¿Por qué la vergüenza?

Unos pocos violentos pudieron más que lo que debió ser una impecable organización para el superclásico por la Copa Libertadores de América. ¿Estamos preparados para eventos más importantes que un simple partido de fútbol?

26 Noviembre de 2018 - 10:43

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26 Noviembre de 2018 / Ciudadano News / Nacionales

Ignorar que buena parte de la sociedad futbolística está enferma y que las fuerzas de seguridad de nuestro país están muy lejos de tener un entrenamiento acorde para controlar eventos de altísimo nivel y riesgo, hace que ocurra lo que ayer se vivió en la fallida final entre River y Boca por la Copa Libertadores de América: una histórica vergüenza que recorrió el mundo hasta ser tapa, entre otros, del Washington Post de EE.UU. y El País de Madrid, entre otros medios internacionales.

Un simple error en el recorrido del micro que trasladó a los jugadores de Boca al Monumental hizo que se desatara la barbarie hasta lograr que el llamado "partido del año", "partido del mundo", "superfinal" o "final histórica", entre otras pomposas denominaciones, pasara a formar parte de la negra historia del fútbol argentino.

Un puñado de bárbaros exaltados pudo más que la elaboración táctica de las fuerzas de seguridad de la Ciudad de Buenos Aires, evitando así que la batalla deportiva pudiera darse en el campo de juego para convertirla en una batalla callejera fogoneada vaya a saber uno por qué o por quiénes.

Pero la violencia no fue exclusividad de personajes exaltados que tomaron un sector que pareció liberado para que pudieran descargar la furia. También lo fueron los periodistas que desde muchos días catalogaron a un partido de fútbol, nada más que eso, como si fuera una guerra. Dirigentes disfrazados de componedores cumplieron su papel calentando la previa, como también los que los que serán, cuando se disponga –quizás hoy mismo–, protagonistas del encuentro en el campo de juego.

Y finalmente quienes dirigen la Conmebol, que mostraron su incapacidad para tomar decisiones en un ambiente caldeado como el de este sábado, pensando más en los derechos de televisación que en la seguridad.

A días de realizarse en nuestro país el G20, una vez más queda al desnudo la poca preparación que existe para organizar eventos aún de mediana complejidad, y mucho menos para brindar seguridad a los personajes que gobiernan el mundo política y económicamente. En este caso, la única ventaja es que los mandatarios extranjeros traen a Buenos Aires su propia seguridad, aún la encubierta, lo que nos dará un cierto alivio durante unos días mientras dure el cónclave.

Desde un tiempo a esta parte venimos observando cómo grupos minoritarios se adueñan de calles, plazas, edificios y terrenos desafiando no solo a la autoridad sino también a la democracia y a una inmensa mayoría de ciudadanos cada día más asustados por el fantasma de la inseguridad. Son muchos menos los desmadrados pero van mellando de a poco la autoridad de quienes deben controlarlos para evitar que algún día aparezca un cadáver en el camino de la democracia.

Los malvados no descansan nunca. ¿Por qué deben relajarse quienes están obligados a brindarnos seguridad? Ellos eligieron esa profesión y por eso no trabajan en otra cosa más que en planificar estrategias para controlar a los violentos. Después que ocurren los hechos ya es tarde. Ahora abrirán sumarios, tomarán medidas disciplinarias y hasta habrá chivos expiatorios para salvar a dirigentes políticos que nada entienden de prevenir hechos violentos.

Bienvenidos al fútbol argentino. El partido quizás se juegue hoy, pero ya será tarde para todos porque el papelón nos expuso al mundo y la vergüenza nos marcará de por vida. Gane quien gane.

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