Golpe a golpe, verso a verso
La Constitución tiene mecanismos para que un presidente deje su cargo y eso no significa romper el orden legal de la república.
Por Enrique Villalobo
12 Noviembre de 2024 - 08:30
12 Noviembre de 2024 - 08:30
12 Noviembre de 2024 / Ciudadano News / Otro Punto de Vista
En un país herido como la Argentina el mal uso de las palabras suele causar más daño y confusión que en otras situaciones. Esto cobra otra dimensión si el comentario tiene una intención descalificante.
El término golpe de Estado remite a la interrupción y suplantación ilegal de la autoridad institucional legítimamente constituida por el mecanismo legal o constitucional como en el caso argentino.
Un hecho de esa índole es violento por naturaleza y como la experiencia nos lo ha demostrado tiene consecuencias nefastas.
Javier Milei le atribuyó al expresidente Raúl Alfonsín el haber participado y respaldado un golpe de Estado contra Fernando de la Rúa en diciembre de 2002.

No sorprende el hecho dado que el Presidente ha dicho en varias oportunidades que desprecia al exmandatario radical a quien tilda en el más suave de los casos de izquierdista.
Entre la andanada de críticas que recibió el comentario presidencial durante un discurso en la Fundación Mediterránea, aparece la frase "no tiene estatura para referirse así sobre el doctor Alfonsín".
Tal vez no se trate de comparar estaturas morales ni políticas, muchos podrían decir "hay que tomarlo como de quien viene" o el agravio habla más del que lo profiere que de quien lo recibe.
Lo preocupante es que en los medios y en ámbitos políticos hayan adherido fervientemente a la diatriba libertaria sobre Raúl Alfonsín y ahora empiecen a considerarlo como un golpista.
Hay que observar que este comentario de Milei puede formar parte de la constante crítica que se le hace al radicalismo por su interna, por algunos de sus dirigentes, por su pasado, por los exiguos resultados electorales, por la supuesta incapacidad para gobernar, en fin demasiadas referencias sobre un partido al que se lo considera en extinción y no le debería preocupar a nadie ya.
Retomando el uso del término golpe, nadie se lo endilgó a Juan Perón cuando obligó a renunciar al presidente Héctor Cámpora, a nadie se le ocurriría llamar golpista al General.

Y acá se pueden esgrimir las diferentes situaciones y los contextos históricos de 1973 y de 2002. En ambos casos el país se encaminaba al caos, en el primer caso la debacle sí se produjo y los efectos de aquello hacen que hoy digamos que la Argentina está herida. Por la criminal violencia guerrillera y por las atrocidades de la dictadura que asaltó el poder político después de lo que fue un verdadero golpe de Estado.
La renuncia de De la Rúa también fue el resultado de una situación caótica pero que se resolvió sin salirse de los cauces constitucionales, es más tal vez haya sido el único episodio que se resolvió con el acuerdo de casi todos los sectores políticos.
El gobierno asumido en 1999 había perdido las elecciones legislativas de 2001, el peronismo había obtenido mayoría en las dos cámaras y a contrapelo de la tradición democrática, había forzado que un peronista asumiera la presidencia provisional del Senado con Ramón Puerta y la titularidad de Diputados con Eduardo Caamaño.
La costumbre que se respeta hasta la actualidad es que, aunque no tenga mayoría, esas dos presidencias las cubra una figura del partido gobernante porque son parte de la sucesión presidencial.

En aquella oportunidad el vicepresidente, Carlos Chacho Álvarez (A la sazón también peronista) había renunciado. La situación económica estalló por la falta de dinero (no se podía emitir por la vigencia de la convertibilidad, restricciones para retirar depósitos (corralito), la Nación y las provincias emitieron cuasimonedas y la gente empezó a manejarse con trueque.
Una chispa encendió el caos con los saqueos a supermercados e incluso almacenes de barrio, se decía que eran espontáneos, pero muchos no lo fueron y se mencionaban figuras del peronismo del Conurbano que contribuyeron a organizarlos.
A De la Rúa lo único que le quedaba era reprimir, y ordenó hacerlo, no tenía ya recursos políticos, no se dejaba guiar por la UCR y nombraba funcionarios fuera del elenco radical o de la entonces Alianza.

El peronismo quería que el presidente radical cayera pero en medio del desorden más absoluto y en un estado de anarquía para recoger los escombros y constituirse en el salvador supremo de la Patria.
Los radicales vieron que el poder ya era un cascarón vacío pero con un desmadre de violencia que estaba escalando. De la Rúa se fue abrumado por la incapacidad y el desprestigio y el Congreso activó los mecanismos de la Ley de Acefalía.
Como en otras oportunidades en la historia nacional, hubo presidentes renunciaron sin romper el orden constitucional porque se aplicó el mecanismo de sucesión que contempla la Carta Magna.
El mismo Alfonsín renunció adelantando la entrega del poder a Carlos Menem y nadie acusa al riojano de promover un golpe. Eduardo Duhalde renunció ante el empeoramiento de a situación socieconómica y tras el asesinato de Kosteki y Santillán en manos de la policía bonaerense. Y nadie piensa que Néstor Kirchner haya sido un golpista.
Los golpes de Estado en este país hasta ahora han vestido uniforme.
