La comunicación política no es un hallazgo moderno. Ya el mítico Maquiavelo, en su obra El Príncipe decía que gobernar es hacer creer.
Mutatis mutandi, primero con el auge de las ciencias sociales en los siglos XIX y XX se encontraron los marcos conceptuales en la Sociología, en la Psicología Social y en las rebautizadas Ciencias Políticas necesarios para el control social.
Luego, el progreso tecnológico proveyó las correas de transmisión para que los instrumentos enunciados por esas ciencias pudieran llegar a las masas. Desde la radio, pasando por la televisión, hasta la llegada de la Internet y sus hijas putativas, las redes sociales.
La suma de ambos avances ha dado lugar a las técnicas del moderno marketing político. Que pasa por ser, hoy, la piedra de toque definitiva que posibilita a quienes ostentan el poder de una previsible y planificada ingeniería social. Una que mediante la instalación de agendas, relatos y explicaciones les permite conducir a esa sociedad como si fuera un manso rebaño.
Pero, como nos cuenta la historia y para desesperación de quienes así proceden, los manipuladores se encuentran -siempre- con la irreductible fuerza de la libertad humana que odia ser manejada.
Es en este sentido que hay que analizar dos hechos concretos que parecen marcarle al actual gobierno los límites de su manejo informativo.
El primero lo sufrió, en persona, su propio ministro de Hacienda cuando un grupo de empresarios españoles le dio claras muestras de no 'comprar' sus explicaciones optimistas sobre la marcha de la economía argentina.
El segundo, mucho más masivo, viene ocurriendo en nuestros estadios de fútbol cuando un nutrido grupo de hinchas se dedica a insultar a la persona del señor Presidente.
Ambos hechos, separados por varias circunstancias, vienen a reforzar aquello que toda manipulación informativa se encuentra, más tarde o más temprano, con los límites de la realidad.