El desconocimiento y la ideología, la amenaza al sector que más produce
5 Septiembre de 2019 - 08:36
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5 Septiembre de 2019 / Ciudadano News / Otro Punto de Vista
A veces, la ignorancia atada a los prejuicios ideológicos que impiden una mirada certera de la realidad llevan a ciertos dirigentes a desatar polémicas sin sentido, pero que se vuelven peligrosas en la proximidad del poder.
Es el caso del dirigente Juan Grabois, con acceso permanente al Instituto Patria, y en consecuencia, de fluidos intercambios políticos con la expresidente y candidata a vice Cristina Fernández de Kirchner.
El susodicho es autor de un proyecto de reforma agraria, cuya base sería el reparto de tierras entre sectores supuestamente desprotegidos, lo que les permitiría ganarse su sustento.
Pero lo que el dirigente ignora, y ahí entra a funcionar a pleno la ideología, es la realidad productiva de las empresas agropecuarias. Claro, para mucha gente de esas corrientes de pensamiento el campo es aquel terrateniente patricio que explota a los trabajadores y viaja a Europa con la vaca en el barco.
Grabois y los suyos deberían saber y entender, sobre todo si aspiran a gobernar la Argentina, que el campo es realmente el sector productivo más competitivo que tenemos, tal vez junto a las industrias basadas en el conocimiento, pero en una escala mucho mayor, que se ve claramente al analizar cómo se componen las exportaciones argentinas.
Si se producen alimentos para 400 millones de personas y si se está ante nuevas cosechas record, es precisamente por la notable competitividad del agro, pese a enfrentar notables trabas de todos los colores.
Pero esta competitividad no surge de la magia, o de aquella vieja falsedad tan difundida de que “en este país tirás en cualquier lado una semilla y crece”. Nada más alejado de la realidad.
El campo argentino es competitivo por razones que están muy lejos argumentalmente de ideas como la reforma agraria. En primer lugar porque se ha llevado adelante una tremenda incorporación de conocimientos, que han revolucionado las técnicas. Si países como Francia son renuentes a la apertura hacia nuestros productos, es precisamente porque nuestro sector es de avanzada comparado con el galo.
También se ha realizado una incorporación de tecnología sin par en otros sectores productivos, y siempre a riesgo de los propios productores.
El agropecuario es el sector más pujante de la economía argentina, y ello se debe a que, precisamente, está explotado por gente que ha sumado capacidad, riesgo, conocimiento e inversión.
Es difícil pensar que, dándoles tierras a sectores que no componen este universo, vaya a generar unidades productivas competitivas. Lo más probable es que, en pocos años, esas tierras vuelvan a empresarios experimentados y acostumbrados a las vicisitudes que tiene la actividad.
La utopía, tan extendida y mentada por algunos, de que se podría mandar a gente que habita en asentamientos a trabajar la tierra a sectores despoblados de nuestro país, sea con la propiedad de la tierra, como colonos, o simple mano de obra, choca con una muralla de realidad que entendería hasta un niño de jardín de infantes.
El campo de hoy necesita gente capacitada, experta, conocedora de las prácticas adecuadas, y fundamentalmente con una capacidad de sacrificio y tolerancia a las adversidades que difícilmente se encuentre en los candidatos a agricultores en los que piensa Grabois.
Por citar solo un ejemplo, el último Índice FADA (trabajo que realiza la Fundación Argentina para el Desarrollo Agropecuario), indica que la participación del Estado en la renta agraria es, para junio de este año –último dato confeccionado– del 50,9%. Discriminado por tipo de cultivos, en el girasol es del 70,1%, mientras que alcanza el 65,3 en la soja, el 50,1 en el trigo y el 46,4 en el maíz. Dicho en criollo, de cada 100 pesos que produce un agricultor que sembró girasol, el Estado en sus distintos niveles, se queda con $70,10, mientras que al empresario le quedan $29,90 para pagar todos sus gastos, servicios y obtener su ganancia.
A partir de esos datos, la ecuación es bastante fácil. Si se multiplica la enorme cantidad de recursos que el agro produce, y de ahí se deduce la enorme porción que el fisco toma para sí para financiar el agujero fiscal, se entienden dos cosas: por un lado, que seguir quitándole al sector productivo que más aporta es llevarlo a la ruina. Y por otro, que arruinar con medidas demagógicas y huecas a “la gallina de los huevos de oro”, no mejorará en nada la situación de los que menos tienen.
Tal vez todo lo contrario.