El triple crimen de Florencio Varela que ocurrió hace pocos días atrás, impactó en toda la opinión pública y dejó al descubierto que estas bandas de narcotraficantes que están establecidas en el conurbano, principalmente en la provincia de Buenos Aires, imponen su ley sin códigos, ajustando cuentas y controlando territorios con brutal pragmatismo.
Esa violencia cruda y desordenada contrasta con la mafia italiana y polaca del siglo XX, que, aunque igualmente criminal, se regía por jerarquías, secretos y códigos internos que regulaban sus negocios y alianzas.
Mientras los mafiosos europeos operaban desde la disciplina y el sigilo, los narcos latinoamericanos actúan al límite, dejando a su paso violencia y un entramado de temor que atraviesa toda la comunidad y que además están vinculadas y apoyadas por el poder político de turno.
Conozcamos como era la mafia que actuaba cien años atrás.
Arribo del silencio
A comienzos del siglo XX, Buenos Aires era un puerto inquieto, mezcla de sueños y desamparo. De los barcos que llegaban desde Génova, Nápoles o Palermo, bajaban hombres con boinas y esperanzas, mujeres con pañuelos y niños descalzos que miraban con asombro una ciudad que prometía futuro.
Pero entre esos inmigrantes, también llegaban otros: los que sabían moverse entre la sombra y la ley. Eran los que traían consigo un código más antiguo que el idioma: el de la onorata società.
En los conventillos de La Boca, San Telmo o Barracas se hablaban mil dialectos, pero todos entendían una palabra: omertà. Silencio.
Los hombres que la practicaban no necesitaban gritar para imponer respeto. Su poder se extendía desde los muelles hasta los cafés donde el vino era barato y los secretos costaban caro.
A los comerciantes italianos comenzaron a llegarles cartas anónimas que ofrecían "protección" a cambio de dinero. Quien pagaba, dormía tranquilo; quien no, amanecía con los vidrios rotos o con fuego en la puerta. Nadie denunciaba, nadie hablaba.
Así empezó a escribirse, sin testigos, la historia de la mafia ítalo-argentina.
Los padrinos del puerto
El primero en hacerse leyenda fue Francisco Marrone, un napolitano que llegó en 1908 y que pronto se adueñó del bajo porteño. Tenía un bar en la calle Necochea, donde se jugaba, se apostaba y se decidía el destino de muchos.
Marrone no alzaba la voz, pero su presencia bastaba para que se hiciera silencio. Ofrecía seguridad, cobraba deudas, resolvía conflictos. Su palabra pesaba más que la de un juez, y sus métodos eran tan eficaces como implacables.
El comisario del barrio lo saludaba con respeto y los vecinos lo consideraban un benefactor. Pagaba entierros, ayudaba a familias necesitadas, donaba dinero a la iglesia. Pero nada era gratuito: cada favor tenía su precio.
Un joven que intentó abrir un garito sin su permiso fue hallado muerto en el Riachuelo. Desde entonces, todos entendieron que en La Boca no se movía una carta sin que Marrone lo supiera.
'El Café de los Asesinos'
Una madrugada de 1923, un músico conocido como El Tano Fiore fue abatido a balazos mientras tocaba el bandoneón en un café del barrio. Desde entonces, el lugar fue recordado como 'El Café de los Asesinos'.
Nadie vio nada, nadie dijo nada. En los barrios del sur, el miedo era más fuerte que la Justicia.
El crimen dejó al descubierto un mundo subterráneo que Buenos Aires había preferido ignorar. En las sombras del puerto se movían los mismos hombres que de día trabajaban en los muelles o en las fábricas.
Por las noches, vestían traje oscuro y hacían cumplir otras leyes. El poder oficial miraba hacia otro lado, y la ciudad aprendía que no todo orden se impone con uniforme.
Contrabando, juego y poder
Los años veinte fueron la década del contrabando. Mientras en Estados Unidos la 'Ley Seca' prohibía el alcohol, el Río de la Plata se convirtió en un corredor de whisky y ron hacia el Norte. En los muelles de Buenos Aires, el negocio se manejaba con precisión militar.
El calabrés Vito Belmonte fue uno de los jefes más temidos. Controlaba depósitos, bodegas y tabernas. De apariencia elegante y voz serena, era el amo del Riachuelo.
Su organización dominaba el tráfico de vino, aceite y tabaco hacia Uruguay y Brasil. La Policía lo arrestó una vez, pero nunca logró condenarlo. Un año después, desapareció sin dejar rastro.
A su alrededor giraban contrabandistas, jugadores y prestamistas que tejían alianzas con empresarios y políticos. Buenos Aires se dividía entre dos ciudades: la del tango, los cafés y la modernidad; y la del silencio, la pólvora y el miedo.
El imperio del prostíbulo
Aunque la mafia italiana era temida, no era la única. La organización Zwi Migdal, integrada por inmigrantes polacos y rusos, controlaba desde comienzos del siglo XX una vasta red de prostíbulos en Buenos Aires y Rosario.
Si bien su estructura respondía a otra lógica -más empresarial que mafiosa-, existían vínculos con grupos italianos que se encargaban de la "seguridad" de los locales y del transporte de mujeres.
El testimonio de Raquel Liberman, una joven polaca que denunció a la Zwi Migdal en 1930, permitió desarticular parte del sistema. Sin embargo, muchos de los burdeles siguieron funcionando bajo otros nombres, protegidos por políticos y comisarios.
El negocio del placer, del juego y del alcohol unió a personajes de distinta procedencia en un mismo entramado de poder y silencio.
La complicidad del poder
La década del veinte fue también la del auge del radicalismo y las internas violentas. En ese clima, la corrupción policial se convirtió en un secreto a voces. Algunos comisarios recibían coimas mensuales para "mantener la paz" en ciertos barrios.
La mafia no sólo operaba en la penumbra: había aprendido a comprar protección.
Un informe interno del Ministerio del Interior de 1928 señalaba que "en la zona sur de la ciudad existen grupos organizados que practican la extorsión y el contrabando, con apoyo de agentes de policía". El documento jamás fue publicado, y poco después desapareció de los archivos.
Los vínculos entre política y crimen se hicieron evidentes cuando un concejal conservador fue acusado de recibir dinero del juego clandestino.
Rosario, la Chicago del Plata
A 300 kilómetros al Norte, Rosario vivía su propia historia. Era una ciudad joven, próspera y desbordante, con un puerto que movía cereales y ganado, pero también mercancías de dudosa procedencia.
Allí reinó Juan Chicho Grande Galiffi, el capo más poderoso que conoció la Argentina.
Nacido en Ravanusa, Sicilia, en 1892, llegó al país con apenas dieciocho años. Trabajó de obrero, abrió una peluquería y una cantina, y en pocos años acumuló fortuna. Compró casas, caballos y bodegas, pero su riqueza verdadera provenía del crimen organizado.
Hacia 1920 se instaló en Rosario, donde construyó una red que controlaba el juego, la prostitución, el préstamo y el contrabando. En su casa de la calle San Luis al 1100 organizaba almuerzos con vino italiano, música y políticos de traje oscuro.
Era amable, culto y generoso. Su influencia era tan grande que muchos lo veían como un patrón protector. En Rosario nada se movía sin su permiso.
El secuestro que estremeció al país
En 1932, la mafia rosarina cruzó una línea que sellaría su destino. Ese año fue secuestrado Abel Ayerza Arning, joven estudiante de medicina e hijo del prestigioso médico Abel Ayerza.
Lo acompañaba su amigo Ricardo Hueyo, hijo del ministro de Hacienda del presidente Justo, y ambos fueron raptados cerca de Marcos Juárez.
Las sospechas recayeron sobre la organización de Galiffi. Ante la presión política, Chicho ordenó liberar a Hueyo, pero mantuvo cautivo a Ayerza. La familia pagó un rescate de 120.000 pesos, pero un error en un telegrama cambió todo.
El mensaje que debía ordenar la liberación decía "manden el chancho", pero alguien leyó "maten el chancho". El joven fue asesinado de cinco balazos y enterrado en un maizal.
El país entero se estremeció. Las marchas multitudinarias exigieron justicia.
El crimen marcó el principio del fin de la mafia rosarina. Los autores materiales fueron condenados, pero Galiffi -el cerebro- fue absuelto por falta de pruebas. La impunidad lo protegió una vez más.
El duelo de los Chichos
Ese mismo año surgió un competidor que quiso disputarle el poder: Francisco Morrone, quien se hacía llamar Chicho Chico.
Se presentó como empresario, pero en realidad era un aventurero. Intentó desafiar al calabrés y terminó muerto, hallado ahorcado en circunstancias nunca aclaradas.
Galiffi se presentó ante la policía asegurando que era víctima de una conspiración. Pero el gobierno decidió deportarlo a Italia. Así terminó su reinado.
El exilio y la muerte del capo
De regreso en Europa, Galiffi se instaló en Milán, donde vivió rodeado de lujos. Algunas versiones indican que logró vínculos con jerarcas del régimen fascista.
En enero de 1943, en medio de un bombardeo aliado, murió de un paro cardíaco. Había escapado a la Justicia, pero no al destino.
Su nombre siguió resonando en las calles de Rosario como una advertencia. Durante años, los niños crecieron escuchando historias sobre Chicho Grande, el hombre que podía torcer la voluntad de cualquiera con una sola mirada.
Los herederos del silencio
Tras su deportación, el crimen organizado se reacomodó.
En Buenos Aires, nuevos nombres ocuparon su lugar: Francisco Morello y Salvatore Pugliese se convirtieron en los dueños del juego y las apuestas en Avellaneda y Dock Sud.
Tenían bares donde se reunían apostadores, boxeadores y políticos. Las reuniones se realizaban en habitaciones traseras, lejos de las miradas curiosas.
Durante los años cuarenta y cincuenta, la mafia aprendió a cambiar de piel. Se disfrazó de empresa, de sociedad de beneficencia, de club italiano.
Financiaba campañas, controlaba el juego y los préstamos, tejía alianzas con el poder sindical y político. Ya no necesitaba violencia: le bastaban la influencia y el dinero.
El crimen se volvió respetable. Las pistolas se guardaron en los cajones, reemplazadas por sellos y documentos. La mafia ítalo-argentina había alcanzado su madurez: operaba dentro del sistema.
Entre el mito y la memoria
Un siglo después, las huellas de aquellos hombres todavía laten en la historia secreta del país. En los bares antiguos de La Boca se recuerda a Marrone y Belmonte; en Rosario, el nombre de Chicho Grande sigue pronunciándose en voz baja, con respeto y temor.
De ellos se dicen muchas cosas: que tenían túneles bajo la ciudad, que escondieron oro en los muelles, que sus descendientes aún manejan negocios en la sombra.
Tal vez sea cierto, o tal vez no. Lo indiscutible es que moldearon un tiempo y un modo de poder: discreto, eficaz y silencioso.
La mafia ítalo-argentina no fue una copia de la siciliana ni una réplica de la norteamericana. Fue un fenómeno propio, mestizo, donde el vino tinto se mezcló con el tango, el soborno y la nostalgia.
Una historia escrita entre la penumbra del puerto y la luz de los cafés.
Y todavía, en esas calles donde el bandoneón resuena como un eco antiguo, parece escucharse una advertencia que no ha perdido vigencia: en Buenos Aires y en Rosario, todos somos hombres honrados... hasta que nos conviene no serlo.

