¿Es posible que algún día mejoren las cosas en la Argentina? Por lo que se vio el miércoles parece que no. Por la voluntad que ponen las partes en conflicto y los terceros espectadores tampoco. Por la inteligencia y equilibrio en la respuesta del Estado ante mucha de las dificultades que padecen los argentinos tampoco. Y mucho menos por el criterio de recurrir a la violencia del peronismo y el trotzkismo.
Todavía hay sectores que no tienen capacidad de leer a qué responde el giro de una sociedad que se hartó de un discurso prepotente y mentiroso que fue destruyendo la economía del país fomentando la idea que el Estado es un padre protector que tapa la ineficiencia y promueve una falsa equidad.
Todo aquello se construyó para permanecer en el poder durante muchos años, pero entre tantos defectos que tiene el país hay uno que para muchos podría ser una virtud. Y es que todos los experimentos de mantener el poder para siempre no se han podido sostener.
El lado de los "buenos", según Milei.
Algunas veces la presión externa y muchas la descomposición interna hizo sucumbir ambiciones dictatoriales o proyectos hegemónicos autoritarios. Basta repasar la historia del siglo XX y lo que va del XXI.
Los doce años de kirchnerismo, los 10 de menemismo, los 9 del primer peronismo no se pudieron afianzar con los mismo protagonistas o con sucesores. Por lo menos los dos primeros fueron derrotados por la vía democrática., como corresponde.
Demás está decir que los sucesivos períodos de Cristina, Néstor, sacando el interregno de Macri, y el triste colofón de Alberto provocó el advenimiento de este panorama que ahora se observa.
La mayoría votó el cambio buscando frenar la caída que nos levaba a una hiperinflación con consecuencias impensables. Pero también votó recuperar el respeto y el diálogo que el kirchnerismo consideraba debilidad. Votó por vivir en paz y tranquilidad, sobre todo en el espacio urbano.
La gente se hartó de las mañas de la política cuyos protagonistas logran el éxtasis con la pelea cortita por permanecer en algún estamento del sistema alejándose cada vez más del olvidado concepto del servicio a la ciudadanía.
Y también por supuesto quiere terminar con la maldita inflación, ese cáncer que se nos ha metido en nuestras vidas desde hace décadas, y, lo peor de todo es que nos hizo aceptarla y acostumbrarnos como si fuera un destino inevitable.
La tranquilidad del dólar y los precios que crecen un poco más despacio todavía le llevan un importante rédito al Gobierno.
Pero una serie de medidas que le complican la vida a los jubilados, la amenaza permanente hacia los empleados públicos y a otros colectivos con activo protagonismo empieza a despertar una inconformidad que siempre está latente y en algún momento estalla.
El kirchnerismo, siempre alerta, la pseudoizquierda gritona se pliega a los objetivos de recuperación de poder e influencia de los viejos y caducos caciques sindicales, los amantes del fuego y la destrucción, están viendo que hay nuevos espacios donde colarse.
El futuro cercano se ha tornado incierto, la respuesta oficial promete más belicosidad que templanza.
La mayoría avala el camino económico en sus grandes propuestas, y soporta el sacrificio infligido por la motosierra, pero ya hay miedo por las perspectivas serias de que se empiece a torcer el rumbo hacia una mayor dureza que terminará en cada vez más duros enfrentamientos.
A la democracia le está costando mantenerse dentro de los límites si es por el comportamiento del oficialismo y de la oposición más dura.