Es historia...

El largo peregrinar del sable que acompañó al Libertador

Del acero persa en las armerías de Londres a los robos de la militancia setentista. La fascinante historia del sable de San Martín, un objeto que dejó de ser una simple arma para convertirse en el espejo de las tensiones, exilios y símbolos de la identidad argentina.

Por Carlos Campana

Imagen: archivo web

El reciente Decreto presidencial que dispuso el traslado del sable que acompañó al Libertador del Museo Histórico Nacional al ámbito del Regimiento de Granaderos a Caballo 'General San Martín', no es un mero reordenamiento administrativo. 

Es, en términos simbólicos, una operación histórica de gran profundidad: vuelve a reunir bajo una misma custodia a la institución museística más emblemática del país, al cuerpo militar creado por el Libertador y a una de las reliquias más cargadas de sentido de la historia argentina: el sable que acompañó a José de San Martín durante la Guerra de la Independencia de América del Sur.

Ese sable -popularmente llamado "corvo", aunque el término no sea técnicamente correcto- no es solo un arma antigua. Es un objeto que atravesó campos de batalla, océanos, exilios, disputas políticas, robos audaces y silencios prolongados. 

Su historia es, en muchos sentidos, un espejo de la historia argentina.

Antes de Libertador, militar europeo

Mucho antes de convertirse en el jefe del Ejército de los Andes, José de San Martín fue un militar formado en Europa. En su juventud sirvió en la Real Armada a bordo de la fragata Santa Dorotea y luego integró cuerpos de caballería peninsulares. 

Desde entonces, se familiarizó con distintos tipos de armas blancas, en especial los sables de caballería ligera, diseñados para el combate rápido, el golpe preciso y la maniobrabilidad desde el caballo.

Durante la guerra contra la ocupación francesa (1808-1814), gran parte del ejército de la península hispánica se alió con Gran Bretaña en el olvidado pacto de Londres entre Ruiz Apodaca- Canning el 14 de enero de 1809. 

Esa relación introdujo nuevos modelos de armas, entre ellos los sables de inspiración oriental que ya estaban de moda entre oficiales franceses y británicos. 

El más apreciado era el shamshir, de origen persa: hoja curva pronunciada, un solo filo, peso reducido y una eficacia letal en combate.

Londres:   reuniones secretas y compras de armas

A fines de 1811, el entonces teniente coronel San Martín partió desde Cádiz hacia Londres acompañado por otros patriotas americanos. La capital británica era, por entonces, un hervidero político: allí convivían diplomáticos, comerciantes, exiliados, revolucionarios y militares que soñaban con la independencia de América.

58 de Grafton Way en Londres, donde se alojó el teniente coronel San Martín en 1811. (Foto: archivo web)

El futuro libertador de Sudamérica se alojó primero en la casa del  patriota venezolano Francisco de Miranda, en el 58 de Grafton Way, y luego en el hotel Sablonière, en Leicester Square. 

Desde allí viajó a Escocia por unos días para luego regresar a Londres. Esta ciudad ofrecía algo esencial para un militar que se preparaba para la guerra: armerías especializadas de prestigio internacional.

En Charing Cross Road funcionaban las armerías más importantes de toda Europa. La tienda del armero Richard Johnston, reconocida por proveer armas personales a oficiales del ejército y la marina, fue la elegida por José de  San Martín para  adquirir el sable 'corvo' que pasaría a la historia. 

Charing Cross road, calle donde el Padre de la Patria adquirió el shamshir en la tienda de Johntson. (Imagen: archivo web)

No fue una compra casual: eligió un shamshir de acero forjado, hoja muy curvada (entre 12 y 15 cm de flecha), liviano -unos 850 gramos-, con empuñadura de media canasta y vaina de cuero negro con remates metálicos. Un arma pensada para la guerra real, no para la exhibición, que fue fabricada en el Reino Unido. 

Originalmente los shamshires-que significa "uña o garra de tigre"- fueron utilizados desde el siglo XV en toda Asia Central  y Medio Oriente. Posteriormente a fines del siglo XVIII fueron adoptados por los militares en Europa.

Del equipaje revolucionario a la epopeya andina

En marzo de 1812, San Martín llegó a Buenos Aires a bordo de la fragata George Canning. En su equipaje traía libros, ideas revolucionarias, contactos políticos y varias armas, entre ellas el sable adquirido en Londres.

Contrariamente al mito, el arma no estuvo presente en todos los combates. A los Andes, el general volvió a llevar consigo el sable londinense. Desde entonces, el arma quedó definitivamente asociada a la campaña libertadora de Chile y Perú.

San Lorenzo y el sable perdido

En la acción  de San Lorenzo, el 3 de febrero de 1813, el entonces coronel José de San Martín no utilizó el shamshir, sino un sable de caballería estándar. Esa arma fue la que efectivamente combatió en la primera victoria de los granaderos.

Oficiales franceses solían usar sables similares al que acompañó al Libertador en toda su campaña en Sudamérica. (Imagen: web)

Más tarde, ya destinado al Alto Perú, el Padre de la Patria donó ese sable a su asistente, el entonces mayor Gregorio Aráoz de La Madrid, como gesto de reconocimiento. La Madrid lo utilizó en varios combates, hasta que cayó prisionero del enemigo y perdió aquella reliquia de San Lorenzo, que desapareció para siempre.

Este episodio suele generar confusión, pero es clave: el sable de San Lorenzo no es el mismo que se conserva en la actualidad.

Del retiro al testamento

Tras culminar la campaña en el Perú y regresar primero a Chile y en 1823 trasladarse y establecerse en Mendoza, 'El Santo de la espada' dejó su caja de armas -la que incluía el glorioso sable- al cuidado de María Josefa Morales de los Ríos. 

Instalado en su chacra por unos meses, el Libertador partió hacia Buenos Aires para luego radicarse con su hija Mercedes y su criado en Europa: primero en el Reino Unido, luego en Bélgica y por último en Francia hasta su muerte.

Diez años más tarde, ya instalado en el continente europeo, se ocupó de recuperar esa y otras pertenencias, y fue su yerno Mariano Balcarce quien llegó a Mendoza para trasladar el shanshir y algunas armas de fuego a Francia, donde permanecieron hasta después de su fallecimiento. 

En su testamento, redactado en París en 1844, tomó una decisión que marcó el destino político del arma: legó el sable al entonces gobernador de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas, como reconocimiento por la firmeza con que había defendido la soberanía nacional frente a las potencias extranjeras. 

El sable dejaba de ser solo una reliquia militar para convertirse también en una declaración política. Cumpliendo con su mandato testamentario su yerno hizo efectivo el mismo. 

Exilio, herederos y un largo silencio

Tras la derrota de Rosas en Caseros y su autoexilio en Southampton, Reino Unido, primero estuvo en Burgess Farm y Langhorn, en Swaythling y posteriormente el sable del Libertador se trasladó al segundo inmueble, ubicado en Rockstone Place, de esa ciudad, hasta la su muerte el 14 de marzo de 1877. 

Casa donde vivió Juan Manuel de Rosas en Southampton, Reino Unido. (Foto: web)

Inmediatamente pasó a manos de la familia Terrero y permaneció durante años en residencias londinenses, prácticamente ausente del relato histórico argentino.

Regreso sin gloria

Recién en 1896, Adolfo P. Carranza, director y fundador del Museo Histórico Nacional, inició las gestiones para repatriar la reliquia. A comienzos de 1897, Máximo Terrero se presentó en la legación argentina en Londres con el sable y su cofre original.

La pieza fue embarcada en el RMS 'Danube', llegó al puerto de La Plata y el 28 de febrero de 1897 fue trasladada a Ciudad de Buenos Aires por la corbeta ARA 'La Argentina'. 

El RMS 'Danube' trajo la histórica pieza desde Europa hasta La Plata. (Imagen: web)

Su ingreso al Museo Histórico Nacional se realizó sin grandes ceremonias y pasó desapercibido por gran parte de la población. Paradójicamente, una de las reliquias más importantes del país regresaba casi en silencio.

Los robos que sacudieron al país

Durante décadas, el sable permaneció exhibido en el museo. Pero los turbulentos años sesenta cambiarían su destino.

En la madrugada del 12 de agosto de 1963, un grupo vinculado a la Juventud Peronista sustrajo el sable del Museo Histórico Nacional. La acción tuvo un fuerte contenido político: denunciar la proscripción del peronismo, reclamar la restitución del cuerpo de Eva Perón y reivindicar una lectura nacional y popular de San Martín. 

La conmoción fue inmediata. El sable fue devuelto meses después y volvió al museo, pero la calma duró poco. 

El 19 de agosto de 1965, la reliquia fue robada nuevamente. Esta vez permaneció oculta durante semanas hasta ser recuperada y entregada al Ejército Argentino en 1966. Estos episodios dejaron en evidencia la fragilidad de la seguridad del museo y el enorme peso simbólico del arma.

Los Granaderos como custodios

Tras los robos, el gobierno de facto decidió un cambio drástico. En 1967, mediante decreto, se transfirió la guarda y custodia del sable al Regimiento de Granaderos a Caballo 'General San Martín'. Allí fue resguardado en un templete blindado especialmente construido, permaneciendo durante décadas bajo custodia militar.

En mayo de 2015, por decreto presidencial 843/2015 se dispuso el traslado del sable corvo al Museo Histórico Nacional, donde fue alojado en una sala con modernas medidas de seguridad y conservación.

Un decreto que vuelve a cerrar el círculo

Hoy, el nuevo decreto presidencial que traslada el Museo Histórico Nacional al ámbito del Regimiento de Granaderos vuelve a cerrar el círculo histórico. Museo, sable y Granaderos -todos hijos de una misma tradición sanmartiniana- confluyen nuevamente bajo un mismo espacio institucional.

El sable que San Martín eligió en una armería londinense ya no corta enemigos. Hoy corta el tiempo: une pasado y presente, expone disputas, memorias y sentidos. 

Y recuerda que la Independencia no fue solo una gesta militar, sino una construcción permanente de identidad y memoria nacional.