En la orilla oriental del río de la Plata al mediodía del sábado un presidente de centroderecha le transmitía el poder presidencial a su sucesor de centroizquierda. Lacalle Pou dejaba la presidencia con gestos de alivio y distensión, Yamandú Orsi se aprestaba a iniciar su mandato con rostro preocupado.
Eso ya lo vimos en Uruguay, pasándose la posta del poder republicano entre conmilitones o adversarios, un país con muchos problemas sociales y económicos, pero siempre enfrentados con austeridad republicana y respeto democrático.
En la margen sur del río color de león se producía una ceremonia tan importante como es un cambio de mando presidencial, pero el clima fue muy distinto, en lugar de orgullo nacional cundían actitudes de paranoia y resentimiento.
Logros económicos nunca vistos en la Argentina moderna, a costa de esfuerzo y sacrificio de muchos por supuesto, como siempre dan un presente promisorio, con muchas expectativas y resultados en los números de la economía aún precarios.
Sin embargo ese camino emprendido se puede poner muy sinuoso y áspero por actitudes que ofenden sin ningún sentido y que ni siquiera aportan ningún beneficio al que las profiere, que es nada más ni nada menos la cabeza misma del poder que suministra el voto democrático en un día determinado y respondiendo al ánimo de la gentes durante ese día.
Tal vez con el impulso inicial, la convicción, el respaldo popular hubiera bastado para iniciar el proceso de transformaciones impostergables que necesita la Argentina.
Pero el respeto a las instituciones sigue en baja, a tal punto que en un día crucial en el que todos somos parte y en el que había que había que exponer posiciones, reivindicar objetivos alcanzadas y reprochar equívocos volvemos a caminar en el barro.
Vacíos de representación
En el Congreso el anfitrión es el cuerpo parlamentario en un todo, los legisladores no son invitados en ese lugar. Las solemnidades son parte también del rito republicano y el sentido que tiene el discurso inaugural de las sesiones ordinarias, aunque parezcan solo formalidades sirven para afianzar el espíritu democrático.
Por eso no asistir al acto es tan impropio como insultar desde el atril, aunque no se usen palabras groseras las amenazas, advertencias y epítetos ofensivos nos están mostrando que el diálogo está cada vez más lejos.
No se puede negar que hay un ambiente de expectativa positiva en la mayoría de quienes votaron a este gobierno, y se puede decir que los que no lo votaron también, aunque lo critiquen duramente, confían en que se pueden afianzar las metas alcanzadas.
Lamentablemente las señales de autoritarismo están llegando a límites riesgosos. Las trabas al trabajo del periodismo, el monopolio de la difusión del acto y la agresión y amenazas a un diputado opositor de un poderoso no funcionario están excediendo lo tolerable.
No se debe naturalizar que el Ejecutivo haga lo que quiera y vulnere las normas democráticas, tampoco que los parlamentarios vacíen los espacios desde donde deben cumplir sus funciones y por lo que son duramente criticados.
El desprestigio de la política necesita más política porque si no cuando hay vacío puede ser ocupado por las peores tentaciones totalitarias.


