Boca - River, más que un partido

La disputa de otro superclásico entre Boca y River, esta vez por la Copa Libertadores, pone de relieve que no se trata solamente de un enfrentamiento deportivo.Detrás hay aspectos que incluyen tanto la conveniencia de la presencia de hinchas visitantes como la consideración de la seguridad pública

1537741927180923066

Una visión superficial podría llevarnos a considerar al fútbol como una actividad meramente lúdica y muy alejada de algo tan serio y aburrido como la geopolítica. Nada más alejado de la realidad, como veremos.

Para empezar podemos decir que la FIFA, la asociación mundial que reúne a las federaciones nacionales de ese deporte, tiene más Estados asociados y maneja un presupuesto mayor que la propia Organización de las Naciones Unidas, que tiene a su cargo velar por la paz y la seguridad mundial.

Para seguir y para que nos sirva como antecedente, podemos decir que un 14 de junio de 1969, Honduras y El Salvador libraron una corta guerra de solo cuatro días. Según se dijo, en su momento, fue por los altercados producidos en un partido de fútbol entre ambas selecciones nacionales con motivo de las eliminatorias del Mundial de 1970.

La cuestionada FIFA

Para reforzar todo lo dicho, se puede afirmar que los escándalos que vienen sacudiendo a la FIFA tienen una importancia capital para la geopolítica mundial.

Veamos. No son pocos los analistas que desde hace tiempo vienen argumentando que el escenario mundial vuelve a estructurarse en un set de alianzas Occidente-Oriente. Al mejor estilo de la Guerra Fría, la que se iniciara con las tensiones de posguerra a poco de terminar la 2ª GM y terminara con la caída del Muro de Berlín en 1989.

No ha sido una gran revelación para alguien medianamente informado, el hecho de que en la FIFA se compraban y vendían sedes, campeonatos y otras cosas. De hecho, la investigación que ha salido a la luz fue iniciada en un lejano 1991.

La misma fue impulsada por la Fiscalía General de los EE.UU. y ejecutada por el FBI de ese país, ante el hecho de que se usaron bancos norteamericanos para las maniobras financieras catalogadas como ilegales.

Otro problema, no menor, apunta a la designación como sede mundialista de Qatar para la Copa del 2022, ya que EE.UU. viene acusando a ese reino del Golfo de apoyar al grupo terrorista de Hamas en Gaza y al Estado Islámico en Siria y en Irak.

Esto, sin mencionar el hecho –ya señalado por otros expertos futboleros– que resulta extraño otorgar la Copa del Mundo a un país de solo 278.000 habitantes, con altísimas temperaturas, que está usando mano de obra esclava para construir sus estadios y a la casi ausente presencia del fútbol como deporte.

Todo lo dicho nos sirve de antecedente para justificar nuestro interés geopolítico en el más popular de los deportes. Especialmente, por estos días, en que nuestro Presidente acaba de ocuparse en forma personal y directa de la final de la famosa copa Libertadores de América entre los no menos famosos Boca Jr. y River Plate.

Junto con el Presidente, creemos que su disputa con la presencia de las hinchadas rivales sería una clara muestra de progreso, de fair play deportivo y de convivencia pacífica.

Mucho más, si tenemos en cuenta que hace cerca de cinco años que esto no se hace así y que los ojos del mundo se posarán, al margen del Superclásico deportivo, a los pocos días, sobre nosotros con motivo de la Cumbre del G-20.

Mucho más que un partido

Pero solo hasta aquí llegan nuestras coincidencias.

Si ya hemos dicho que el fútbol bien puede ser conectado con la Geopolítica, no es menos cierto que una acción de la importancia que pretende nuestro Presidente trasciende lo deportivo y se enmarca en cuestiones serias que deben ser tomadas con cautela.

Ergo, los procesos de decisión que deben preceder a la toma de decisiones sobre estos temas no pueden eludir a los de cualquier decisión importante. Pero no vamos a aburrir al lector con consideraciones sobre las casi esotéricas técnicas de planeamiento modernas.

Baste recordar el sabio consejo de los antiguos, que sostenían que para tomar una buena decisión había que escuchar a todos, preguntarles a los que saben y, por último, decidir solo.

En este caso los que saben pueden agruparse en dos categorías: los que saben de futbol y los que saben de seguridad; empecemos por los segundos, vale decir por la ministra de Seguridad de la Nación, Patricia Bullrich, y por su homólogo en el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, Martín Ocampo.

Aquí ya empiezan los problemas, pues ambos no coinciden sobre que estén dadas las condiciones de seguridad para celebrar el evento deportivo de marras.

Para Bullrich todo está bien y solo se trataría de una decisión audaz, pero de un riesgo calculado. Ocampo, por su parte, no comparte la audacia, dudó sobre el verdadero nivel del riesgo y puso reparos para su organización, aunque luego dejó claro que cumpliría lo que se le ordene.

Por su parte, los respectivos presidentes de los clubes afectados, los de Boca y River, nada más y nada menos, también opinaron. “No creo que debamos jugar con visitantes por distintas razones", dijo Angelici, presidente de Boca.

“Prefiero que sea una fiesta en la Bombonera con socios de Boca. Y cuando nos toque ir (al Monumental), será una fiesta con socios de River", aseguró, por su parte D'Onofrio, titular de River.

El presidente del Xeneize, amigo personal del Presidente, agregó de su propia cosecha: “Hablé con él, sé que lo hizo de muy buena leche, él lo vivió. Pudo haber consultado a los presidentes, pero quiso demostrar que está bien un cambio y que se podía jugar con visitantes", dijo Angelici para apaciguar las críticas al primer mandatario.

Un refrán popular sostiene que el camino al Infierno está plagado de buenas intenciones, lo que se aplica, muy bien, a toda decisión política. Especialmente, a las riesgosas como ésta.