Agobiados como estamos por la coyuntura, los problemas de la pandemia, la ruina económica, el debate político argentino se ciñe en un cortoplacismo aterrador. La perspectiva histórica y los planteos de futuro tienen, a lo sumo, el horizonte de la próxima elección o la anterior.
Pero parece que la sociedad dirime la mirada también en esos lapsos que, a la luz de la historia, no alcanzan a instantes. En ese termómetro de la histeria que son las redes, aflora con crueldad esta ignorancia construida.
“No se nos educa para que aprendamos a preguntar. Se nos educa para que aprendamos a responder. El mal llamado sentido común suele confundir el saber con lo que ya no encierra problemas y la verdad con lo invulnerable a la duda”, señalaba ya hace casi 30 años Santiago Kovadloff en La nueva ignorancia, una lectura que se vuelve imprescindible.
Así vemos a todo el mundo exponer verdades irrefutables para dentro de un ratito, basadas en criterios de hace 10 minutos.
Pero ver a este Titanic navegando entre icebergs que es la Argentina, sin pausa, sin días de mar calmo y cielo diáfano, obliga a pensar en perspectiva histórica, al menos para los que ya no tenemos tiempo para errores y cargamos décadas de historia en el lomo.
Es por ello que me tomo el tiempo para ensayar un ejercicio retrospectivo. Se dice que después de lo que estamos viviendo nacerá un nuevo orden. Nadie podría definir sus alcances, las futuras certezas reinantes, y en todo caso los papeles preeminentes y sus alcances.
Lo cierto es que, si miramos los dos últimos grandes cambios a escala global, los nuevos cursos de la historia surgidos de episodios tan determinantes como la primera pandemia de la aldea global, nos muestran indefectiblemente en el andén equivocado.
El gran evento del siglo XX que parió un mundo nuevo fue la Segunda Guerra Mundial. En su fin, nuestro país era próspero, pletórico de oportunidades, el nuevo orden nos reservaba un lugar que, dependiendo de nuestra astucia e inteligencia, podía significar desarrollo, ocupar un lugar al que siempre nos sentimos predestinados y culpamos a los demás de nunca haber arribado.
Pero claro, tomamos el tren equivocado. Simpatizamos con los perdedores, desconfiamos de los ganadores, no nos insertamos porque no nos llamaron para ser los reyes del nuevo mundo, y menos que eso nos parece injusto.
Estaba la comida para un mundo hambriento, estaban las universidades y el conocimiento para ser actores de los cambios tecnológicos, y todo ello se fue por el sumidero, porque nos pusimos a mirar otra película: un líder todopoderoso que en un mundo bipolar quería inventar la tercera posición.
Científicos nazis que se proponían crear la panacea de la energía del futuro en una hermosa isla en las cercanías de Bariloche.
Mientras el mundo de posguerra crecía, avanzaba, se modernizaba, se revolucionaba en todas las áreas, acá se revivían peleas del siglo anterior.
Azules y colorados, golpes de estado a mansalva, el enamoramiento de la violencia revolucionaria de repúblicas bananeras centroamericanas con héroes y mártires argentos deslumbraban a una juventud que se creyó de vanguardia y todavía, 40 años después, no entendió la película.
El otro gran cambio de orden fue con la caída del muro de Berlín. Ese mundo bipolar perdió uno de sus lados. Occidente arrasó con el Pacto de Varsovia y el capitalismo, con sus caras oscuras y sus injusticias, pero también con sus avances, se impuso y se creó el orden que persiste hasta estos días. Surgieron nuevos bloques de poder, acuerdos regionales, llegó la globalización.
Nosotros quedamos dando vueltas como veleta en un tornado. Primero adherimos a Estados Unidos sin ningún viso crítico, con las relaciones carnales que impuso el peronismo de los '90.
Después nos pasamos al eje bolivariano y los delirios de caudillos eternos que se sueñan esculpidos en el mármol de la gloria, denunciando artilugios imperiales y pactando con Irán.
Argentina es un incomprensible corso a contramano. El mundo no se explica cómo fracasamos tan exitosamente.
Ahora, cuando se habla de nuevo orden, me pregunto si tendremos la inteligencia para elegir cómo jugar en el nuevo escenario, o si nuevamente tomaremos el tren rápido hacia el abismo o elegiremos un más cómodo pero lento vagón que nos ponga del lado de los que escriben la historia con éxito, de los que crecen y progresan.
Un dato no menor es que, en cada una de esas encrucijadas, el destino político de la Argentina lo manejó el omnipresente peronismo. Lo mismo sucede hoy. Y otra vez nos sentimos los reyes del combate al coronavirus y el ejemplo a seguir.
¿La tercera será la vencida? O no hay dos sin tres.