Autopercepción

Llegar al poder para permanecer no es lo mismo que hacerlo para gestionar

Dos figuras se disputan la centralidad de la atención como forma de competir políticamente

Por Enrique Villalobo

La esperanza se renueva en cada turno electoral / — Foto Archivo

Desde el día que se conoció la decisión de la Corte Suprema sobre el destino carcelario de Cristina Kirchner el Gobierno perdió la centralidad que tanto agrada a Javier Milei, aunque varios dicen que el fervor de los primeros días se va a ir apaciguando.

Si bien la verdadera mayoría sería posible comprobarla en una elección con alto índice de concurrencia y no como se ha visto en las elecciones provinciales realizadas hasta ahora donde el ausentismo es preocupante.

Sin embargo, en ambas márgenes de la grieta presente el sentido del sufragio, que en la Argentina y en el mundo se logró con tanta lucha y sacrificio, ha pasado a ser el mecanismo por el cual el elegido circunstancialmente se erige como el ungido por algún poder de las alturas en lugar de que ese papel metido en una urna sea un contrato inalterable se servir a la comunidad.

Seguramente suena como demasiado ingenua la frase anterior a los ojos del dirigente resultadista, para el que lo primero es arribar a alguno de los estamentos del poder y después "vemos qué hacemos" mientras tanto se busca la forma de permanecer a toda costa.

Cristina Fernández heredó de su esposo el acceso a la Presidencia pero ya había recorrido un camino abonado por sus propias capacidades hasta la consagración de un 54% de los votos, tal vez reforzados en las calles con la capacidad de movilización rentada con fondos sindicales y del Estado.

Entender la política casi como una religión.

Hoy esa señora está condenada cumpliendo relativamente con la pena impuesta por un acto independiente de la Justicia, pero sigue bregando por no perder el centralismo y poder actual de su protagonismo, y considerando que aquella ya lejana reelección masiva y el apoyo -el tiempo dirá si es duradero- de los manifestantes le está demostrando no que fue elegida por un período determinado sino como líder eterna.

En otra forma y con otro estilo los espacios oficiales de gobierno y poder fueron ocupados por quien llegó a ese lugar por el camino más genuino que se pueda considerar, el voto popular, que no ha terminado de expresarse porque todavía quedan varias jornadas electorales para este año donde la expresión ciudadana se dará a conocer.

Resultados de arrastre

Pero al mileísmo le es suficiente con el resultado de la segunda vuelta de 2023 y la señal que vino de algunas provincias de la primera vuelta de aquellas elecciones. Eso fue el triunfo de las listas que tempranamente se habían alineado con ese libertario poco conocido y emergente pero que encarnaba el hastío de la población con la política.

Cuando se cumplan dos años de aquellas jornadas, lapso que en la Argentina es suficiente para producir importantes cambios, desde la cúpula del poder y no desde las bases, se habrá tejido una trama de acuerdos políticos, imposiciones y estrategias destinadas a reforzar el poder del actual gobernante.

Seguramente en este paso los votos ratificarán aquel triunfo dándole el respaldo que tanto necesita. Pero aquí tampoco se promete que el voto significará mayor compromiso y responsabilidad para con la comunidad.

Por el contrario, por lo visto hasta ahora, sin dudar de la esperanza de los votantes, seguirá siendo el mecanismo por el que los elegidos se sienten impulsados a un pedestal al que no podrán llegar los cuestionamientos, los reclamos y las críticas.

Fervor para seguir una propuesta electoral.

Esto no es nuevo, se trata de una tentación muy frecuente, considerarse el intérprete de los deseos y necesidades del pueblo, sin intermediarios.

Entonces la democracia y la república se convierte en un trampolín y no en el método de convivencia ciudadana y mecanismo para la búsqueda del bienestar general. Y volvemos a caer en la frase naif.

Pero sí, si se trata de ñoños republicanos a los que prefieren el camino institucional, o se descree que alguien deba responder a la Justicia o se crea superior a ella, la verdadera democracia con tantos deberes como derechos, seguirá siendo una senda angosta y pedregosa a la que hay que cuidar mucho.