y desde una imparcialidad ideológica, pues toda ideología es mala consejera para la política y para la geopolítica. Esto implica actuar libre de prejuicios, es decir, abstraerse de consideraciones subjetivas y centrarse en la objetividad de cada asunto al realizar un juicio en la elección de nuestra política exterior.
Nuestro actual embajador en Chile y excanciller, Rafael Bielsa, probablemente inspirado por su famoso hermano, el DT Marcelo Bielsa, dijo: “Estamos para jugar contra Atlas, no contra un equipo de la Premier League”, al hacer una comparación futbolera sobre la dimensión de la Argentina en el escenario global. Y aconsejó: “No hay por qué hacer ninguna declaración sólo porque la oposición lo exige; el conflicto tiene un espesor y una densidad que no admite ser reducido a un comunicado”.
Poniéndonos serios, para terminar podemos concluir que tal como lo explicamos en un artículo anterior –titulado “La Geopolítica de lo contracíclico” (ver: https://www.ciudadanodiario.com.ar/otro-punto-de-vista/la-geopolitica-de-lo-contraciclico)–, para mejorar esta situación ventajosa del país en momentos de crisis global hay que arreglar nuestro sistema monetario para que cada productor reciba el precio en dólares por sus exportaciones; modificar nuestro sistema financiero y fiscal para favorecer el otorgamiento de créditos productivos; y optimizar nuestro sistema de transporte mediante el restablecimiento del sistema ferroviario, entre otras cosas.
Hasta donde sabemos, nada de eso se está haciendo. Todos parecen estar muy contentos con pronunciar declaraciones altisonantes –en un sentido u otro– sobre nuestra postura internacional.
El Doctor Emilio Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.