Cuando el Carnaval se hacía sentir en Mendoza
26 Febrero de 2019 - 20:12
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26 Febrero de 2019 / Ciudadano News / Otro Punto de Vista
Hace más de cien años, los mendocinos celebraban tradicionalmente y con gran algarabía el Carnaval.
Hoy, en nuestra provincia, la tradicional fiesta pasa desapercibida en el grueso de la población y solamente los mayores añoran ritos como la chaya, el corso, las comparsas y los bailes en los clubes.
Vale la pena revisar cómo era aquella Mendoza que esperaba con ansias estas fechas.
La guerra de los sexos
El calor se hizo sentir en la siesta del 19 de febrero de 1882. Cientos de adultos y niños salieron a las calles con sus baldes llenos de agua, huevos de gallinas o de ñandú. Cualquier recipiente servía para chayar a las mujeres o viceversa. Así, muy pocos eran los que podían dormir la sagrada siesta mendocina.
En las calles se libraban verdaderas batallas campales entre los vecinos de sexos opuestos. Gritos y risas se podían oír en las calles, zaguanes o desde los techos. Muchos utilizaban el agua de las acequias para poder mojar a su “enemigo”.
Algunos llevaban en sus manos un arma letal: los huevos con agua. Esta ingeniosa arma se confeccionaba con un huevo de ñandú, al que se le hacía un orificio en la parte superior y se vaciaba el interior, quedando solamente la cáscara. Luego, se lo dejaba secar y se lo llenaba con agua. Al lanzarlo, el huevo se rompía mojando a la persona.
A las seis de la tarde, mujeres y hombres hacían una tregua.
Apretando pomos
Por la noche, en la calle de San Nicolás –hoy San Martín– se erigían artísticos arcos de flores y los ciudadanos concurrían a ver el mágico espectáculo y participar de la fiesta. La lucha entre hombres y mujeres se reanudaba, pero con pomos de plomo que lanzaban agua perfumada y no manchaban la ropa, que se vendían en la histórica casa de Manuel Vidal.
Asistían a esta fiesta el gobernador y las autoridades, mientras que la banda de música de la Policía tocaba en medio de las serpentinas y flores que eran arrojadas por el público al paso de las carrozas con motivos alegóricos que en su interior transportaban a jóvenes mujeres disfrazadas.
Las comparsas acompañaban el paso de los carros, hasta la medianoche, hora del fin del corso.
Aquella aldea mendocina vivía los tres días con gran alegría, hasta la culminación del Carnaval, en la que se realizaba el entierro del Rey Momo. Entonces, lejos de entristercerse por el fin de fiesta, los mendocinos ya empezaban a pensar en el año próximo.