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A 80 años del 17 de octubre, el inicio de una Argentina diferente

17 de Octubre de 1945: la jornada en que los descamisados cambiaron la historia argentina y nació el movimiento peronista.

Carlos Campana

Por Carlos Campana

17 Octubre de 2025 - 07:53

Imagen: archivo web
Imagen: archivo web

17 Octubre de 2025 / Ciudadano News / Otro Punto de Vista

Hace ochenta años, el 17 de octubre de 1945, una multitud de trabajadores colmó la Plaza de Mayo para exigir la libertad del coronel Juan Domingo Perón, detenido en la isla Martín García. Aquella jornada marcó un antes y un después en la historia argentina: el nacimiento de un movimiento político y social que transformaría al país.

El proceso que desembocó en ese día comenzó el 4 de junio de 1943, cuando un golpe militar derrocó el gobierno constitucional del presidente Ramón Castillo

Entre los oficiales del nuevo régimen se destacó un joven coronel llamado Juan D. Perón, quien desde la Secretaría de Trabajo y Previsión tomó medidas que benefició a la clase trabajadora

Su rápida popularidad entre los trabajadores despertó recelos en las élites y tensiones dentro del propio Ejército.

Su arresto en octubre de 1945 encendió la reacción popular: columnas de obreros y obreras marcharon desde los barrios industriales hacia el corazón de Buenos Aires

Al caer la tarde, el país había cambiado para siempre. El pueblo había tomado la palabra y la historia argentina, una nueva dirección.

Un día que comenzó con rumor y terminó con historia

El miércoles 17 de octubre de 1945 amaneció como cualquier otro día en Buenos Aires. Sin embargo, desde las primeras horas de la mañana, algo distinto se respiraba en el aire. 

En los talleres, en las fábricas y en los barrios obreros del sur del conurbano bonaerense, corría un mismo comentario: "Vamos a Plaza de Mayo".

A principios de octubre de ese año, las Fuerzas Armadas estaban divididas, y debido a grandes diferencias entre el coronel Perón y el general Eduardo Ávalos, un sector del Ejército le exigió la renuncia a todos sus cargos al entonces vicepresidente.

Durante varios días estos hechos crearon un clima de inestabilidad y de incertidumbre política que incidió en los sectores del sindicalismo y de la masa obrera en general, que salió a las calles en apoyo al destacado militar. 

Mientas tanto, el coronel Perón -entonces vicepresidente, secretario de Trabajo y Previsión, y figura influyente del gobierno militar- había sido detenido y trasladado a la isla Martín García. 

Su arresto, lejos de calmar los ánimos, encendió una mecha que ya ardía entre los trabajadores, beneficiarios de las reformas sociales impulsadas desde su despacho.

Esto hizo que esta crisis institucional golpeara al gobierno nacional y la oposición civil reclamaba elecciones y los sindicatos veían peligrar las conquistas obtenidas. Nadie imaginó que ese día, sin convocatorias formales ni líderes visibles, el pueblo trabajador se movería por sí mismo.

La marcha desde los márgenes

Desde la mañana el calor empezaba a sentirse como las columnas de obreros comenzaron a salir de los barrios fabriles del Gran Buenos Aires. 

El saludo de Perón a la multitud reunida en la Plaza de Mayo. (Foto: web)
Perón se convirtió muy pronto en un líder popular. (Foto: web)

Eran hombres y mujeres de Avellaneda, Lanús, Berisso, Quilmes, San Martín y La Matanza. Algunos marchaban a pie, otros se subían a tranvías y camiones. Muchos llevaban pañuelos mojados en la cabeza para soportar aquel caluroso día.

Esta multitud avanzaba por las calles y avenidas hacia la ciudad, cruzando los puentes del Riachuelo, en una procesión espontánea que ningún partido político había organizado. 

Lo que empezó como un goteo se transformó en un río humano. A medida que se acercaban al centro, los porteños veían llegar multitudes que parecían no tener fin.

Obreros ocupan un tranvía para dirigirse a la Plaza de Mayo. (Imagen: archivo web)
Obreros ocupan un tranvía para dirigirse a la Plaza de Mayo. (Imagen: archivo web)

Las fuerzas policiales, desconcertadas, optaron por dejar pasar las columnas. A esa altura, detenerlas era imposible. 

El poder ya no estaba en las órdenes sino en la voluntad colectiva.

La ciudad, tomada por el calor y la incertidumbre

El sol cayó con fuerza sobre Buenos Aires. El termómetro superaba los 28 grados, y la imagen de los trabajadores refrescándose en las fuentes de la Plaza de Mayo se volvió símbolo involuntario de la jornada.

La multitud no llevaba banderas partidarias ni consignas organizadas: solo pedía una cosa, la liberación de Perón.

La icónica imagen de la gente refrescándose en la Plaza de Mayo. (Web)
Icónica imagen de la gente refrescándose en la Plaza de Mayo. (Web)

La Casa Rosada permanecía rodeada de gente, mientras los ministros del gobierno discutían qué hacer. La tensión era evidente. El presidente de facto, general Edelmiro Farrell, comprendió que la situación podía desbordarse. 

En el anochecer, se dispuso que Perón fuera trasladado desde el Hospital Militar, donde había sido internado, hacia el edificio gubernamental.

La noche del reencuentro

Eran casi las once de la noche cuando Perón apareció en el balcón de la Casa Rosada. La plaza estaba iluminada por antorchas, faroles y la luz improvisada de los automóviles. Con traje civil y tono sereno, agradeció la movilización y pidió calma.

Su discurso fue breve, más moderado que triunfal. No habló de victoria, sino de "unidad nacional" y "paz social". Pero la respuesta fue inmediata: una ovación ensordecedora que retumbó en el corazón de la ciudad.

A las pocas horas, el movimiento se disolvió sin incidentes graves. Los trenes de regreso partieron repletos. El pueblo había conseguido su objetivo

Perón, desde esa noche, dejaría de ser un funcionario militar para convertirse en líder político de masas.

Un país que también se movilizó

Aunque la imagen más recordada de aquel día pertenece a la Plaza de Mayo, la conmoción se sintió en casi todo el país. En Córdoba, las fábricas metalúrgicas y textiles pararon sus tareas desde el mediodía. 

Pequeñas columnas marcharon hacia el centro reclamando "el regreso del coronel". En Rosario, la movilización fue más reducida pero igualmente simbólica: obreros ferroviarios y portuarios ocuparon las inmediaciones del Monumento a la Bandera.

En Mendoza, la jornada fue observada con cautela. Los sectores empresariales temían desbordes, pero el movimiento obrero local -aunque menos numeroso- realizó concentraciones en la ciudad y se manifestaron en la plaza San Martín.

En Tucumán, los ingenios azucareros paralizaron su producción por algunas horas, mientras los trabajadores reclamaban mejores condiciones laborales inspirados en los logros obtenidos durante la gestión de Perón.

En La Plata, la movilización fue importante: estudiantes y obreros convivieron en una tensa calma, y la ciudad universitaria se transformó en un escenario de debate sobre el rumbo político del país.

Cada provincia reaccionó a su modo, pero en todas se habló de lo mismo: el país estaba cambiando.

El día después

El 18 de octubre, el Poder Ejecutivo declaró feriado nacional, lo que trajo una mezcla de alivio y desconcierto general. Los negocios estaban cerrados, el transporte no funcionaba. 

Al día siguiente el país paulatinamente volvió a la normalidad. En la entonces Capital Federal los transportes volvieron a circular y los comercios abrieron sus puertas, pero el tema era uno solo. Algunos celebraban el poder del pueblo; otros temían haber abierto una puerta que ya no se cerraría.

Las fábricas retomaron la actividad, pero en los talleres se hablaba de política. Las redacciones de los diarios se llenaron de versiones contrapuestas. En los cafés del centro, los habitués discutían si lo ocurrido había sido un acto de lealtad o un desafío al orden establecido.

Nadie lo sabía entonces, pero ese día había nacido un movimiento que dominaría la política argentina durante décadas.

El surgimiento de un nuevo actor

El 17 de octubre no fue el comienzo del peronismo como doctrina, pero sí su bautismo de fuego. El país descubrió que la clase trabajadora -hasta entonces fragmentada- tenía poder de movilización y conciencia de su fuerza que empezaba ser aglutinada por un conductor.

Perón y Evita saludan a la gente en uno de los tantos actos recordando el 17 de octubre. (Foto: web)
Perón y Evita saludan a la gente en uno de los tantos actos recordando el 17 de octubre. (Foto: web)

El liderazgo de Perón, fortalecido por el respaldo de un sector de la ciudadanía, se tradujo en su regreso al gobierno y en su victoria electoral de febrero de 1946

Desde entonces, la figura del coronel transformado en presidente marcaría la política argentina con una impronta inédita: un discurso que combinaba justicia social, nacionalismo económico y una fuerte apelación a la lealtad emocional.

Para una parte de la ciudadanía, ese día, fue una irrupción peligrosa. Para los sectores populares, fue el día en que "los descamisados" tomaron la palabra. En cualquier caso, fue un punto de inflexión que aún hoy está latente.

Las sombras del entusiasmo

La magnitud de la movilización y la reacción de un sector popular sorprendió al gobierno de facto y lo mismo ocurrió con algunos dirigentes de los partidos políticos más tradicionales del país. 

Algunos, temieron que se hubiera abierto la puerta a un liderazgo carismático de difícil control. Otros advirtieron que la pasión popular podía derivar en un culto a la personalidad.

No faltaron quienes vieron en esa jornada una amenaza más profunda al sistema republicano que desde el 4 de junio de 1943, se había cercenado. 

El temor a los desbordes populistas se instaló en buena parte de la clase media y en los círculos empresariales. Sin embargo, más allá de las interpretaciones, el 17 de octubre no fue un estallido violento. Fue una demostración de poder social inédita, un fenómeno de masas que, sin armas ni consignas políticas precisas, logró torcer el rumbo de un gobierno militar.

Un país frente al espejo

En los años siguientes, el 17 de octubre fue institucionalizado como Día de la Lealtad Peronista. Se convirtió para una gran mayoría, en celebración, liturgia y punto de referencia emocional. Pero más allá de las conmemoraciones, su verdadero significado radica en el profundo cambio cultural que provocó.

Desde ese día, las relaciones entre Estado y trabajadores nunca volverían a ser las mismas. El país comenzó a mirarse desde otro punto de vista, a reconocerse en los rostros anónimos de quienes habían marchado bajo el sol. 

Fue, al mismo tiempo, el nacimiento de una esperanza popular y el origen de una grieta que aún perdura. Porque esa jornada no solo unió a una parte del pueblo en torno a un líder: también dividió a la sociedad en torno a una idea de país.

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