¡Es la oligarquía, estúpido!

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La palabra oligarquía suena vieja, como de otro tiempo. Tomada prestada por el marxismo para explicar una lucha de clases que ya no existe, o que, al menos, una que no se plantea en los mismos términos de Marx y Engels.

Sin embargo, ella estaba en el arsenal de nociones clásicas, las que sabemos que son eternas. Aristóteles la definía como el gobierno de unos pocos para unos pocos. A diferencia y, en contraposición, a la noble aristocracia que era el de unos pocos en función del bien común.

Hoy existe un elemento nuevo: la clase media. Y uno, aún más nuevo, el de la clase media empobrecida.

Que el capitalismo es excelente a la hora de crear riquezas, ya no hay quien lo niegue. Tampoco, que es pésimo a la hora de distribuirlas. Prueba de lo que decimos es que la riqueza se concentra, cada vez, en menos manos.

¿Cómo fue que pasó esto? Veamos.

El estado de bienestar, inventado por el político prusiano Otto Bismarck a fines del siglo XIX, entró en crisis tras la 2da GM, ya que no sería posible darle un sueldo, un techo, una jubilación y un seguro de salud a todos. Simplemente, los números no daban.

El populismo buscó compensar esta situación con soluciones creativas al margen de las exigencias económicas: el liberalismo con economías creativas al margen de la gente.

La Argentina, como siempre, encontró una salida intermedia. Una que haría más ricos a los ricos y que, a la vez, mantendría a los pobres -relativamente- lejos de la miseria.

Para ello hacía falta una oligarquía que gobernara, una clase media que trabajara y una clase popular que votara y apoyara a la oligarquía.

La oligarquía se llama, en la Argentina, clase política. En ella hay políticos, empresarios, sindicalistas, dueños de grandes medios de comunicación. Hoy nos quiere convencer a la clase media que el problema son los subsidios a las clases populares. Ellos, como siempre, se colocan afuera de esta ecuación binaria.

Nos dicen que no alcanza, que debemos trabajar más duro y pagar más impuestos. Nos hablan de emergencias y de sacrificios.

Mientras tanto, ellos -los oligarcas- ponen en funcionamiento sofisticados mecanismos de extracción de riquezas como son las sociedades off-shore y artilugios financieros como la LEBACs, entre otros que podrían nombrarse.

Llegado a este punto, creo que debemos llegar a la conclusión de que debemos cambiar de sistema. Este ya no da más. Está agotado. Y nosotros junto con él.

No más cambios de collar. Ha llegado la hora de dejar de ser perro. Para eso es necesario que entendemos y que obremos en consecuencia.