Este martes 13 de mayo, a los 89 años, murió José Pepe Mujica, expresidente de Uruguay, referente político del progresismo regional y símbolo mundial de la austeridad en el poder. Su partida, aunque esperada por su delicado estado de salud, provocó una conmoción transversal, tanto en Uruguay como en el mundo. Me dijeron "creí que Pepe era inmortal, y no, él mismo sabía que no lo era", confesó el periodista y escritor uruguayo Antonio Ladra en el programa Sin Verso (de lunes a viernes de 9 a 13 por FM 91.7 y Ciudadano_News en Twitch) . Y no fue el único en pensarlo.
La muerte de Mujica generó repercusiones de todo el arco político. Hasta sus adversarios ideológicos más distantes, como el expresidente uruguayo Luis Lacalle Pou o el argentino Mauricio Macri, se expresaron con respeto. "No vamos a hablar de otras cosas", dijo Lacalle Pou, destacando la humanidad de quien fue su contrincante político. "Eso es lógico y sano en democracia", remarcó Ladra. En contraste, desde el gobierno argentino no hubo, hasta el momento, una manifestación institucional. Solo un streaming oficial, "lamentable", en palabras del periodista.
Mujica fue mucho más que un presidente. Exguerrillero tupamaro, sobreviviente de una prisión inhumana durante la dictadura, pasó siete años encerrado en condiciones extremas, sin contacto humano ni un libro para leer. Salió de allí sin rencor. "Esa fue su mayor victoria: sobrevivir sin odio", dijo Ladra. Su vida entera fue un símbolo: vivió en una chacra, donó gran parte de su sueldo y se movía en un viejo escarabajo. La coherencia entre su discurso y su forma de vivir es, tal vez, la razón de su enorme popularidad global en tiempos de cinismo político.
"¿Qué le podés decir a un tipo que lo que pregonaba, lo hacía?", se preguntó Ladra. Esa coherencia es, para muchos, el núcleo de su legado. Un legado que trasciende lo político y que cala hondo incluso entre quienes no compartían sus ideas. No era un hombre sin detractores —los tuvo, aunque pocos y poco influyentes—, pero sí fue un hombre difícil de odiar.
Durante su mandato (2010-2015), impulsó o permitió avances históricos en derechos civiles: la legalización del aborto, del matrimonio igualitario, la regulación del cannabis, la ley de ocho horas para trabajadores rurales y la creación de universidades tecnológicas. Aunque muchas de esas iniciativas nacieron de la juventud del Frente Amplio, Mujica supo leer el momento y actuar. "Fue un gran pragmático", dijo Ladra. Supo ceder, interpretar, acompañar.
Pero Mujica también cometió errores, muchos de los cuales admitió con la misma honestidad con la que vivió. "Cometí errores de pibe", solía decir, y a menudo repetía: "Ahora sé para dónde tengo que ir". Su figura trascendía el cargo. Era un político de los que ya casi no hay. "Cuando ganó el gobierno advirtió: 'Vamos a vivir peor', porque íbamos a tener que empezar a distribuir", recordó Ladra. Esa frontalidad, esa falta de cálculo, era casi provocadora en un mundo político guiado por el marketing.
En los últimos años, incluso en medio del cáncer que lo afectaba, Mujica fue símbolo de diálogo. Dio charlas con el expresidente colorado Julio María Sanguinetti, con quien había tenido duros enfrentamientos en el pasado. Se sentaron a conversar sobre democracia en Uruguay y en la región. "Eso era Mujica: demostrar que se puede hablar con quien piensa distinto sin dejar de ser uno mismo", explicó Ladra. A diferencia de Argentina, donde los traspasos presidenciales derivaron en desplantes y grietas, Mujica promovía gestos de grandeza institucional. "Acá nadie se adjudica una obra que no hizo", comentó.
Su estilo dejó huella en la política uruguaya, incluso en quienes están lejos de su pensamiento. Lacalle Pou surfea en playas populares, come en parrilladas como un ciudadano más. "Esos rasgos de Mujica no eran solo suyos, sino de la sociedad uruguaya", sostuvo Ladra. Pero en el resto de América Latina, su figura sigue pareciendo excepcional.
Mujica nunca quiso ser ejemplo. Pero lo fue. Como dijo Ladra: "No creo que haya quedado nadie a quien su muerte no le haya generado algo".
José Mujica se fue como vivió: sin estridencias, sin revanchas, sin privilegios. Lo lloran en Uruguay y en buena parte del mundo, porque no abundan los líderes que hagan de la coherencia su bandera, del diálogo una práctica, y de la humildad una identidad. Lo extrañará la política, pero más aún, lo extrañará la esperanza.