La crisis en tránsito de la Argentina muestra al Gobierno en su momento más frágil. Golpeado por la realidad internacional, que demuestra claramente lo dependientes y vulnerables que somos, y también por la inoperancia de parte del equipo económico, un temblor fue transformado en un terremoto devastador, y la ola es aprovechada con furia por aquellos que aún siguen atados al setentista “cuanto peor, mejor”. Claro, si los setenta terminaron ayer en nuestro país, y aún hay gente viviendo en ellos.
En el fondo, y tal vez el lado bueno, la crisis deja en claro unas cuantas verdades, irrefutables y tristísimas, pero la necesidad de aceptarlas es imperiosa, al menos si se piensa en superarla. Una de ellas es la terrible mentira del “modelo” y el fracaso definitivo del “movimiento” (en todas sus caras, camisetas y mutantes ideologías). En pleno siglo XXI seguimos siendo un país pastoril y periférico. En las últimas décadas vivimos de la soja –ese yuyito denostado que fue el generador de billetes que garantizó la fiesta populista– salvo que creamos que unos vivillos ensamblando celulares y netbooks en Tierra del Fuego es la “matriz diversificada”.
Pero no solo somos una economía pastoril y periférica, sino que, a diferencia de principios del siglo XX, cuando en el haber se inscribían, por lo menos, una educación de calidad y universal, que auguraba armas para encarar el camino del desarrollo, ahora esas armas fueron reemplazadas por ignorancia, asistencialismo clientelar y uso político de la pobreza.
El déficit fiscal crónico, unido al de la balanza de pagos, pone a la economía en rojo permanente, y encima cuando la situación fue distinta por los formidables precios de los commodities en el ámbito externo y por el brutal ajuste peronista de comienzos de siglo (la megadevaluación de la liga de gobernadores que abrió la puerta a Lavagna) el dinero se utilizó para la fiesta populista. Imaginan el mismo signo en el actual contexto? Pasaje directo a Venezuela.
Pero hay un adversario más formidable para el gobierno que los números, y es la herencia cultural. Puede verse con claridad estos días. Por ejemplo, para muchos estamos mal porque “los ricos no pagan y se llevan su dinero”. Para muchos, el orden natural de las cosas es que los ricos paguen y los pobres disfruten y vivan de arriba, porque de ellos es el reino de los cielos, entonces así debe ser. La colonización mental hija del populismo nos ha llevado a este estado de cosas, con una clase pletórica de derechos per sé, y otra cargada de obligaciones.
Suena a exagerado pero tiene bastante que ver con la realidad. Una población económicamente activa de algo más de 14 millones debe cargarse en las espaldas a 42 millones, y sin chistar, no sea cosa que nos volvamos antipatria.
Incluso en círculos formados y con supuesto conocimiento de la realidad, se escucha el "no gobiernan para 'lagente'”. Uno podría preguntarse si hacer cloacas, asfaltar las calles, mejorar las carreteras no es para "lagente", o incluso bajar el déficit fiscal no es también para "lagente". Pero no, la derrota cultural significa que pensar en "lagente" significa regalar cosas, subsidiar, mantener en ese estado de pobreza material pero también intelectual que se reprodujo a sabiendas. Millones de personas que no necesitan nada porque tienen un plan. Con eso solo ya son parte, sujetos de derecho, sin otra perspectiva que conservar ese orden.
Podrá resolverse o no la actual crisis, dependerá de varios factores, y entre ellos, la pericia de los gobernantes. Pero lo que parece difícil de resolverse es la derrota cultural. La colonización subjetiva del populismo, que le quitó a amplias capas de la sociedad la perspectiva de cómo se logra el desarrollo, la idea de esfuerzo y persecución de fines.
Entramos al siglo XX con una economía pastoril y dependiente, pero con armas para pensar en otro futuro político. Entrando al XXI, a la segunda herramienta la perdimos.